Entonces dijo: “¿Y eso a mí en qué me afecta? Primero yo y después el planeta”

bairon jaramillo valencia

La mañana comenzó con una pequeña discusión unipersonal en la cocina. Mientras esperaba que el café estuviese listo, escuché a una vecina quejarse porque el servicio había sido interrumpido durante unas horas. La llave permanecía abierta, aunque de esta apenas salían unas gotas; asimismo, la mujer golpeaba ligeramente el grifo como si el agua tuviera la obligación de aparecer simplemente porque se necesitaba en ese preciso momento: “Uno pagando por un servicio que no funciona”, dijo con evidente molestia.

No encontré nada extraño en aquella reclamación, pues todos nos irritamos cuando algo que consideramos indispensable deja de funcionar. Sin embargo, mientras observaba aquel pequeño hilo de agua caer sobre el lavaplatos, pensé que quizá nuestra relación con los recursos naturales se parece demasiado a nuestro vínculo con muchas otras cosas, ya que solamente recordamos su importancia cuando comienzan a faltarnos, cuando aquello que dábamos por eterno empieza, silenciosamente, a fenecer.

Cerré la llave y me quedé unos segundos mirando el fregadero. En ese instante, pensé que aquella incomodidad desaparecería unas horas después y todo volvería a la normalidad; adicionalmente, reflexioné sobre la facilidad con la que convertimos los problemas colectivos en inconvenientes personales, puesto que si el agua falta, reclamamos por el servicio; si aumenta la temperatura, buscamos un ventilador y si el aire se vuelve irrespirable, cerramos las ventanas; mientras el problema no llegue directamente a nuestra casa, parece pertenecerle a alguien más. Hasta el momento, esa era mi hipótesis —todavía imberbe— de lo que estaba pasando; una de esas ideas que nacen sin anunciarse. Es ahí donde comienza la cultura del “yo primero”, no en el egoísmo evidente de quien desprecia a los demás, sino en esa costumbre intrínsecamente discreta de creer que las decisiones públicas solamente son importantes cuando afectan directamente nuestra comodidad. Es el biotipo de una indiferencia silenciosa; por ejemplo, el río contaminado está lejos, el bosque incendiado está en otra región, la mina se encuentra al otro lado de la montaña y el cambio climático puede convertirse en una discusión abstracta cuando todavía podemos encender el aire acondicionado.

Momento después, serví una taza de café y recordé cuántas veces escuchamos una pregunta semejante al hablar de decisiones que comprometen el futuro: “¿Y eso a mí en qué me afecta?”. La pregunta nos obliga a mirar el problema desde una ventana demasiado pequeña, como si aquello que sucede fuera de nuestro perímetro inmediato no tuviera ninguna relación con nuestra existencia.

En repetidas ocasiones pensé en el agua como elemento. Es decir, durante años podemos desperdiciarla sin experimentar una consecuencia inmediata; permitir que se deterioren las fuentes hídricas porque todavía sale líquido del grifo o contemplar con indiferencia la desaparición de un bosque porque la montaña continúa pareciendo verde desde lejos. También pensé en quienes defienden la explotación intensiva del suelo porque “la economía necesita moverse”. Es cierto que una sociedad requiere producir riqueza, generar empleo y desarrollar su economía, pero la prosperidad no puede sobreponerse a la posibilidad de vivir en un mañana. Una montaña puede convertirse rápidamente en una cifra, una hectárea en un precio, un río en un recurso y un bosque en una oportunidad económica; lo difícil es asignarle valor al agua que aún no escasea, al aire que todavía podemos respirar o al ecosistema que permanece en pie.

Terminé de tomar mi café y, mientras me vestía para ir al trabajo, pensé que algo semejante ocurre con la minería, el fracking, los incendios forestales, la explotación indiscriminada del suelo y la resistencia a transformar nuestros sistemas de generación de energía. Muchas de estas discusiones terminan ofreciéndonos una de cal y una de arena; beneficios inmediatos a cambio de sacrificios que dejamos para después, el empleo de hoy contra el deterioro de mañana, la rentabilidad contra la conservación y la comodidad presente contra una obligación que todavía no sentimos como urgente.

Por eso resulta tan sencillo decir: “Primero resolvamos nuestros problemas y después pensemos en el planeta”. El medio ambiente no funciona por turnos; no podemos decirle al río que espere mientras resolvemos la economía, ni pedirle al bosque que se conserve hasta que encontremos una manera más rentable de protegerlo. Tampoco podemos esperar que las consecuencias ambientales respeten las fronteras políticas, los estratos sociales o las cuentas bancarias. El humo de un incendio no pregunta quién tomó la decisión y el agua contaminada no distingue entre quienes votaron por “hacer fracking a lo que dé” y “explotar el subsuelo a lo que dé” en comparación a quienes intentaron priorizar la fauna y la flora ante cualquier idealización de riqueza periférica.

Conduciendo hacia mi oficina, pensé que hemos convertido las decisiones colectivas en una especie de supermercado de beneficios personales. Nos interesa saber qué medida puede mejorar nuestro transporte, reducir impuestos, aumentar nuestros ingresos o resolver una dificultad inmediata; todo aquello que no produzca una ventaja visible en nuestra vida cotidiana pierde importancia y cada quien carga su propio recipiente; en otras palabras, mientras no falte el líquido preciado, parece pensar que nadie tiene por qué cargarle agua a nadie.

Queremos que las normas resuelvan nuestros problemas particulares, pero rara vez nos preguntamos qué consecuencias tendrán cuando se apliquen sobre un territorio que pertenece también a quienes todavía no han nacido. La naturaleza, además, tiene una característica que solemos olvidar; no entiende de soluciones particulares. Podemos comprar agua cuando escasea, instalar sistemas de energía alternativos cuando el servicio se vuelve costoso o mudarnos cuando un lugar deja de ser habitable, pero esas soluciones están al alcance de quienes pueden pagarlas. La naturaleza no ofrece una versión exclusiva para quienes tienen mayores recursos y, modestia aparte, mi predicción de esta madrugada parece cumplirse punto a punto en los recientes meses.

La cultura del “yo primero” es, en esencia, negativa y no consiste en que las personas quieran estar bien, pues todos tenemos derecho a buscar comodidad, seguridad y bienestar. La dificultad es visible cuando confundimos nuestro bienestar con la posibilidad de ignorar lo que sostiene el de los demás. ¡Congratulémonos, pues hemos aprendido a llamar progreso a aquello que tarde o temprano termina pasándonos factura!

A veces imagino que dentro de varias décadas alguien abrirá una llave y esperará que ocurra lo mismo que nosotros damos por sentado todos los días; que el agua aparezca. Entonces esa persona no entenderá nuestras antiguas discusiones sobre comodidad, crecimiento económico o intereses particulares. Solamente se preguntará por qué, cuando todavía teníamos suficiente, no fuimos capaces de comprender que conservarla era también una forma de conservarnos a nosotros mismos.

Esa es la ironía más grande de pensar siempre primero en uno mismo, pues podemos terminar tomando decisiones para proteger nuestra comodidad inmediata mientras destruimos las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia, porque cuando el agua deje de salir de la llave, probablemente ya no habrá un “yo primero”, habrá solamente un “nosotros”, intentando descubrir demasiado tarde lo que siempre estuvo frente a nuestros ojos.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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