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El hombre que no claudicó ante el terror

Cuando Adolf Hitler empezó su ascenso al poder en Alemania, era un líder ciertamente admirado en Europa. La gestión ante la crisis económica y la restauración del orgullo alemán, daban mucho que ovacionar, sin embargo, un hombre, quien luego sería su  más férreo adversario, siempre advirtió que debía ser detenido para evitar nuevos vientos de guerra.

Estamos hablando por supuesto de Winston Leonard Spencer Churchill, tal vez uno de los pocos líderes europeos que pudo avizorar los oscuros años que sumirían al mundo en una guerra que dejó una profunda cicatriz en la humanidad.

Churchill lideró a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, le plantó cara a Hitler por tierra, mar y aire, fue el gran arquitecto detrás de la gran alianza entre Estados Unidos, la Unión Soviética y Reino Unido, y fue absolutamente vital para derrotar al Tercer Reich.

Winston Churchill, el león británico, fue un personaje complejo, divertido, elocuente, testarudo, de una voluntad implacable y quien durante sus horas más oscuras, tuvo que decidir si combatiría a las temibles Wehrmacht alemanas en una guerra que estaba prácticamente perdida, o se humillaría para suplicar la subsistencia de su pueblo bajo el deshonor de la esclavitud.

El fracaso de la paz

El 7 de marzo de 1936 Adolf Hitler tomó la decisión de militarizar la región de Renania, en un claro mensaje a Francia e Inglaterra de no respetar el Tratado de Versalles.

Esta situación desató las alarmas pero no lo suficiente, pues la respuesta fue débil y confiada, especialmente por parte de Francia, ya que en aquellos tiempos se decía que ese país tenía el mejor ejército del mundo, y que además la Línea Maginot evitaría la invasión de cualquier intruso por el frente oriental.

Años después, en los juicios de Nuremberg el General alemán Heinz Guderian manifestó que en esos momento Alemania no estaba en condiciones de tener una confrontación armada, y que la inacción francesa fue clave para empoderar a Hitler en su proyecto expansionista.

Churchill protestó por esta agresión por parte de Alemania, pero la clase política de la época, liderada por Stanley Baldwin hizo oídos sordos a aquel llamado temprano a tomar decisiones contra el Führer. De hecho, la opinión pública británica consideró en ese momento que los alemanes tan solo estaban recuperando su jardín trasero.

Impulsado por esta victoria en Renania, Adolf Hitler empezó una campaña de desestabilización política en Austria que concluyó con la Anschluss, el 12 de marzo de 1938 y el ingreso de las tropas alemanas a este territorio, sellando la unión entre dos antiguos aliados.

Ya con la excusa de ser una sola nación, Hitler posó su ojos en los Sudetes, una región de la antigua Checoslovaquia (Moravia) que tenía una población con una minoría germana, y que para él fue la excusa necesaria para desatar una nueva crisis diplomática por medio de una amenaza de una toma hostil de esa región.

Esto movilizó al Primer Ministro inglés, Neville Chamberlain y al Primer Ministro francés, Éduoard Daladier a mediar con una política de paz para que no estallara una guerra entre Alemania y Checoslovaquia, que tenía el apoyo de la Unión Soviética.

En aras de preservar la paz, los jefes de Estado de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania, firmaron en septiembre de 1938 los Acuerdos de Munich, en los se estableció cederle los Sudetes a Hitler sin el consentimiento de Checoslovaquia, a cambio de que Alemania cesara sus acciones hostiles.

Winston Churchill dijo en ese entonces: “Os dieron a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”. Seis meses después Hitler violó los acuerdos de Munich, y en marzo de 1939 invadió lo que quedaba de Checoslovaquia, y ni Francia ni Inglaterra movieron sus ejércitos.

Polonia, previendo que sería la próxima víctima de Adolf Hitler, firmó un acuerdo de defensa mutua con Francia en mayo de 1939, mientras Alemania firmó con la URSS el pacto Ribbentrop – Mólotov para dividirse el centro de Europa, lo que le dio alas al Führer para invadir a Polonia el 1 de septiembre de 1939 con la famosa blitzkrieg (guerra relámpago).

