¿El País del Sagrado Corazón?

Un Estado laico, así se plantea la República de Colombia en su constitución de 1991, pero no lo es aún, al menos no de un modo satisfactorio y coherente con los principios políticos de un país laico.

El presidente en su discurso de posesión, en un hecho protocolario pero simbólico y representativo de los valores del país, jura ante Dios; debería jurar sólo ante la democracia y el pueblo que lo ha escogido, y ante los cuales tiene que rendir cuentas, pues mucho daño han causado ya decisiones en el nombre de un dios.

Asimismo es una incoherencia la libertad de cátedra en la educación, pues mientras se enseña la evolución, los ojos de un Dios que para sus fieles creó el mundo, vigila el salón de clases, y en ese mismo orden de ideas, ese Dios, con esa misma cruz, con la que se moldearon conciencias y en nombre de la cual se mató y destruyó conocimiento, vigila las sentencias proferidas por la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado, la Corte Constitucional, cabezas de la rama judicial Colombiana,  ¿dónde queda entonces la independencia del Estado y de la religión?

Y si la constitución política establece en su artículo 19 que “Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.” (CPC, 1991)¿Por qué no poner en las altas cortes entonces, si lo que se quiere es ligar el Estado a la religión, una estrella de David judía, la medialuna y estrella islámica o una rueda del dharma budista?  o bien ¿por qué no dedicar los días feriados en honor a personas como Gabriel García Márquez, Julio Garavito, Policarpa Salavarrieta o Jaime Garzón, y no un santo o una santa de la religión católica?

Irónicamente esta misma carta magna en su preámbulo se consagra a Dios, sí y con mayúscula, entonces como un ciudadano y un creyente de los principios democráticos ¿estoy consagrado también ante su Dios? no puedo decir gracias y aceptarlo, pero prefiero no arriesgarme ante tan peligroso y amenazante acto. Incluso en el año 1902, en un acto de profunda ceguera entre el Estado y la iglesia católica, Colombia se consagró al sagrado corazón de Jesús, y duró así 92 años. (Rozo, 2012)

Yo me pregunto ¿cuál Dios vigilará estos recintos, el de Maria Luisa Piraquive y su partido MIRA, investigada por enriquecimiento ilícito (Caballero, 2014), o el del señor Monseñor General de la Nación, perdón, Procurador General de la Nación?

Este último personaje, particular y fundamentalista, aún recibe la misa en latín y observando la espalda de un cura, ha quemado libros, siguiendo el mismo ejemplo de la inquisición, y es un amante de las corridas de toros (Olivares, 2013), ha destituido e inhabilitado, en una clara muestra de persecución política, al exalcalde de Medellín Alonso Salazar y al actual de Bogotá Gustavo Petro. Para dolor del procurador y su política de fundamentalismo; es un abrupto un alcalde promoviendo una clínica de la mujer y denunciando presencia paramilitar en las elecciones y otro con políticas de izquierda y exguerrillero expropiando, al menos de manera parcial, el negocio de las basuras a los entes privados, ambos con fallas de procedimiento pero no de fondo. Batalla ganada por Salazar, en lo que se afirma fue una sanción “desproporcionada” (Neira., 2014) y otra aún en juego por el alcalde de la capital.

En consecuencia le pido al Señor Procurador, quien arduamente ha sido apoyado por el grupo político Restauración Nacional (Restauración Nacional, s.f.), a ambos, como un consejo, no mezclen sus creencias religiosas con su cargo  y el accionar político que, por cierto, debe ser imparcial; y como una petición, de hacer caso omiso  lo anterior, aléjense de la política; porque, en palabras de Héctor Abad Faciolince,  “La mezcla de religión y política es explosiva.” (2013)

@pjuancamilo

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