Cultura

Déjame que llore y te recuerde…

(Yuyo verde, un tango que de pronto nos llenó de conmociones)

Con los años, se comienza a entender y a querer esos poemas que, con una música bien sonada y melodía atrayente, ruedan por el asfalto, aceleran el corazón y nos hacen devolver en el tiempo, ese intangible jamás recuperado; piezas que con solo evocarlas un instante nos retuercen el alma. Y pasa, me parece, con el tango. En particular con algunos, nada facilistas, que escuchados desde tiempos inmemoriales, sí, cuando nada nos decían, o quizá apenas nos sugerían una imagen confusa, nos hacían bajar las nubes hasta los ojos y soltar, sin saberse por qué, una incomprensible lágrima.

Siempre me pasó, y todavía, con Yuyo verde. Lo escuchaba en lejanías, en esquinas borrosas, cuando brotaba de aquellos fascinadores aparatos, con luces fosforescentes, formas redondeadas, coloridas, que eran la seducción de ebrios de mesa de cantina. Los pianos (así llamaron en Antioquia a las rocolas, gramolas o traganíqueles) eran los reyes de aquellos espacios ruidosos, de sociabilidades y despechos, con olores de orín y cerveza, en que, de pronto, y de vez en cuando, rodaban mesas y se armaban broncas.

Y digo que se escuchaba aquel tango y tantos otros, con palabras que para uno, apenas en los inicios de la intranquilizante adolescencia, ni entendía. Ni sus historias ni ciertas frases y vocablos, no solo porque eran parte de un dialecto urbano de Buenos Aires y Montevideo, y que a algunas de esas palabras nosotros las fuimos adaptando a las necesidades significativas del barrio, de la calle, como una manera de pintarlas con nuestras sensaciones e interpretaciones del mundo.

Yuyo verde. Tango (1944)

Qué era aquello de yuyo, sí, yuyo verde, y lo asimilábamos de pronto a aquellas malezas que crecían entre ladrillos, en las junturas de las aceras con las paredes, y que a veces algunas señoras las arrancaban para hacer bebidas medicinales y otras pócimas. En cualquier forma, aquel tango, que luego supe lo escribieron Homero Expósito y Domingo Federico, letra y música, grabado por vez primera en 1944, se nos esparcía por la barriada y a uno le iban quedando huellas, un rastro, unas armonías y una tristeza incomprendida y sin causa aparente.

“Callejón…callejón…lejano…lejano” y entonces, como no había aún espacios ni cerebrales, ni estomacales, ni cardíacos que pudieran albergar una nostalgia, un recuerdo, algún dolor existencial, el callejón pasaba de largo, o, de manera menos dramática, no era más que una imagen de paso. Porque uno ya había visto y hasta sentido callejones, como los del barrio Mesa, o como una calle ciega, entonces de altas peligrosidades que, tal vez por la edad, uno no temía, o era indiferente, porque parecía todo tan natural: cuchilleros, ventas de marihuana, redadas, guapos, en fin, y era la Calle del Talego, que alcanzó a ser legendaria en Bello, pero no más.

Sin embargo, aquel tango todavía no nos despertaba ninguna melancolía. “Íbamos perdidos de la mano, / Bajo un cielo de verano, / Soñando en vano…”. Papá, no recuerdo en qué circunstancias, me dijo una vez: “cuando tengas recuerdos te gustará el tango”. Y lo decía él, un hombre con todos los vientos del Caribe en sus ancestros, con las amuralladas nostalgias de Cartagena de Indias, donde nació.  “Un farol, un portón, / —igual que en un tango—…”, y a veces, no sé si sea asunto razonable, me parece escuchar a papá con sus relatos sobre los faroles de las callecitas plenas de historia de su ciudad nativa.

Hay tangos que uno va queriendo más que otros, aunque no sean de los más selectos en su construcción poética y musical. Este de Yuyo verde seguro se nos esfumó durante un tiempo, los tiempos de otras músicas, las juveniles, las de otros mapas, y de pronto, pasados los años, tornó con una inmensa certidumbre de que siempre había estado ahí, guardado para otros días. Y entonces fue el momento de las revelaciones, de lo inesperado. Al escucharlo con atención antes no prodigada, comenzaron a despertarse fibras ocultas y supimos que esas músicas se agazapan, se esconden en los tejidos, se quedan en el cerebro y el corazón (en el hígado, no) y vuelven para estremecernos.

“Y los dos perdidos de la mano, / Bajo el cielo de verano / Que partió”. Y ahí, cuando el protagonista del drama dice que hay que llorar crudamente con el llanto viejo del adiós, vos no podés hacerte el tonto, ni disimular las ganas de llorar a dúo, con aquel que no puede más con su dolor de ausencias. “En donde el callejón se pierde / Brotó ese yuyo verde / Del perdón”.

Ese tango, que al principio pasó de largo cuando estábamos más interesados en el fútbol callejero, en las muchachas de los balcones, en las caminatas suburbanas, vuelve y nos revuelve la recordadera. Y nos pone en una situación de lutos por lo ido, por lo inevitable. Y nos trae imágenes de romances de barrio, de amores truncos, de desdichas que el tiempo no pudo borrar. Homero Expósito, un poeta que en ocasiones utilizó oníricas imágenes, paisajes surreales, como ensoñaciones (escúchese Naranjo en flor o Trenzas, por ejemplo; claro, hay muchos más), en este tango concentró otros atributos y animosidades. La tristeza infinita por alguien que no estará más, al menos en lo físico.

“Déjame que llore crudamente / con el llanto viejo del adiós…”. No me digan lo contrario. En este punto ya tenés, mínimo, un lagrimón inquieto, asomándose al mundo de lo triste y lo bello. Que aumenta de calibre y sentimentalidad cuando el cantor (tantas buenas versiones hay de este tangazo) se interna por los campos desolados de la muerte: “Déjame que llore y te recuerde / —trenzas que me anudan al portón—, / de tu país ya no se vuelve / ni con el yuyo verde / del perdón…”.

Y pensar que en otros tiempos ni nos tocaba. Seguíamos de largo ante la sentida pintura de un drama interior, de un desgajamiento y de un desgarramiento. Qué nos importaba. Hasta cuando no solo por tener recuerdos sino por el cultivo de otras sensibilidades, nos acercamos a Yuyo verde y su poética en la que se descubren adioses y desamparos.

¿Dónde estás, dónde estás,

adónde te has ido?…

¿Dónde están las plumas de mi nido,

la emoción de haber vivido

y aquel cariño?…

Un farol, un portón

—igual que en un tango—

y este llanto mío entre mis manos

y ese cielo de verano

que partió.

No hay remedio. Es un tango hecho para el llanto interior. O, digamos, para los adioses más que para las bienvenidas.

Posdata. Escribí esta nota tras ver la vieja película Funes, un gran amor (1993), de Raúl de la Torre, basada en el cuento “Háblenme de Funes”, de Humberto Costantini. Una impecable interpretación de Yuyo verde hace en el filme el cantante Jairo.

Escrito en Medellín el 13 de julio de 2021

 

Esto fue escrito por

Reinaldo Spitaletta

Bello, Antioquia. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia y egresado de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello.

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