El biógrafo inexistente de Z

Era alcohólico y no se avergonzaba por ello. Más aun presumía de su capacidad física para beber aguardiente por varios días seguidos. En cierta parte tenía razón para dedicarse al todo y a la nada de la embriaguez. En una pared de su casa había transcrito el famoso fragmento Embriagaos de Charles Baudelaire. En la sociedad fracasada, agotada y caótica en que vivía no había ningún ideal posible para necesitar la calma de la sobriedad. Odiaba el cristianismo, era incompetente en todas las cuestiones del mercado como decía una canción, detestaba el puritanismo de las instituciones llamadas «alcohólicos anónimos», cada vez que pasaba por el lado de ellas, decía para sí: “- Prefiero estar muerto a poner un pie mío ahí”. Total, lo único que podía hacer era beber. Como no tenía herencia tenía que vender su fuerza de trabajo para comprar su licor. Fue mensajero, obrero en una fábrica de cuellos para hacer camisetas, mesero y finalmente profesor. A la larga consiguió graduarse como historiador en una prestigiosa universidad, pero tal título fue tan sólo una perogrullada más.

Se hizo historiador por un amor insospechado por Simón Bolívar. Realizó por cuenta propia y por algunos pequeños contratos algunas investigaciones que le dieron un incipiente prestigio en el difícil mundo de las investigaciones académicas, pero a la larga siempre terminaba ejerciendo el oficio de profesor que era el único que le ofrecía un sueldo «estable».

Por algunos años estuvo tentado en dejar su vida urbana e irse al monte para la guerrilla, pero por puro temor desistió de esa decisión. Lo atormentó por mucho tiempo saber que simplemente era un cobarde más. Qué diría Bolívar de estos aduladores suyos tan gallinas e inútiles. Ganó el temor.

Se volvió un buen cuentero, pero el presumía y decía que era un conferencista, algunas de sus conferencias eran buenas en verdad, le ayudaban para alimentar un poco el egocentrismo, pero poco le ayudaban para su bolsillo pues nunca le pagaban por ellas.

Agarró la costumbre de escribir. Y se dio cuenta que escribía muy mal. Se propuso escribir bien, pero ello le costó bastante tiempo, sus amigos tuvieron que padecer cuanta carajada escribía, por mucho tiempo vivió apenado con ellos, pero igual les volvía mandar cada cosa que se le ocurría y chapuceaba en un teclado.

Estaba enojado con su país porque nadie quería, y  mucho menos, entendía a Bolívar, y en un arrebato temerario decidió irse para Venezuela, se inventó una conferencia que llamó: ¿Por qué en Colombia nunca quisieron a Bolívar? La conferencia le quedó bastante bien, en tanto que le proporcionó los medios económicos para irse, y luego le sirvió para sostener su aventura en la Revolución Bolivariana. Fue una proeza conseguir alimentación y hospedaje con una conferencia –que por más bien hecha que estuviera-, y sí que lo era… pero en el mundo del capital, alguien que viviera tan solo de unas cuantas palabras era una proeza quijotesca que rayaba con la inconsciencia.

Se ganó un lugar entre los venezolanos, y terminó de asesor político en una empresa agrícola del Estado Socialista y Bolivariano, se hizo muy amigo de sus jefes, pero ellos a la larga nunca le terminaron de hacer caso a un asesor colombiano en temas de izquierda, y mucho menos cuando él les decía sin cansancio que estaban cometiendo los mismos errores burocráticos de la Unión Soviética.  «Ese colombiano está loco» y le propusieron veladamente que fuera un burócrata más.

Hace mucho tiempo que había dejado el alcohol, pero no por puritanismo, sino por estrategia de supervivencia, tenía que estar siempre sobrio para llegar hasta donde llegó. Si no hubiera dejado de beber, no hubiera pasado de Amagá.

Cuando se murió Chávez se empezó a desencantar de la revolución, no por las mentiras que esgrimían día a día la derecha, sino porque a su juicio, la revolución entró en un atolladero llamado burocratismo, perdió su paciencia y se marchó. Ahora regresaría a su amada y caótica Colombia.

La aventura venezolana le deparó una felicidad nueva. Se enamoró, se casó y se volvió padre. Ahora encontró un propósito más concreto en su existencia, brindarle felicidad a una bella mujer y a dos criaturitas hermosas. El revolucionario y aventurero se enamoró. Muchos amigos “libertarios” le reprocharon que se hubiera casado, como si eso fuera una evidencia, que a la larga siempre fue un conservador. Él los miró con desdén y con jovialidad les contestó: – “Sí, soy un izquierdoso conservador, y amo a mi familia, egoístas neuróticos de la ciudad”.

Ahora después de haber criticado la burocracia socialista, regresó a la burocracia capitalista, “¡vaya! una contradicción más”. Pero él anhelaba regresar a su país. Y sus hijos ya le obligaban a no estar por el mundo rechazando trabajos porque no se amoldaban a su ideología. Muchos creen que el hecho de ser papá lo hizo madurar. Su padre también lo creía, “es que si no sentaba cabeza ya tan viejo…”

En el fondo él siguió siendo el mismo bohemio, apasionado y aventurero. Siguió anhelando alcanzar un lugar protagónico en la izquierda de su país, y aportar con alguna cosita al tremendo desafío de alcanzar el socialismo en el mundo. También siguió coqueteando con la posibilidad de hacerse psicoanalista, en su fuero interno, parece que Freud le ganó a Nietzsche.

Fuera lo que fuera, el ya estaba inmensamente satisfecho con su ser escritor, con su ser papá, con su ser esposo. Su amor por el ideal de Simón Bolívar para Suramérica siguió intacto.  Ya el socialismo, él sabía era una cuestión decisiva no de los anhelos de unos individuos aislados sino de la humanidad,  un proceso bastante complejo y enmarañado. En su mente siempre andaba con el Che y con Fidel.

Tan sólo le quedaba una tarea pendiente, escribir la mejor y la más completa biografía sobre Estanislao Zuleta, su identificación con el pensador antioqueño ya venía de tiempo atrás. Incluso llegó a dar algunas conferencias sobre él. Le encantaba recordar que Estanislao Zuleta había nacido un 3 de febrero, el mismo día en que también nació él. Zuleta además fue marxista, nietzscheano y freudiano, y también un bebedor como él. Otro solitario.

Pero ahora su realidad le impedía escribir esa biografía, para hacerla tendría que vivir exclusivamente para ello, por lo menos un año en Medellín, un año en Cali, y otro año Bogotá, pasar horas en archivos y buscar muchas relaciones sociales alrededor de las personas cercanas al pensador del elogio de la dificultad. Pero no tenía ni el dinero ni el tiempo para dedicarse al placer de escribir esta biografía, ya hace muchos siglos dejaron de existir los mecenas, y las becas para escritores como que solo habían ocurrido en el mundo lejano de la ficción.

Por eso ahora también era el biógrafo inexistente de Estanislao Zuleta, que salía muy temprano a la oficina en la Alpujarra, muy majo como rin rin renacuajo y antes de ponerse a bregar con las leyes de la contratación pública de  Colombia, se ponía a escribir y a soñar.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-a-mia.xx.fbcdn.net/hphotos-ash2/t1.0-9/31774_102838173096686_2341246_n.jpg[/author_image] [author_info]Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia, fundador de la Escuela Zaratustra, autor de los libros «1815: Bolívar le escribe a Suramérica», «Tras los espíritus libres» y «Andanzas y Escrituras». Actualmente reside en Venezuela donde viajó a comprender en profundidad la Revolución Bolivariana. Leer sus columnas [/author_info] [/author]

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