Tras la ofensiva alemana, Francia y Reino Unido decidieron darle un plazo de dos días (hasta el 3 de septiembre) a Alemania para que se retirara de Polonia, pero esto no ocurrió, por lo que estos países le declararon la guerra a los germanos, pero lo hicieron tímidamente, pues Chamberlain seguía con la intención de conseguir la paz.

En menos de un año, Alemania invadiría Dinamarca, Noruega, Luxemburgo, Países Bajos, Bélgica y Francia, y cuando parecía que Hitler no tenía contrincante, Neville Chamberlain fue obligado a dimitir y llegó Winston Churchill, el león  británico que le plantaría cara al águila alemana.

Winston Churchill

Winston Churchill nació en el Castillo de Blenheim el 30 de noviembre de 1874, en el seno de una familia aristocrática. Su madre era estadounidense, hija de un editor del New York Times, y su padre fue político y Ministro de Hacienda de Reino Unido.

En 1894, Churchill se graduó de la Real Academia de Sandhurst siendo el octavo de su clase entre 150 de su promoción, y a los 21 años se enlistó en el Ejército como Segundo Teniente en el 4to Regimiento de Húsares en la India. Luego pasó al 21º regimiento de Lanceros en Egipto en la campaña británica para la reconquista de Sudán mientras era corresponsal en The Morning Post. A su regreso a Inglaterra en 1898, escribió La Guerra del Nilo, que fue publicada en dos tomos. En ese mismo año, abandonaría su carrera militar.

El 12 de octubre de 1899 fue enviado a Sudáfrica como corresponsal de The Morning Post para cubrir la guerra Anglo-Bóer, en la que terminó siendo prisionero junto con varios soldados y oficiales británicos.

Winston escapó del campo de prisioneros, recorriendo 480 kilómetros hasta llegar a la bahía de Delagoa (colonia portuguesa) y luego escondido en un tren que salía de territorio controlado por los bóeres.

A su regreso a Inglaterra publicó en 1900 sus dos libros London to Ladysmith vía Pretoria y Ian Hamilton’s March, y en el mismo año fue elegido para ocupar un asiento en el parlamento británico por el partido conservador, aunque después se pasaría a las toldas liberales luego de varios desencuentros con sus copartidarios.

En diciembre de 1905 los liberales llegaron al poder tras la dimisión de los conservadores, y Churchill fue nombrado subsecretario ministerial para las colonias, y en 1908 obtuvo el cargo de presidente de la dirección de comercio. En 1910 fue ascendido a Ministro de Asuntos Internos y en 1911 logró ser promovido a Primer Lord del Almirantazgo, puesto que ocuparía al iniciar la primera guerra mundial.

En ese cargo impulsó importantes reformas como el desarrollo de la aviación naval, tanques y el cambio de combustible de carbón a petróleo.

En 1915 sufrió un revés tras el desembarco de Galípoli en el estrecho de los Dardanelos (Turquía, en ese entonces, Imperio Otomano), con el que pretendía atacar a Alemania por la retaguardia, pero la operación fue un desastre y más de 100 mil soldados británicos, australianos, neozelandeses y franceses murieron. Churchill tuvo que dimitir.

Tras el fracaso de Galípoli, Churchill decidió unirse al frente francés y fue destinado a un batallón escocés que luchaba en Flandes, pero en julio de 1917 volvió al Gobierno Británico con el cargo de Ministro de Armamento, y al finalizar la Primera Guerra Mundial, ocuparía las carteras de Guerra y el Ministerio del Aire, hasta 1921.

En 1924 volvió al Partido Conservador y en el mismo año fue nombrado Ministro de Hacienda, pero la decisión de volver el Reino Unido al patrón oro, junto con la depresión del 29, le pasaron factura a Winston Churchill y a su partido, pues perdieron las elecciones generales de 1929, y no fue invitado a ser parte del nuevo gobierno.

