El fantasma que se nos sienta en la mesa

“En Colombia es muy difícil escribir ficción, primero porque las montañas de nuestro paisaje siempre están presentes y nos recuerdan la realidad cuando estamos a punto de soñar, y segundo, la realidad es incluso más interesante que la ficción, porque lo imposible se hace posible al solo leer un periódico o sintonizar el noticiero”


Cuando era niño solían interesarme y causarme un poco de temor las historias sobre fantasmas. A pesar de la curiosidad y la viveza típica de aquella etapa de la vida, se me era imposible aceptar que existiera algo del más allá que no pudiéramos explicar y que nos podía causar tantas cosas malas. Las clases de religión, al medio día en aulas de baldosa roja y paredes grises de mi colegio católico en Envigado, se volvieron en el escenario perfecto para indagar un poco sobre estos temas.

Me preguntaba, “¿Cómo es posible que alguien después de la muerte pueda retornar a este mundo de los vivos como si nada y sentarse en la mesa a desayunar huevos revueltos con nosotros?”, mi profesor de aquel entonces respiraba profundo, miraba a todo el salón y respondía: “Esos cuentos de fantasma terroríficos son solo una invención de Hollywood, no teman de eso. Dios es bueno y los fantasmas son solo almas de fieles que se quedan estancadas en el purgatorio por algunos pecados, pero no quieren hacernos daño, solo quieren que recemos por ellas”.

Para mis escasos nueve años, esa sola respuesta me llenaba de una tranquilidad única, y aunque no fuera muy creyente, pasé varias noches pidiendo por las almas de purgatorio hasta que simplemente lo olvidé. Los católicos, por su creencia, son inmunes a cualquier fuerza del inframundo, aunque bueno, parecen que a día de hoy, año 2020, las cosas han cambiado.

Al crecer, se pierde parte de la capacidad de soñar e imaginar. Escuchar historias de asesinos en serie, magnicidios y matanzas causa más temor que las apariciones de seres del más allá, o bueno, eso creía. Los hombres vivos son más temibles que los muertos, severa paradoja, y más ahora con el internet que se vuelve una plataforma para desmentirlo todo. Sin embargo, desde hace más o menos diez años y siempre cerca de algún tipo de elección que requiera el voto popular del pueblo, sin distinguir entre raza, huso horario, sexo o idioma, se aparece en nuestras mesas un fantasma que no asusta a los niños y pone a temblar a la mayoría de adultos, sobre todo a los que ya tienen contados sus días en su condición como mortales. Informes de sus avistamientos hay pocos, pero la certeza de que existe es verídica.

Algunos dicen que le gusta vestirse de rojo, se deja crecer la barba y anda de arriba para abajo con una hoz, una estrella y un martillo. No se le atribuyen muertes, al parecer a este fantasma no le gusta asesinar porque lo considera un método anticuado, hace algo peor: Posee a sus víctimas. Se mete dentro de ellas, las destroza y hace que terminen en las calles poniendo en duda todo, ¡Terrible! No hay nadie que lo frene. Las malas lenguas dicen que se ha apoderado incluso del alma de un presidente de un país al norte del continente sudamericano, vecino nuestro. Es tan ostentoso que cuenta con una isla para él solo en el caribe y tan ingenuo que produce tecnologías de lo más de avanzadas al otro lado del mundo con el objetivo de hacer que su legado sea cada vez más grande. Nos ha divido en dos bandos en algo parecido a lo que pasó en la guerra fría, pero sin disparar una sola arma y sin tener un sentido en sí mismo, porque no se sabe bien lo que defiende.

Los problemas como la pobreza, la violencia, la corrupción, la persecución y la cohibición de la libertad de prensa han pasado a segundo plano en las agendas de todos los mandatarios que querían entrar en la cabina de capitán de cualquier país, porque lo importante no es eso. Lo importante es dejar lejos al fantasma rojo que tanto daño nos puede hacer. “Ojo con el 2022”, “No podemos permitir que nuestros ciudadanos se vuelvan rojos” “Todo lo quieren regalado”, “Voten por mí y acabamos con esa plaga”, son algunos de los eslogan que aparecen en las diferentes campañas. En Colombia, incluso, se ha llegado a un estado de alerta tan increíble que los bandidos y los narcos han encontrado a este rival como una muy riesgo para sus negocios en el futuro, viéndose obligados a mover sus dineros y asistir a eventos sociales con los cuellos blancos que son la mejor solución para el país. Porque bueno, la cocaína y el narcotráfico no causan tanto daño como sentarse a comer con aquel ser de otro mundo.

