En busca de soledad

     

Entonces, entendí que a veces la soledad, también merece ser escuchada.


De un tiempo para acá a soledad no la siento como solía hacerlo. Razón por la cual nace mi desespero por reanimar nuestro amor. Mismo que tanto odié, y como cualquier amor maltrecho, solo deseé cuando ya no estaba en mis manos malgastadas.

Así, al notar el cambio en sus caricias de compresión, por unas más de comprensión, y extrañando las charlas catárticas, que fueron reemplazadas por cartas apáticas. Me hice mi camino por la reconquista de mi tan anhelada amada.

Empecé a frecuentar lugares que mi pared sin revocar no avalaba. Todo con tal de toparme de casualidad planeada, con su ser, y así lograra percibir mis gritos de desahogo. Pero, solo me encontraba con la indiferencia propia de estar en un lugar al cual no pertenecía.

No dudé ni un instante en entrar en ropas que no son de mi agrado. También pagué por ser valla publicitaria de marcas del otro lado del charco, que ni sus nombres logro pronunciar. Sobre todo, hice del despilfarro, gastando en prendas que nunca fueron de mi necesidad. Y, aun así, no pude llenar el vacío que ella había dejado en mí. Ni tampoco quise llenarlo, siendo sincero, solo quería que alguien entrara de vez en cuando, abriera las persianas, limpiara las telarañas, y prendiera los focos de noche. Previniendo alguna visita indeseada.

De esta manera, estuve por mucho tiempo buscando a soledad entre caminos ostentosos que me rodeaban de individuos, dispuesto a brindarme su acompañamiento momentáneo. Siendo esto peor que la soledad misma.

Y fue en una de estas reuniones donde tuve claridad frente a mis acciones. Entendí que soledad solo podría estar en el lugar donde pudo ser ella misma sin temor a ser juzgada. Entonces, me la topé sentada en la acera de una calle cualquiera, reviviendo a punta de carcajadas, aquellas anécdotas e historias, que solo podrían ser narradas e interpretadas por las personas a las que presenté sin miedo a que la rechazaran, sintiendo se alagada. Esos mismos que nunca busqué y que siempre estuvieron, esos que se alejaron siendo constantes, y se acercaron siendo permisivos. Si, hablo de mis amigos.

Tras esa grata reunión, la noche nos acobijaba, y decidimos partir hasta nuestro recinto. Pero esta vez era diferente, era ella quien hablaba y yo solo acentuaba con gestos de atención. Supe que tenía mucho que decir y yo estaba dispuesto a interpretar todo. Entonces, entendí que a veces la soledad, también merece ser escuchada. 

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Juan Pablo Romero

Semi estudiante de enfermería.

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