Mientras Churchill estaba pasando un trago amargo, Hitler estaba en pleno ascenso en Alemania, y el político inglés pronto advirtió del peligro de la Alemania Nazi para Europa y el resto del mundo, pero se convirtió en una voz solitaria contra el Führer.

Winston le dijo a los ingleses que Alemania se estaba rearmando y aseguró que estaba gastando cerca de 1500 millones de libras esterlinas anuales en armamento (la cifra resultó muy aproximada), pero sus advertencias no tuvieron eco, y tras las crisis en Renania, los Sudetes y la anexión de Austria, instó fuertemente al Primer Ministro Neville Chamberlain a tomar acciones militares para frenar una inminente guerra, pero la política de apaciguamiento de este último primó sobre las advertencias de Churchill.

Cuando Alemania incumplió el tratado de Munich, invadiendo Checoslovaquia y Polonia en alianza con la Unión Soviética, Chamberlain no tuvo más opción que declararle la guerra a Hitler, pero ya era demasiado tarde. La invasión a Países Bajos, Bélgica y Francia era un hecho, y Reino Unido ya no sería contendiente para el Tercer Reich. La política de la paz fracasó y Winston Churchill surgiría como un líder solitario contra el imperio del terror.

“Las horas más oscuras”

Anthony McCarten es un escritor y periodista neozelandés que escribió el libro Darkest Hours, Las Horas Más Oscuras, que relata los días más difíciles que tuvo que afrontar Winston Churchill tras su nombramiento como Primer Ministro el 10 de mayo de 1940, porque no solo tenía que hacerle frente a una guerra que en teoría estaba perdida, sino que también tenía que convencer al Parlamento Británico de que su política de confrontación abierta con Hitler era la adecuada.

Pero el Parlamento estaba acobardado y aunque Neville Chamberlain había acabado de dimitir, seguía siendo una fuerza en la Cámara de los Comunes que abogaba por una “solución pacífica” intermediada por el dictador italiano, Benito Mussolini (aliado de Hitler). Churchill no contaba con el apoyo político para enfrentar a la Alemania Nazi.

Por azares del destino el mismo día que Churchill fue nombrado Primer Ministro, Hitler atacó Bélgica, Países Bajos y Francia. Para el Reino Unido, combatir a Alemania era un suicidio, sin embargo la obstinación y el orgullo de Winston no lo dejarían doblegar su voluntad de pelear hasta el final para defender la isla. El 11 de mayo dijo en la Cámara de los Comunes “no tengo nada mas que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

Cuando Winston pudo convencer a su nación y al Parlamento de ir a una guerra frontal contra Alemania, su primera misión fue el rescate de 200 mil hombres del ejército británico  que estaban en Francia, al norte de Sedán, pues las Wehrmacht no solo habían atravesado la Línea Maginot, sino que avanzaban a 50 millas por día y si las Fuerzas Armadas nazis se topaban con los británicos, los aniquilarían.

Winston entonces dio la orden para que los hombres (250 mil entre ingleses, franceses y belgas) se dirigieran hacia Dunkerque, donde fueron evacuados por todo tipo de embarcaciones (no solo militares, sino civiles) para llevarlos a Inglaterra en una operación que duró tan solo 48 horas.

El 12 de agosto Hitler decidió combatir por el aire con cientos de bombarderos escoltados que atacaron los objetivos militares del sur de Inglaterra, enfrentándose con la Royal Air Force, pero Reino Unido estaba perdiendo la guerra del aire ya que la fuerza aérea nazi era muy superior, hasta que el 24 de agosto un avión alemán lanzó una bomba sobre Londres por error. Esto enfureció a Churchill, que incluso contra el consejo de sus generales, autorizó el bombardeo a Berlín. Tan solo unos pocos aviones lograron impactar la periferia de Berlín, y esto fue un golpe psicológico al Führer, que respondió con una guerra relámpago sobre las principales ciudades británicas, olvidando las bases militares del sur de la isla.

