Del catafalco a la academia

     

Es difícil pensar en un servicio funerario digno cuando desde el primer momento que se encomienda lo más preciado se encuentran malas e improvisadas prácticas que no sólo afectan al difunto sino, también, ponen en riesgo procesos de duelo, la salud pública e influyen de forma negativa en la construcción de memoria.


Hay famas inmerecidas y ninguneos injustos. Débiles carnes habitamos y efímeras dichas y dolores adornan el corredor del lugar, algunas de estas iluminadas por artificios racionales, otras, simples caprichos del azar y el infortunio. No hay siempre retribución lógica. Existen personajes públicos que suben a la palestra caminando sobre su propio sentido del ridículo mientras visten orgullosos las prendas de la diosa Estulticia. Otros, vilipendiados y apartados, vagan silenciosamente entre las multitudes que vitorean el lamentable espectáculo, y que, aun así, cumplen labores tan determinantes que sin ellas el escenario se caería tabla a tabla. Permítaseme hablar de una de esas que dibujan muecas y crean repelús pero que es indispensable e inevitable: la tanatopraxia.

A pocos les gusta hablar de la muerte y ay de quien la mencione, pues mínimo un par de dedos están ya posados sobre él. Pero nada puede hacer usted ni mucho menos yo, porque el cuerpo caduca, el mío y el suyo, y vaya a saber alguien qué pasará por allá, si es que hay un “allá”. El tanatopraxista (confundido habitualmente con el tanatólogo) es ese oficio inevitable por excelencia, pero lamentablemente mal visto y peor valorado. Urge una reivindicación y dignificación de uno de los trabajos más antiguos, relegado a muchos “nadies” del país.

Primero, cabe resaltar el papel de los muertos en las sociedades. Hay que palpar aquello de lo que estamos hechos, mirar a través de la ventana edificios, carros y parques que no han aparecido de la nada ni han necesitado de nosotros para que estuviesen ahí. Detrás de todo lo que hay, afuera y adentro de uno, hay un entramado de huesos y carnes descompuestas que hicieron que hoy sea lo que hoy es. En palabras del profesor Memo Ánjel: “Quien se ha muerto me hizo posible a mí”. Qué sería de nuestros tiempos si nuestros fallecidos, sus obras y pensamientos, pasaran sin más y su memoria fuese una brisa descuadernada hecha polvo. Los muertos son el fundamento del hoy y nosotros unos herederos que intentamos hacer lo que podemos con lo que nos dejaron. De ahí el mérito de diversas profesiones como la del tanatopraxista, hermano del bibliotecario y el artista, maestro embalsamador de proyectos y desilusiones, hombre primero en cumplir la labor casi divina de mantener vivo a quien fallece.

Queda entonces establecida una bella justificación para una oscurecida labor. No obstante, hay de sociedades a sociedades, y si nos centramos en el ámbito colombiano, país en sempiterno conflicto, es casi incomprensible que la profesión de la tanatopraxia esté aún hoy en gran parte en manos del que, vulgarmente hablando, sea capaz de meterle dos jeringadas de formol a un fallecido. Adicionalmente, se ha constituido en una labor cerrada donde sus conocimientos empíricos sólo son transmitidos a unos pocos y con muy escasas posibilidades de una educación formal que los revaliden. Hablamos, entonces, de varios problemas hasta este punto: Uno que alude a una visión extendida donde el tanatopraxista es un sujeto oscuro y señalado por su quehacer; y un segundo problema que versa sobre la falta de formación de muchos quienes ejercen, agravado por la muy escasa oferta académica. Hablaré brevemente de este último en particular.

Para abordar esto, señalo un antiguo dicho oriental que recupera Alan Watts: “Los zorros tienen madrigueras, y los pájaros del aire tienen nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”. Esto es, en otras palabras, el reconocimiento de una naturaleza aún nómada que, si bien ya no se produce físicamente, corresponde al constante devenir del espíritu humano y, con él, de un constante proceso de formación nunca terminado. Siendo esto así, es impensable la tanatopraxia como cosa ya terminada cuando el mismo tanatopraxista está siempre en reevaluación de su ser y quehacer. La tanatopraxia también necesita de una constante revisión y desarrollo traducido en una producción de conocimientos que aporten nuevas comprensiones sobre múltiples problemáticas existentes en el campo, y a nuevas prácticas que optimicen procesos y sigan humanizando los ritos en torno a la muerte y la construcción de memoria. Pero cómo hacer esto posible cuando la oferta académica en Colombia es casi nula, en tanto se reduce a capacitaciones y ofertas de educación técnica. No podemos seguir esperando que el conocimiento nos llegue de fuera y de unos pocos para otros cuantos cuando por la intensidad y duración de la(s) guerra(s) tenemos profesionales con vasta experiencia y muchísimo conocimiento al respecto, a partir de los cuales podemos empezar a construir nuestros propios paradigmas y dialogar con otros contextos.

Se hace perentorio hacer de la tanatopraxia y las ciencias mortuorias que le sustentan una carrera profesional y darle un espacio en las universidades, pues son ellas el lugar propicio no sólo para la enseñanza abierta sino para la investigación y, con ella, el fomento de una postura crítica. Además, esto podría traducirse en la aparición de un conglomerado de profesionales que en asocio pueden cualificar el quehacer del tanatopraxista y no sólo legitimarlo desde el discurso lejano de biblioteca, sino hacer de esta profesión una comunidad tan bien estructurada y aportante en materia tanto académica como laboral, que esa legitimidad se convierta en un andamiaje legal que exija mejores condiciones laborales y mejores cualificaciones por parte de un personal que trabaja bajo importantes riesgos y con asuntos cruciales tanto para la cultura como para el funcionamiento de la sociedad.

No es de menos, y como refiere el profesor Luis Alfonso Velásquez, si es una respetadísima persona la primera quien nos recibe en el mundo, que sea de igual talante y dignidad quien nos devuelva a la tierra y, en un proceso casi alquímico, convierta la materia decadente en memoria floreciente. Es difícil pensar en un servicio funerario digno cuando desde el primer momento que se encomienda lo más preciado se encuentran malas e improvisadas prácticas que no sólo afectan al difunto sino, también, ponen en riesgo procesos de duelo, la salud pública e influyen de forma negativa en la construcción de memoria.

 

About the author

Juan Fernando Gallego Barbier

Soy una persona abierta al conocimiento teórico y práctico, interesada en el aprendizaje y atenta ante las obligaciones. Estudiante de segundo semestre de Tanatopraxia en el CENSA y de Filosofía en la Universidad de Antioquia. Profundamente interesado en la ritualidad funeraria, ante todo a través de las prácticas que dignifican la muerte y apoyan al doliente en su proceso de duelo. Por tanto, y en línea con el aprender a morir y la buena muerte, también con una gran preocupación por las prácticas que lleven a un buen vivir individual y social, y no a un mero sobre-vivir, carente de dignidad y libertad. Por todo lo anterior, mis temas de interés se sitúan en torno a problemas de ética personal y ciudadana (prácticamente inseparables), política, y particularmente literatura y arte como expresiones de entrañables verdades humanas.

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