El siglo que todavía no llegó a ser

¿En dónde empiezan y terminan las épocas? Al menos para el relato histórico es una cuestión de perspectiva no exenta de una teoría tanto teológica como filosófica. Por ello podemos hablar tentativamente de coyunturas relativas y absolutas.

Desde la historia bíblica de la salvación donde todo gira en torno al acontecimiento de Cristo hasta miradas como las de Karl Jaspers, Oswald Spengler o Arnold J. Toynbee cuando nos hablaban de sucesos que demarcaban un antes y un después. Ahora bien, en lo que respecta al comienzo de nuestro siglo XXI aún encontramos que sigue siendo un tema de controversia.

Según Eric Hobsbawm los “cortes” o los períodos temporales no lo señala el transcurso de los años en sentido lineal o cronológico necesariamente sino los procesos sociales y económicos. En su obra “Historia del siglo XX” propone que este no comenzó en 1900 como se podría pensar, sino que recién inició al término de la Primera Guerra Mundial en 1918 y, según el mismo escritor, tampoco acabó en el año 2000 sino con la caída del Muro de Berlín en 1989.

A través de esta mirada los primeros años fueron un estiramiento del siglo XIX como un “orden de poder heredado” que no había dado aún un verdadero recambio generacional, y ahora, luego de las sangrientas guerras comenzaba un nuevo episodio protagonizado por Estados Unidos y la Unión Soviética estableciendo otro tipo de sistema internacional. Completada esta etapa, es decir, con el desmembramiento del bloque del Este, el siglo pasado se dio por finalizado.

La interrogación que hoy nos convoca es, si esto es así, ¿cuándo comenzó entonces el siglo XXI? Para algunos con la invasión de la OTAN a Irak en la década de los noventa y, desde luego, con la aparición de la amenaza terrorista islámica como consecuencia directa. Es interesante traer a colación la obra de Samuel Huntington “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” publicada en 1996 donde plantea una nueva estructura de poder. Los antagonismos no serían ideológicos sino civilizatorios. Sin embargo, para otros el atentado a las Torres Gemelas fue lo que dio origen a una nueva era. Como sea, la cruzada contra el Islam y la exacerbación de la narrativa monoteísta pareció poner una nueva época en vereda.

De cualquier modo, si colocamos el inicio del siglo XXI en el 11-S tenemos una década suspendida (1989-2000). Lo que condeciría con la sentencia de Francis Fukuyama (con una mirada hegeliana a través de Alexandre Kojéve) sobre el anuncio del “fin de la historia”. ¿Comenzó la historia nuevamente en el ataque al World Trade Center y junto con ella el siglo XXI? Los románticos marxistas puede que respondan afirmativamente. Ellos necesitan que exista la dialéctica de la materia. Pero el asunto no es tan sencillo.

Lo que vemos retrospectivamente hasta el momento, pasado ya dos décadas, es que la centuria no acaba de arrancar. El advenimiento de las nuevas tecnologías comunicacionales digitales conviviendo con sociedades medievales teocráticas y otras, entre la opulencia y la lumpenización de regiones enteras por el voraz tardocapitalismo parecieran dar un vuelo a los nuevos fundamentalismos religiosos sobre ideologías políticas débiles. La vertiginosidad de la hiperinformación hace que la sensación del tiempo se perciba como líquida y a su vez insustancial, por lo que afecta el sentido de “lo histórico”.

Estamos ante una época que ostenta la aparición de cuatro enclaves geopolíticos que conforman un complejo entramado que aún no han revelado sus potencialidades. Tenemos por un lado la inspiración transhumanista de Estados Unidos y sus Aliados, pero, por el otro, vemos el empuje del mundo islámico en constante conflicto con el Estado de Israel en su tendencia antioccidental, además del “oso ruso” con sus sueños entre “cosmista” e imperial y el imparable avance de China, que con su Ruta de la Seda amenaza con extender su Gran muralla por el mundo entero. Mientras tanto, como siempre, Washington y Bruselas, el Kremlin y Pekín se disputan la influencia económica y militar por sus “patios traseros” como ser América Latina, África y algunos lugares de Asia.

¿Y qué hay de la pandemia del Covid 19? ¿No será este acaso el hecho que ponga en marcha una nueva era? Hay que remarcar que este tipo de sucesos virales no cambian la historia (ni la peste negra ni la gripe española lo hicieron), sino lo que puede ser trascendente son las consecuencias que estos mismos traen. Según escribió Albert Camus en su novela “La peste” el problema de las enfermedades “no es tanto cómo ataca a los cuerpos sino cómo desnuda las almas”. Es de evocar al filósofo Bruno Latour cuando enfatizó que “el coronavirus destruye la economía”. Lo que nos hace acordar al siempre actual Michael Foucault y sus conclusiones sobre el advenimiento de la biopolítica. Empero, un virus nuevo es un acontecimiento natural, no histórico. Hasta donde sabemos no lo produjeron los hombres, en cambio, los Estados sí produjeron a través de sus decisiones sanitarias diversas reacciones teniendo una innegable implicancia social, política y psicológica, tanto en los pueblos como en sus líderes en cuanto a cómo manejaron la situación.

Mientras tanto el reloj parece estar detenido. El ataque de la Federación de Rusia a Ucrania aparenta ser una operación anacrónica, vetusta, que evoca con nostalgia las glorias imperiales de otras épocas y, como si fuese poco, bajo la amenaza constante de la utilización de su arsenal nuclear. Esto significa por el momento un retraso en la creciente oposición del Oeste con el gigante asiático. De la resolución de este conflicto se podrán ver configuraciones distintas para el siglo en curso y quizás estemos ante el tan esperado comienzo del mismo. Tal vez haya que dar el contra anuncio al que dio Fukuyama y decir que la historia está renaciendo. Habrá que esperar siquiera un tiempo más.

El recambio generacional aún no hizo su aparecer. Por ahora solo parecen mostrarse en protestas sin consignas demasiado claras, como los eclécticos reclamos sobre el cambio climático, los colectivos feministas y las discusiones sobre la teoría “queer” que terminan sexualizando a la sociedad, dejándola presa del goce de sus sentidos y apartándolos de la verdadera discusión política y filosófica que, en definitiva, y aunque lo ignoren, están siendo funcionales a un nuevo tipo de biocapitalismo.

Por otra parte, los lideres que se exhiben en el mundo todavía siguen siendo los resabios del siglo XX. Pensemos en Joe Biden, o en las aspiraciones de retronar de Donald Trump o el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva. Es más de lo mismo. Argentina no puede considerar una alternativa al peronismo. Cuba y los mal llamados “socialismos latinoamericanos” son piezas de museo. Se sigue pensando en categorías de izquierda o de derecha cuando la crisis médica mostró claramente que hoy día se dirimen otros modelos difusamente demarcados: aquellos que buscan mayor libertad ante aquellos que intentan colocar Estados más totalitarios.

Se necesita con urgencia repensar nuevas políticas sustentables y, por supuesto, una nueva filosofía para los oscuros tiempos que vienen, que están sin duda por definirse, que no llegan a ser, pero que por ahora mantienen a las sociedades bastante agotadas dentro de una gran desorientación; y lo que es peor, se siente sobre ellos lo que podríamos llamar un aroma rancio y peligrosamente apocalíptico.


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About the author

Sergio Fuster

Filósofo, Teólogo y ensayista.

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