Ahora en medio de una pandemia mundial se creería que cada ser humano está más seguro de no perder su alma a punta de martillo, pues poco nos exponemos en las calles. Sin embargo el peligro siempre está presente, así que no importa si nos están robando, si la gente se está muriendo de hambre, o si los líderes del país deciden irse de vacaciones a cuenta del Estado por se sienten muy estresados. Nada de eso importa, porque por lo menos hay alguien que nos está cuidando de convertirnos como el vecino o el país ese de los osos, donde ya casi ni queda una alma libre y pura. Esos que salen a la calle a protestar o manifestarse son unos imbéciles que están siendo poseídos, que pesar, luchan por los problemas sin darse cuenta de que ellos mismos son el problema, que paradoja.

A los líderes sociales toca matarlos porque su alma se corrompió, o porque quizás en su vida personal tiene uno que otro lío que los hace vulnerables a perderla. En los países es mejor no hablar de respeto a las diferencias, de las etnias, indígenas, diversidad sexual o de libertades porque son temas que le gusta al fantasma rojo y es mejor no invocarlo.

En un país del norte los ciudadanos muertos del susto exigen estar armados para poder librarse ellos mismos de las garras del maligno, eso de las matanzas en escuelas es solo un mito de desprestigio porque todas las almas rojas nos quieren desarmar para que todos podamos ser un blanco fácil.

En Colombia a un casi mesías se le ocurrió la propuesta de cambiar todo el sistema legislativo para hacer un examen con lupa e ir detectando a todos esos infectados que nos están haciendo tanto daño. “No, no es una dictadura como lo quieren hacer creer. Es solo que nuestro partido está decidido a salvar el país”, responde el susodicho ante las críticas. El sentimiento nacionalista se desempolvó y salió de las canchas de fútbol para instaurarse en el día a día y en los tweets: “Es que el verdadero – inserte gentilicio – es el que salva a su país de las garras del – el supuesto nombre del fantasma que varía según la región –“, en mi país le ponen dos apellidos, los dos con c y soy desafortunado de ser acreedor de uno.

Ante una misteriosa amenaza, alrededor del mundo nos hemos llenado de salvadores. Qué lindo ver ese espíritu que vino a salvarnos de la degradación de los valores. Me da tranquilidad crecer en un país donde no me gobierna un rojo. Puede que mi presidente sea inútil, esté acusado de violaciones, tenga peleas cada ocho días con la prensa, odie a las mujeres e indígenas, ignore al pueblo, tenga varios procesos judiciales en su contra y tenga un historial de investigaciones extenso, pero por lo menos no es rojo y me mantiene a salvo de serlo. Yo no sé muy bien quién es ese señor, porque le gusta andar de rojo con una estrella, lo que piensa y lo que pretende. Si me preguntan poco sé y si me toca hablar de él traigo a colación todas las supuestas barbaries que impone, porque ajá, el presidente del país vecino no es malo porque él de por sí es un idiota o un burro, él es malo porque está poseído por aquel espíritu. Por allá en una clase de historia y economía que me dieron en la universidad, el profesor – seguramente de alma roja, porque estos temas no pueden aparecer en los libros, porque nos quieren corromper a los niños. Ellos que no temen a eso –  hablaba de que el origen de este fantasma venía de un libro, pero que a día de hoy, toda la esencia que se plasma en aquel escrito no tiene vigencia ni puede ser aplicada, ni siquiera a la fuerza. A ese fantasma lo mandaron de vuelta a su mundo por allá en los sesenta. ¿Pero por qué volvió? ¿Será que el que vino realmente es un impostor? Pues es curioso que a pesar de que las personas que elegimos en las urnas nos salvan del mal, seguimos estando sumidos en desgracia. Qué raro. La tasa de desigualdad sigue creciendo, la gente se muere de hambre, los hospitales están a reventar, el desempleo llega a sus mayores cifras, las instituciones que brindan seguridad atacan a los que protegen, ¿Y todo es culpa de los rojos? Parece increíble, pero es cierto. Como diría algún autor colombiano, al que ya han tildado de haber sido poseído, en Colombia es muy difícil escribir ficción, primero porque las montañas de nuestro paisaje siempre están presentes y nos recuerdan la realidad cuando estamos a punto de soñar, y segundo, la realidad es incluso más interesante que la ficción, porque lo imposible se hace posible al solo leer un periódico o sintonizar el noticiero. Cuestionarse e indagar más allá está muy mal, es mejor solo buscar quien nos salve, patrocinar al mejor mesías, ¿O qué? Algo va a pesar en este pueblo, todo parece indicar, hay presentimientos… pero nada, todo sigue igual. Solo por sospecha hay que seguir votando por aquellos que nos vienen a salvar, esos ingenuos que se creen que el país es solo de ellos. Porque sí querido lector, a esto que usted llame “Este país” también es el suyo, así que es bueno preguntarse, ¿Realmente el problema si es ese fantasma que se viene a sentar cada noche conmigo a la mesa?

About the author

Sebastián Castro Zapata

Envigadeño de corazón, amante a la poesía y a la literatura. Le tengo miedo a los truenos y llevo una tormenta tatuada en mi brazo derecho. A veces me las doy de poeta y en la actualidad, estudiante de psicología en la Universidad Pontificia Bolivariana.

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