Esto le permitió a la Royal Air Force reorganizarse para plantearle una nueva guerra en el aire a Alemania mientras el pueblo británico aguantaba estoicamente el bombardeo. Los ingleses ganaron la batalla del cielo, y aunque murieron más de 23 mil persona, el Reino Unido no fue invadido, siendo este el primer revés que sufriría Adolf Hitler desde el inicio de la Segunda Guerra.

La moral inglesa estaba más alta que nunca.

Churchill, el arquitecto de la alianza contra Hitler

Tras el revés sufrido en Inglaterra, en junio de 1941 Hitler decidió invadir la Unión Soviética con 3 millones de soldados y la aviación alemana, en una estrategia que se denominó Operación Barbarroja, propinándole un golpe severo al Ejército Rojo que se vio arrinconado por las Wehrmacht.

Luego, en diciembre de 1941, Japón atacó la base estadounidense de Pearl Harbor en Hawai, que fue el aliciente que tuvo Estados Unidos para ingresar a la Guerra.

Winston Churchill entonces vio la oportunidad de unir a dos grandes rivales, Estados Unidos y la Unión Soviética, para combatir conjuntamente a Hitler, y los convenció de atacar el punto más débil de Alemania, el norte de África.

El 8 de noviembre de 1942 las tropas anglo-estadounidenses desembarcaron en Orán, Argel y Casablanca, en lo que se denominó la Operación Torch, lo que frenó el avancé de Alemania en el sur.

Mientras tanto, el ejército alemán no pudo avanzar en el frente ruso (Stalingrado) y debió soportar un invierno extremo, mientras la Operación Torch fue todo un éxito.

A raíz del golpe en África y del estancamiento en el frente oriental, Hitler se volvió inestable y desconfiado, lo que lo llevó a poner en duda la lealtad de sus generales, y a iniciar una purga en las Wehrmacht.

La obstinación de Hitler en Stalingrado le representó al Ejército alemán la mayor derrota militar. Se perdieron 400 mil hombres entre heridos, muertos y prisioneros, lo que marcó el principio del fin de la Alemania Nazi.

El final del Tercer Reich

Alemania ya había perdido a 3 millones de hombres y lo peor estaba por llegar. En la noche del 5 al 6 de junio de 1944, la mayor flota jamás reunida se dirigió a las costas francesas.

Hitler se había acostado a las 4 de la madrugada y a las 6 am la flota fue detectada, comenzando así el famoso desembarco de Normandía. Los generales alemanes llamaron inmediatamente al Estado Mayor porque temían que se tratara de la tan temida invasión y solicitaron refuerzos para impedir cualquier acción de los aliados, pero el General Alfred Jodl no quiso despertar a Hitler para pedirle la autorización.

“Nunca hay que despertar a un dictador cuando duerme y menos a Hitler”, dijo. Hitler durmió hasta las 10 de la mañana, y hasta las 2:30 de la tarde, no dio la autorización para el envío de refuerzos, pero ya era demasiado tarde. Los aliados consiguieron penetrar Francia, y Alemania cedió terreno.

El 16 de diciembre ante el estupor de los aliados, 1900 cañones alemanes abrieron fuego en el sector de las Ardenas. En las primeras horas, el efecto sorpresa superó las expectativas del Estado Mayor alemán y Hitler empezó a celebrar muy pronto, pues el estado de la carretera y la falta de gasolina frenaron a las Wehrmacht, mientras que el surgimiento de un cielo despejado, permitió a la aviación aliada reaccionar ante al ejército alemán y recuperar la ventaja.

En este punto, los generales le sugirieron a Hitler firmar un armisticio, pero Hitler se negó a capitular, pues estaba esperanzado en que la alianza entre Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética se desmoronara, pero Churchill hacía todo lo posible para que eso no ocurriera.

En la conferencia de Yalta, en febrero de 1945, el Primer Ministro británico hizo todos los esfuerzos para que no se debilitara la unión de la cual había sido artífice, y renunció a proteger a Polonia de la influencia Soviética, pues era el precio que había que pagar por la alianza contra Hitler.

Para acelerar la derrota alemana, los Aliados intensificaron los bombardeos sobre las principales ciudades alemanas, de la misma forma en que en el pasado Hitler bombardeara Inglaterra.

