Cultura Selección del editor

De los viajeros románticos y las crisis existenciales

Caspar David Friedrich - 1818

Y es que, ¿a quién no le ha sucedido que, en un viaje, empiezan a cuestionarse sus propias raíces, sus sueños, lo pequeños que son en el planeta, sus trabajos y sus vidas?

Pensamos que las ansias de viajar son algo propio de la generación actual, de los millenials. Les atribuimos el estilo de vida “nómada”, acompañándolo del calificativo “digital”, como si fuera una validación que indicara cierta estabilidad laboral o conexión con el mundo. Claro, el reciente desarrollo de medios de transporte y plataformas digitales ha facilitado desplazarse de un sitio a otro, viajar, aventurarse. Por eso en la actualidad se nota una pasión generalizada por esta actividad. Pero lo cierto es que este nomadismo, o errancia si se quiere, es un fenómeno de hace siglos, pues el ser humano siempre ha buscado movimiento.

Y, aunque ahora es más fácil, no significa que antes fuera algo menos común. Guiado por la necesidad, la curiosidad, las oportunidades, o simplemente por un dinamismo innato, el ser humano históricamente ha buscado nuevos porvenires. Desde tiempos remotos han existido personajes notables y civilizaciones que pasaron a la historia por sus viajes: Marco Polo, los vikingos, los flamencos y los venecianos, Cristóbal Colón… La historia ha sido testigo de las miles de rutas que se han trazado sobre los territorios del planeta, comunicando países, regiones y continentes enteros. Cruzando selvas, ríos, desiertos y océanos, los seres humanos han trasladado sus cuerpos y sus almas a mundos enteramente nuevos.

Sin embargo, el concepto de viaje, por placer, no se consolidó sino hasta finales del siglo XVIII. Con la Ilustración, en Europa se extendió la idea de la racionalidad del hombre. Y esta idea, junto a varios descubrimientos a los que se sumaban las colonias alrededor del mundo, fomentó en los hombres un sentimiento generalizado de pequeñez e insignificancia, de que no eran nada frente al inmenso mundo. Esa visión racional resultaba retadora para los hombres de la época. Los incitaba a explorar y analizar el mundo, casi como un desafío.

Un poco más tarde surgió el Romanticismo, un movimiento literario y artístico que dio forma al concepto de viaje. El geógrafo Yi-Fu Tuan denomina a los viajeros y exploradores que se aventuraron a nuevos destinos en el siglo XIX como “viajeros románticos”. No precisamente por sus sentimientos y situación amorosa, sino porque sus experiencias estaban alineadas con los principios de este movimiento. Estos viajeros eran hombres europeos que buscaban salir de lo conocido y de lo cotidiano, e incluso salir de sí mismos.

El principio más importante, que inspiró una búsqueda similar a la de los colonizadores americanos con “el Dorado”, fue el de lo “sublime”. Lo sublime era algo abstracto, no era un objeto en sí. Más bien hacía referencia a algo que fuera bello, extraordinario, que impresionara y causara algún tipo de emoción en quien lo experimentara. Pero a su vez aludía a lo sumamente grande, a lo inmenso, y a lo siniestro. Podía causar muchas sensaciones, incluso las más opuestas, como placer y dolor, al mismo tiempo. También se buscaba ese “algo” sublime que lograra que el viajero experimentara una sensación trascendental. Y sólo se podía encontrar esto en el más allá físico, en tierras lejanas y asombrosas que permitieran al viajero salir de lo cotidiano, de lo conocido, y de lo civilizado (en su concepción).

Lo que estos hombres, en su mayoría ilustrados y cultivados en temas como la filosofía, la historia, la botánica, las ciencias, y muchos otros, perseguían era una experiencia íntima. No tanto consigo mismos, sino con el paisaje. Íntima en el sentido de experimentar una conexión entre la naturaleza indómita, lo extraño y ellos mismos. No es casualidad que se aventuraran a destinos considerados “salvajes”, como eran en ese tiempo las tierras americanas y africanas. O incluso a territorios de grandes civilizaciones pasadas que, según ellos, ahora solo guardaban una herencia decandente, pero emanaban un sentimiento de nostalgia de lo grandioso. También hubo un interés incrementado en el Medio Oriente y en las culturas islámicas, que el artista francés, Eugène Delacroix, logró capturar en sus pinturas y cuadernos de dibujo.

De hecho, algunos de estos hombres buscaban destinos más cercanos y accesibles, pero que cumplieran con esas características, y eso llevó a la popularización de España como un sitio turístico al que llegaban muchísimos viajeros. Especialmente la región de Andalucía al sur de España, antiguamente dominada por los musulmanes por más de ocho siglos, acogió a viajeros que luego convertirían sus diaros y escritos en grandes publicaciones. Un gran ejemplo, y recomendación personal, son los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, que vivió un tiempo en las ruinas del palacio abandodado que otrora había sido esplendoroso.En resumidas cuentas, se interesaron por “lo otro”, o mejor dicho, por “el otro”: ese sujeto diferente a ellos, extraño, atrasado, que no había sido civilizado y no conocía todavía los beneficios del desarrollo y el progeso europeos.

En esa empresa de perseguir lo sublime, lo viajeros se enfrentaban a miles de aventuras, obstáculos y peligros. Pero también se enfrentaban a ellos mismos. A su propio caos, a sentir que estaban frente a un abismo pertenentemente. En fin, se topaban con lo siniestro que había en el interior de sus mentes y de sus almas. Y es que, ¿a quién no le ha sucedido que, en un viaje, empiezan a cuestionarse sus propias raíces, sus sueños, lo pequeños que son en el planeta, sus trabajos y sus vidas? Esas, y miles cuestiones existenciales más nos acompañan incluso en la actualidad cuando salimos de un entorno conocido, de lo que se suele llamar zona de confort.

Y, aunque esas crisis existenciales nos aborden en algún tipo de viaje, al mismo tiempo disfrutamos del paisaje, de la comida, de las experiencias, de los sitios turísticos y de las diferentes culturas a las que nos enfrentamos. O bueno, al menos yo lo hago, y logro convivir con ese sentimiento existencialista de dolor, al mismo tiempo sintiendo el placer incomparable que me produce viajar.

Esa es la maravilla de los viajes: son una experiencia trascendental en la que nos encontramos con nosotros mismos, así los hagamos para huir de nosotros. Los viajeros románticos dejaron un legado importante en lo que sería la literatura romántica y, no menos importante, la actividad del turismo hasta la actualidad.