En defensa de la literatura

 

Había mil objetos más: un farol danzante, un árbol danzante, un barco danzante. Se dijera que la música irresistible de algún músico loco obligaba a danzar a todos los objetos del campo y de la calle en una perenne zarabanda…”

G. K. Chesterton, El hombre que fue Jueves.

 

Me agradaría decir que algunos de los pensamientos acá escritos, pudieran catalogarse como propios. Pero lo propio del pensar, es pensar lo ajeno. Sin embargo puedo con felicidad decir lo siguiente: no hay idea aquí vertida que ya no hubiera pensado y escrito, Gilbert Keith Chesterton. No será esto un problema: no hay nada en Chesterton más radicalmente original que los lugares comunes. Siendo honesto diría: Chesterton es el más común de los literatos, a excepción de que, a fuerzas de serlo, es el más descomunal de los literatos.

Apenas ahora vengo a rectificar: sólo habrá dos cosas radicalmente auténticas –aunque no seré el primero ni en sentirlas ni en expresarlas– en estas letras que ahora escribo: por un lado, auténtica es la alegría emanada que ensancha el corazón al leer a Chesterton –como diría mi maestro– y por otro, auténtica es la invitacion a leer a Chesterton.

Apenas ahora vengo a precisar: no soy el primero, pues, si soy estricto, la alegría brotada del corazón al leer su obra sólo pudo ser originaria y primera, en tres seres: Dios, Chesterton mismo y la persona que por vez primera leyó a Chesterton.

Es sensato –aunque probablemente un ateo crea que la locura me ha invadido, cosa que sólo prueba su insensatez– creer que ya Dios se alegraba, antes de todos los siglos, de ver lo que haría su apartado[1] y ¿por qué no? que también reiría, antes que todos, de lo que escribiría en la tierra su liliputense[2] celestial. También gozaría del privilegio de leer por primera vez a Chesterton, el mismísimo Chesterton, quien en su persona personficaría su obra y; por último, su primer lector, descubriendo, sino un nuevo maná literario, sí, por lo menos, las letras más felices de la literatura. Pues así dejó sentado con total exactitud Borges, prologando La Cruz Azul y Otros Cuentos: “La obra de Chesterton es vastísima y no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad”[3].

Pues en Chesterton se cumplen aquellas palabras del salmista que indican que: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular[4]. Pues para él ningún “tema […] es aburrido: no existe en el mundo cosa que merezca tal nombre[5]. Aventurarse a Chesterton es descubrir la oportunidad de estallar en una estrepitosa risa al ver una aldaba, una pelea familiar o el plomo, pues “lo que el hombre ve a diario es lo que no ve en absoluto[6], esta mirada radical a lo cotidiano será pues, la condición de posibilidad para disfrutar de la celebración que nos propone Chesterton.

Y es que para este la vida es anterior a todo. Este posicionamiento metafísico fundamental, no es original de Chesterton y probablemente, ninguno de sus temas lo sean, a excepción de que puso los ojos donde nadie más los puso. Chesterton fue capaz de cumplir aquel ideal de pensar y disfrutar.

Esto nos permite entender por qué los seres más amados y defendidos por Chesterton fueron los pelmazos, los estúpidos, los imbéciles o los latosos (todas estas denominaciones utilizadas por él). Porque el verdadero pelmazo, estúpido, imbécil o latoso es el que no disfruta la vida. No hay estética más sublime que ver la vida como una perenne zarabanda[7]. Ni los libros que amaba y leía, le permitieron obnuliarse de ese hontanar que es vivir: “El hombre que ha llegado a preferir los libros a la vida es un maniático[8].

Con esta cita anterior dedicada al fino lector atento y escrupuloso, que ya habrá notado –y criticado– las innumerables veces que menciono su nombre sólo puedo decirle: sólo quien se haya enamorado, entenderá. De modo que repetir ese celestial nombre es, para mí, en palabras poéticas de Luis Cernuda la: “libertad [que] no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”[9]. Escalofríos y, hasta enamoramiento, produce en un corazón que se ensancha hasta lo profundo con sólo escuchar ese santo nombre: Chesterton, Chesterton, Chesterton… Extraña reduplicación y eco. La palabra leída en silencio es también palabra escuchada en silencio.

Al final de estas breves letras inarticuladas, aquel lector que fuese movido a leer esta humilde columna para tan inmenso autor por encontrar una defensa docta de la literatura, de un ataque de lo culto a lo trivial, no podrá verse más decepcionado. Y si, quizá, este nunca llegó hasta este punto, me daré un banquete por tan excelsa victoria, pues entendí por anticipado, que nunca podrá haber gozado de la literatura.

Para ese otro ser, quien se sintió extrañado de lo que leía, y esto lo hizo llegar hasta el final, podrá sonreír, pues habrá superado con mucho al anterior, le diré: “El hombre que es feliz es natural y necesariamente superior al que es desgraciado[10], aunque, sin embargo, como dirá Alfonso Reyes: “Para encontrar divertido al mundo no basta proponérselo”[11].

Como si fuera poco, existirá todavía mayor grandeza en aquel hombre quien, ya desde el inició de estas tontas palabras, logró captar mi intención y sentir, y no pudo hallar más necesidad que correr como gallina despavorida a leer a Chesterton. Este, sin duda, habrá superado a los dos anteriores.

Y aunque muy a pesar del anterior, sólo resta el verdadero Superhombre. Mayor a los tres anteriores y a todos los hombres. Este ser es quien, leyendo esto, no pudo más que abandonar tan aburrida lectura y fue, inmediatamente, a “sentarse a los pies de su abuela”[12].

 

 

[1] Jeremías 1: 5.

[2] Cfr. Chesterton, G. K. (2010) El espejo. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo.

[3] Borges, J. (2001) Prólogos de la Biblioteca de Babel. Madrid: Alianza Editorial

[4] Salmo 118: 22.

[5] Chesterton, G. K. (2010) En defensa de los pelmazos. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo

[6] Chesterton, G. K. (2010) El pesimista y la aldaba. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo.

[7] Chesterton, G. (2009) El hombre que fue Jueves. México: Fondo de Cultura Económica.

[8] Chesterton, G. K. (2010) Los libros y la locura. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo

[9] Cernuda, L. Si el hombre pudiera decir lo que ama. En:  Poesía completa. Obra completa. Madrid: Ediciones Siruela.

[10] Chesterton, G. K. (2010) En defensa de los pelmazos. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo

[11]  Reyes, A. Prólogo a: Chesterton, G. (2009) El hombre que fue Jueves. México: Fondo de Cultura Económica

[12] Chesterton, G. K. (2010) En defensa de los pelmazos. En: Los libros y la locura y otros ensayos. Madrid: El Buey Mudo

Simón Ibarra Zuluaga

Abogado. Gustoso por la filosofía –con la carrera suspendia – y la literatura. Feliz católico. Afiliado a la fenomenología husserliana y devoto de la literatura chestertoriana. Me gusta el cine, especialmente el de Nolan. Practico fútbol desde que tengo uso de memoria. Hincha fiel del Real Madrid, River Plate y la Vecchia Signora. Me gusta, para ser breve, la vida.