En febrero de 1945 Churchill y Roosevelt dieron luz verde al bombardeo de Dresde en el que hubo más de 40 mil muertos. Para ese momento, Hitler ya casi no se dejaba ver, y la última vez que apareció en las noticias fue en marzo de 1945.

Los pelotones de ejecución nazi mataron a decenas de desertores y en los campos de exterminio hacían lo propio; los deportados eran masacrados y obligados a realizar las marchas de la muerte con el fin de exterminarlos. Hitler quería remplazar la victoria con el genocidio.

En Alemania, Hitler promulgó la orden Nerón, que mandaba a destruir todas las infraestructuras del Reich (transporte, electricidad y abastecimiento). Dijo, “Si perdemos la guerra, no importa que el pueblo perezca. No contéis conmigo para derramar ni una sola lágrima, no se lo merecen”.

En el frente oriental, el Ejército Rojo avanzaba implacablemente, y en abril se lanzó sobre Berlín. Fue el fin. Hitler acababa de celebrar su cumpleaños número 56 y parecía un anciano. Se refugió en su búnker y dictó su testamento político. Se casó con Eva Braun el 30 de abril de 1945, y luego ambos se suicidaron.

Churchill, el héroe

Winston Churchill advirtió desde muy temprano el peligro de la Alemania Nazi, pero sus advertencias no fueron escuchadas por la clase política británica que confiaba en la política de apaciguamiento de Neville Chamberlain. No entendieron que el Águila herida no se iba a contentar firmando acuerdos que no le significaban nada porque su pretensión era la hegemonía absoluta sin importar el costo.

Esto nos deja una lección que algunos prefieren no aprender: con el enemigo no se pacta, se le derrota.

En retrospectiva, la principal causa de la Segunda Guerra Mundial fue la inacción del Reino Unido y Francia para contener la ambición y la barbarie de Adolf Hitler en Europa. Una acción temprana, habría evitado la más desastrosa guerra que el mundo haya visto hasta ahora.

Churchill nunca se rindió, incluso cuando todo estaba perdido, porque en efecto, en el frente de batalla, lo último que se pierde es el honor. Se negó a ser esclavo de Hitler y a sacrificar la libertad de su pueblo.

Solo con el apoyo de su familia y el pueblo británico, le demostró al Parlamento que el Reino Unido lo daría todo, lo soportaría todo y llegaría hasta las últimas consecuencias para conseguir la victoria.

En 1953 Winston Churchill fue investido como Caballero de la Nobilísima Orden de la Jarretera (la Orden más antigua e importante del Reino Unido) y en el mismo año recibió el premio Nobel de Literatura.

En 1955 recibió el título de Duque de Londres; en 1956 le fue otorgado el Premio Carlomagno por ser una de las personas que más contribuyeron a la causa de la paz en Europa, y en 1963 el Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, lo nombró ciudadano honorario de ese país.

Churchill falleció el 24 de enero de 1965, el mismo día que falleció su padre 70 años antes, y el funeral se celebró en la Catedral de San Pablo, siendo un lugar exclusivo para los funerales de la realeza inglesa.

Su funeral tuvo la mayor asistencia de dignatarios en la historia de Reino Unido incluyendo representantes de más de 100 países, siendo a su vez la reunión más grande de jefes de Estado, hasta la la muerte del Papa Juan Pablo II en 2005. Por disposición del mismo Winston Churchill, fue enterrado en la tumba de la familia en la iglesia de Saint Martin, Blandon, cerca de su lugar de nacimiento en Blenheim.

Hasta hoy día retumban sus palabras: “Os dieron a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”. Valiosa lección que nos enseña a no claudicar jamás ante el terrorismo.

Ojalá la inacción de los demócratas no sea nunca jamás el aliciente para los terroristas. Dice el adagio popular, que quien no conoce la historia, está condenado a repetirla.

Esto fue escrito por

César Augusto Betancourt Restrepo

Soy profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Defensor del sentido común, activista político y ciclista amateur enamorado de Medellín.

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