De la carencia y las luces

Me acecha un escrito navideño, mi angustia busca las palabras para abandonarse en el relato, quizá un cálido cuento fraterno o una opinión sobre el frenesí que evoca estas épocas para el mercado. Nada que agregar, aquél 2001 se agotó mi ilusión por las cenas familiares y los regalos.

La congoja que me abraza en estas notas me recuerda una carta en el árbol de ese año, que desde entonces se multiplicaría por el resto de mis días, y hasta ahora, por el anhelo de los milagros. Encandila mi alma la fe de una niña que en su inocencia comprende lo magnífico del asombro y la imaginación como el don de creer en lo de nosotros, que es ahí donde creamos. Mi educación católica me aguarda silenciosa acariciando los suplicios que redime, atraviesa la nostalgia con el significante nacimiento, dispone a mi mirada agotada la luz del amor, la abnegación y la bondad después del llanto, despoja en el ritual este sufrimiento encantado y en letras encriptado.

Inicia la novena de aguinaldos, ya casi son las vísperas de noche buena y mis conclusiones del 2021 redactadas en un apenas empezado diario: año turbulento que, con vástagos de gratitud, está terminando. La soledad íntima es un pesebre, sórdido corazón en su ignorancia comprende; al respirar, es mi testimonio de vida que se basta de asumir las bendiciones subvaloradas de lo cotidiano. Dos décadas para cultivar sobre el daño la templanza, más quebré con el mundo, pero mi arrepentimiento restaura con prudencia; camino escondida entre las sombras a compartir el pan que a otros les falta, quién iba a narrar que para estas fechas una desea es volver a embriagarse de esperanza.

La pólvora que me causaba pavor degradó con la guerra, morbo en su riesgo, algo en mí como adulta su gusto aclama. Me pregunto si como yo, tantos al quemarla, en otro tiempo también sus sueños les explotaban como perturbadores ruidos en la cara. Me conmueve pensar en quienes asustan los estruendos porque pueden temer de perversas hazañas, no obstante, no evita que a su paso hallen estallidos que la conciencia manchan. La pirotecnia danzando con la noche es un cántico a la magia, la belleza que nos habita pese al dolor y nuestra voluntad que por humana se equivoca, que por humana hace la contrición de su horror ante manifestaciones sacras.

Celebraciones que superan conmemoraciones están sobreestimadas, las ausencias se agudizan y hacen coro con la muerte, en su oda yace catarsis mi mente que tras sumergirme en la impenetrable oscuridad le ansiaba, he resistido espacios para la memoria incandescente donde perviven siempre quienes amamos y nos aman. Tenue claridad en el cariño la existencia nos reclama. En mi anulada presencia comparto presentes irrumpiendo la distancia, esperando ser cuando definitivamente me vaya; mi tristeza es egoísta, aunque adorné el espacio con destellos alegres porque la afable emoción que la contrarresta no tengo otra forma asertiva de expresarla.

Lágrimas besan mis mejillas y una sonrisa mi fuerza engalana, llegué hasta el comedor a ver las sillas vacías y a terminar las postales que aún pueden ser entregadas. Qué mejor que un buen plato de natilla con buñuelos para olvidar el sinsabor de las expectativas por el reloj devoradas, para festejar que hoy estamos en ese mañana y que, como el calendario, nuestra realidad otra vez puede ser cambiada.

La estrella brilla en el horizonte de la utopía…

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María Mercedes Frank

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