El bachiller: el perfecto idiota

¿El bachiller es el perfecto idiota que necesitan los poderosos, para que nadie les alcance?

Saludo a los navegantes del portal Al Poniente desde la Biblioteca Julio Mario Santo Domingo, un bellísimo espacio que le brinda la ciudad de Bogotá a sus ciudadanos, con un conjunto de salas dirigidas a públicos particulares y específicos, como bebeteca, sala infantil, ludoteca, sala general de lectura, sala de internet y multimedia, sonoteca y videoteca.

Me senté a escribir la presente columna revisando varias anotaciones de mi libreta de apuntes que tomé en una conversación con mi amigo Mario Pérez, un personaje acogedor, inteligente e inquieto que, como yo, pasó por el seminario de las vocaciones tardías de la escritura. En dicha conversación anoté varias ideas sobre la educación de nuestros jóvenes, que me sembraron algunas inquietudes sobre las cuales aún no tengo respuestas elaboradas, pero que me dejaron “pensando pensamientos” y conjeturando alternativas. Doy fe de que la mayoría de las ideas expuestas en esta pequeña crónica para el portal Al poniente no son de mi cosecha, sino que surgieron de la conversación en referencia al calor de un “tintico”.

Me planteaba mi interlocutor que no obstante los avances tecnológicos e informáticos, un niño se ve abocado a emprender un camino, que dura unos veinte años, para convertirse en un profesional, y que, sorprendentemente, este ejercicio no ha variado en las últimas cinco o seis décadas.

En los principios de la segunda mitad del siglo XX cuando un niño entraba al colegio disponía de unas pocas herramientas básicas: un lápiz, una caja de colores, una regla, varios cuadernos, y dos o tres libros por curso. Los profesores de las escuelas y colegios dictaban su clase a base de tiza, tablero y un borrador o un trapo, y cuando eran muy proactivos a veces llevaban un recorte de prensa que leían con mucho cuidado en voz alta.

Así mismo en los albores del siglo XX no se conocían ni el televisor, ni la grabadora, y el teléfono y la radio apenas estaba dando sus primeros pasos y balbuceando sus primeras palabras. El desarrollo vial era incipiente, las ciudades eran pequeñas, los medios de transporte apenas se vislumbraban y el mundo no se imaginaba ni el computador, ni el teléfono celular, ni el internet. Esto llevaba a que el conocimiento se transmitiera fundamentalmente en la relación profesor-alumno en un aula de clase.

Los avances tecnológicos no han propiciado, aún, cambios sustanciales en la educación del siglo XXI y las nuevas generaciones se ven obligadas a entrar al mismo sistema educación básica y media, que se convierte en una especie de purgatorio que dura catorce o quince años, (jardín infantil y preescolar, educación básica primaria y secundaria, y educación media), con resultados realmente insípidos: para la sociedad un bachiller no sirve para casi nada. Al recibir su diploma de bachiller el joven no encuentra ninguna opción y casi que es considerado un estorbo, tal vez si le pide el trapo al profesor éste le sirva para limpiar los vidrios de los carros en los semáforos. Y por otro lado, si un joven decide no ingresar al sistema educativo de educación básica y primaria, la sociedad considera que va a ser un “vago”.

Me planteó mi interlocutor, al compás de un “tintico”, una pregunta que no me ha dejado dormir:

¿El bachiller es el perfecto idiota que necesitan los poderosos, para que nadie les alcance?

Entonces, como el bachiller “no sirve para nada” entra a cursar una carrera profesional, que le toma otros cinco años. Al terminarla comienza a vivir otro calvario porque las empresas le dicen que debe trabajar por uno o dos salarios mínimos, porque no tiene experiencia. Este es el mejor de los escenarios, porque la sociedad no está organizada para acoger con generosidad a los nuevos profesionales.

Por lo tanto el camino casi obligado para los nuevos profesionales es el de entrar a cursar un posgrado, porque “hoy un profesional no es bueno para nada” puesto que vivimos en un mundo de especialización y exigencia. Como una maestría toma dos años y un doctorado otros tres, la formación profesional y de posgrados le toma al joven otros diez años de su vida.

Y cuando el nuevo “doctor” lleva su hoja de vida a las empresas, después de dedicar veinticinco años de su vida al estudio, éstas le contestan que desafortunadamente su perfil ha sido calificado como sobredimensionado…

Ahora que el país está pensando en el postconflicto, creo que se debe generar un debate sobre para qué sirve un bachiller. En otro momento podríamos abordar el asunto de la formación profesional y de posgrados.

En el escenario del postconflicto muchos colombianos seguramente entrarán a estudiar su bachillerato con la esperanza de que el estudio les hará caminos para una vida mejor.

Este es un reto para toda la nación, que tiene la oportunidad histórica de reinventar la educación básica y media para la juventud colombiana. Como dice el rector de la Universidad Nacional de Colombia, Ignacio Mantilla Prada, cuando se enfrenta a un problema que no ha sido resuelto, y recordando a Einstein: si queremos resultados diferentes, no podemos seguir haciendo las cosas de la misma manera.

Muchos colombianos tenemos la esperanza de que el ministerio de educación tome la iniciativa y convoque a la sociedad para hacer una verdadera transformación en el bachillerato y así genere nuevas esperanzas para la nación.

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