Duele Venezuela, duele la libertad

     

“Cuesta entender como los venezolanos votan y votan por el régimen chavista una y otra vez… ¿Es que no aprenden?” me decía una amiga hace ya casi 2 años extrañada por los resultados de las elecciones presidenciales en Venezuela donde se proclamó Nicolás Maduro como vencedor frente al candidato opositor Henrique Capriles. Yo tampoco lo entendía en ese entonces, y probablemente nadie entienda este fenómeno social plenamente.   

Hoy en día resulta aún más difícil entender porque todavía la mitad de los venezolanos aclaman a Maduro. Venezuela es hoy un país donde la inflación oficial se ubica en el 68.5% según cifras oficiales y según Caracas Capital Market escala la astronómica cifra del 120%.

Al deshacerse de la clase media, la columna vertebral de toda sociedad, exiliándola del país o expropiando sus negocios, la productividad ha caído abruptamente, haciendo de esta manera que ninguno de los incontables aumentos salariales compense la inflación y permita que los venezolanos recuperen su poder adquisitivo.

En cambio, la clase media ha sido remplazada por los llamados boliburgueses. Una nueva clase media y alta, cuyas ganancias no son resultado de su productividad  sino de su capacidad para captar rentas, las rentas del petróleo, del endeudamiento, de los contribuyentes…la renta de los venezolanos.

La inflación también se ha dado como consecuencia de una política monetaria irresponsable y un desabastecimiento tenaz. Mientras que la tasa de cambio oficial oscila en los 6.30 bolívares por dólar en el mercado negro llega a los 190, y el papel higiénico y los preservativos son bienes de lujo.

Escribiendo estas líneas cabe preguntarse si se podrían publicar en Venezuela. El gobierno ha dejado a los periódicos opositores sin papel, reprimido manifestaciones a punta de escopeta, y perseguido a la oposición tildándola de fascista y enviando a sus hordas de acólitos a lincharla.

Estos sucesos e incontables más son los que ocurren en la Venezuela bolivariana. La situación es tan caótica que ya no resulta un esfuerzo mental criticar el chavismo, el esfuerzo esta en defenderlo; al punto de que sus principales apologistas internacionales como Pablo Iglesias, líder del partido de extrema izquierda español “Podemos”, han preferido tomar distancia del régimen.

Aun así un gran número de venezolanos tolera al régimen, e incluso lo apoya. Tal vez la definición que Ken Follet en su obra El invierno del mundo otorga a los partisanos del partido comunista alemán es igual de apropiada para los acólitos chavistas que también resultaron ser de “esas personas ineptas a las que asusta tanto la vida que prefieren vivir subyugados por una autoridad de hierro y que un gobierno que no admite discusión les diga qué tienen que hacer y pensar. Eran idiotas y peligrosos, pero había muchos…”.

La historia nos ha enseñado que cuando un pueblo sufre muchas penurias bajo un régimen tiende a remplazarlo por uno más radical apoyado por el Lumpen y su partida de matones. Así sucedió en la revolución francesa con el régimen del terror; en Rusia con los bolcheviques; en Alemania con los Nazis; en China con Mao; y posiblemente le ocurrirá a Grecia con Syriza y por segunda vez en España con Podemos –la primera vez fue durante el franquismo-. En todo caso ya le ocurrió a Venezuela.

Muchos venezolanos cansados de las antiguas injusticias de los gobiernos anteriores, una élite apática frente a la inequidad, y un capitalismo de amigotes, nombraron en 1998  al comandante Hugo Chávez. El comandante  sustituyo la injusta persecución a los pobres por una persecución a los ricos y a la clase media, a las élites por su propia Nomenklatura, la inequidad por una igualdad absoluta que suprime la libertad, y el capitalismo de amigotes por un socialismo que destruye la iniciativa privada. El régimen perdura porque el odio no se ha disipado, todavía no.

Mientras tanto a un año de su cautiverio, en una celda minúscula, permanece el líder de la oposición Leopoldo López agobiado no solo por las penurias físicas que causa el aislamiento sino también porque le duele Venezuela, le duele la libertad.

Nota: La ley estatutaria que aprobó Santos apenas resuelve los problemas del sistema de salud colombiano. Nos promete una salud utópica pero no la que podemos financiar. No resuelve en nada el déficit presupuestario del sistema, es más lo empeora, como así lo indican Anif y Fedesarrollo que  estiman que los costos se pueden elevar entre cinco a diez billones de pesos. ¿Cómo se va a financiar? Un misterio. La triste verdad es que sin plata no hay salud. Hablare más de esto en la siguiente columna.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://alponiente.com/wp-content/uploads/2015/01/10347562_10152499484180917_3957509235453210633_n.jpg[/author_image] [author_info]Juan Felipe Vélez T Economista egresado de la Universidad EAFIT. Actualmente es investigador asociado de la Fundación ECSIM. Se desempeñó en el pasado como pasante en el Instituto Cato y en la Asociación Nacional de Empresarios Colombianos (ANDI). [/author_info] [/author]

 

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