El biógrafo inexistente de Fernando Vallejo

     

Durante mucho tiempo estuve pidiéndole a algunos amigos cercanos a Fernando Vallejo que me lo presentaran; sobre todo, más, cuando él regresó de México, pero ninguno me cumplió. Un día que yo estaba en el centro de Medellín, acababa de salir de una reunión, de esas reuniones de historiadores sin futuro; y como en esos días estaba sin empleo, me senté a hacer nada en la Plaza Botero, ese día estaba soleado y me puse a leer la nueva edición de la biografía Simón Bolívar de John Lynch, cuando de repente vi que venía caminando un señor “muy parecido a Fernando Vallejo”. Miré mejor, y vaya sorpresa, sí era él. Lo seguí lentamente dos cuadras como persigue un detective al amante de la esposa de un cliente celoso, o como un ladrón que va tras de su víctima. Cerca al Museo, en un momento las dos señoras que acompañaban a Fernando, se ocuparon en unas vitrinas y él se quedó solo, esa fue mi oportunidad. Como ya sabía que no le gustaba que le dijeran “maestro”, simplemente le dije “Fernando”. Me respondió el saludo con una amabilidad extraordinaria, como si nos conociéramos de toda la vida. Me preguntó por el libro que llevaba de Bolívar y le expliqué que era una nueva edición de la biografía de Lynch, me dijo que “luego le contara qué tal el libro”, yo aproveché y le dije que él le tiraba muy duro a Bolívar y él se sonrió y me dijo, “¡Claro, se lo merecía!” su sonrisa auténtica me llenó de gozo, yo, bolivariano empedernido. Le dije a Fernando que lo admiraba, le agradecí por su escritura y le pedí una foto y nos despedimos, dejando como todo al principio: al azar.

Fue en ese contexto cuando un día tomé la determinación de investigar y escribir una biografía sobre Fernando Vallejo. Lo anoté y lo anuncié como si las redes sociales fueran una notaría.

Días después, con mi amigo Pedro Rugeles, que estaba de visita en Medellín promocionando su libro sobre la historia de Colombia, se nos ocurrió una idea muy simple, vamos al café Fernando Vallejo, para ver cómo encontramos a Fernando, Pedro, para dejarle un ejemplar de su libro, y yo para hablar con él con más tiempo. De esta visita sacamos gran provecho porque logramos relacionarnos con su sobrina y conseguimos unos datos de correspondencia. Y logré hacer contacto con Aníbal Vallejo, quien muy generosamente me concedió varias entrevistas y me compartió algunos archivos de prensa.

Teniendo la dirección un día me atreví a escribirle a Fernando directamente, le expliqué quién era yo y le aclaré que mi intención no era molestarlo con una entrevista, sino que simplemente quería tener la oportunidad de conocerlo más, tomar un tinto y conversar tranquilamente, mi argumento final fue el siguiente. “Estoy seguro que si usted hubiera tenido la posibilidad de sentarse un rato a tomarse un trago con Porfirio Barba Jacob, lo habría hecho”. Pasaron unos días, cuando un día sonó mi teléfono celular y no podía creerlo, me estaba llamando Fernando… “Soy Fernando, Fernando Vallejo”.. y me estaba invitando a su casa blanca. No lo podía creer, estaba inmensamente feliz.

Cuando acudí al encuentro, mientras me servía un tinto, Fernando me dijo: “David te voy a hacer una prueba, dime, ¿qué tienen mis biografías que no tengan las demás?” Yo le respondí, “usted es generoso con el lector, y no solo escribe la vida del biografiado, sino que además narra los periplos de lo que pasó para obtener esa información”. Creo qué, pasé la prueba, por lo menos, esa tarde soleada en que Vallejo me concedió una conversación. Yo le había prometido a él que no lo iba a molestar con mi proyecto de biografía, tan solo quería hablar con él, y terminamos hablando de biografías, de Kafka, de Rulfo. Sí me atemorizó un poco, porque leímos unas líneas de unos de mis cuentos, y me demostró lo mal que estaban escritas. ¡Tremendo biógrafo se consiguió! Pensé yo, avergonzado. Ese mismo día me contó que un investigador, ya había empezado su biografía, estuvo en México y al parecer tuvo acceso a unos archivos, ese señor desconocido sí que llevaba la ventaja, 10 años quizá de investigación por delante.

Después me dediqué a leer con lupa su serie de libros autobiográficos agrupados bajo el título “El río del tiempo”. Elaboré muchas preguntas, tenía ya un libreto para salir a investigar, pero, como todos los lectores de Fernando sabemos, esas memorias tenían muchas trampas para los investigadores del futuro. Yo, la verdad sea dicha, ni tenía ni el tiempo, ni la calma para emprender una biografía tan complicada. El biografiado ha borrado muchas huellas y él mismo ha contado su historia, magistralmente. Un día le escribí: “Fernando cuál biografía, lo que hay que hacer es reeditar masivamente El río del tiempo y no más”.

En una segunda visita, Fernando accedió para recibir una tarde a mi hermano Sergio, artista, que quería conocerlo, tuvimos otra tarde maravillosa, pero en esta ocasión dejé que hablaran más ellos dos de arte. ¿Cómo va la biografía? Fernando no me preguntó, pero yo igual respondí, dando a entender que estaba más asustado que seguro.

Un día se me metió el demonio a la cabeza, tenía unos pesos, y decidí comprar dos botellas del mejor ron que se encontraba en el mercado y decidí pasar por la casa de Fernando sin anunciarme. Fue una torpeza, lo sé. No era nadie tan cercano como para tomarme ese atrevimiento. Llamé a la puerta y esta vez, Fernando, no me quiso abrir, a través de una reja, le ofrecí excusas por pasar sin avisar, le ofrecí el regalo que le llevaba, y él con tono malhumorado, me dijo que no, que estaba ocupado y ni siquiera la botella me la quiso recibir.

Salí con un sabor amargo, avergonzado por la torpeza y decidí no volverlo a buscar. Las dos botellas de rones las tomé yo. Solo a un par de personas les conté esta historia, hoy me atreví a escribir esta crónica.

El proyecto de biografía se estancó. Me prometí, no volverlo a buscar. Un fracaso más para la lista de un historiador. Ahora, también soy el biógrafo inexistente de Fernando Vallejo.

En su último libro Escombros, Fernando, escribió: “No confío en biógrafos”, mucho menos va a confiar en la categoría fantasmal que me inventé yo: los biógrafos inexistentes.

Aun con la misma torpeza, reconozco que esta crónica, en primer lugar, la escribí para él.

About the author

Frank David Bedoya Muñoz

Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia y fundador de la Escuela Zaratustra. Fue formador político en la Empresa Socialista de Riego Río Tiznado en la República Bolivariana de Venezuela. Ha publicado “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Relatos de un intelectual malogrado” y “En lo alto de un barranco hay un caminito”, libro que reúne cinco relatos, un ensayo y dos conferencias sobre la vida y obra del Libertador Simón Bolívar. Actualmente es asesor en el Congreso de Colombia.

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