Opinión Selección del editor

De callejones más oscuros y más de noche hemos salido, para salir de este se necesita el liderazgo presidencial

“…nunca se debe dejar persistir un desorden por evitar una guerra, porque esta no se evita, sino que se difiere con mayor desventaja”

(Maquiavelo, El Príncipe, Capítulo III)

El gobierno no se va a caer, pues lo que está ocurriendo es un motín vandálico y no una revolución. Para que un motín se transforme en una revolución se necesitan dos cosas: que las fuerzas armadas se desintegren y que una vanguardia política organizada se ponga al frente de los amotinados y oriente sus acciones dispersas hacia el objetivo de tomarse el poder. Ni lo uno ni lo otro está sucediendo.

La policía ha respondido al reto, ha estado a la altura de las circunstancias y mantiene alta la moral. La acción de la policía y en especial del ESMAD ha sido hasta ahora suficiente para controlar poco a poco los desmanes que, por otra parte, los más graves, han quedado localizados en Cali y Popayán. El Ejército está intacto, no ha tenido que emplearse a fondo. No ha sido necesario declarar el estado de conmoción interior. Los bloqueos se están levantado poco a poco, tanto por la acción de la fuerza pública como por voluntad de los bloqueadores, ante el rechazo creciente que sus acciones suscitan en la ciudadanía. Hay policía y ejército para rato.

El paro es convocado por tres organizaciones sindicales de tercer grado – CGT, CUT, CTC – que, en conjunto, tienen aproximadamente 1.400.000 afiliados, menos del 2% de la población. La parte más activa en las manifestaciones, usualmente violentas, la protagonizan comandos con entrenamiento en guerrilla urbana, militantes de extrema izquierda, lumpen de las barriadas, maestros de FECODE, funcionarios públicos y, como carne de cañón, estudiantes universitarios, tan apasionados como ignorantes. Aunque los partidos de la izquierda con representación en el Congreso – Colombia Humana, Partido Verde, Polo Democrático, Comunes-Farc, etc. – han querido capitalizar las protestas, ninguno de sus dirigentes ha tendido el valor de abandonar la comodidad de sus hogares para ponerse al frente del movimiento en las calles y barricadas. Parece que todavía no es posible hacer una revolución a punta de twitter y el movimiento, escasamente representativo, carece de un liderazgo político insurreccional sin el cual se desvanece toda posibilidad de amenaza real al gobierno constitucional.

La amplitud y violencia del movimiento cogió por sorpresa a todo mundo. Al Gobierno, en primer lugar, cuya incorrecta lectura de la situación social del País lo llevó a presentar un proyecto de reforma tributaria que, afectando los intereses de todo el mundo, se convirtió en detonante y combustible de lo que pudo convertirse en una insurrección. También han quedado sorprendidas las organizaciones convocantes del paro cuyos dirigentes más sensatos a estas alturas deben estar preguntándose: ¿qué hago con este fusil?  En fin, sorprendidos deben estar los dirigentes de la izquierda legal e ilegal quienes, soñado siempre las masas en las calles, se acobardaron cuando había que salir a liderarlas para transformar el motín en una verdadera insurrección.

A las Fuerzas Armadas son las únicas a las que no tomó de sorpresa el movimiento. Como es su deber, han respondido a las órdenes de la autoridad civil. Si en ocasiones su presencia no ha sido oportuna o su accionar contundente, ello se debe las limitaciones que les imponen las autoridades civiles y los códigos de conducta a los que deben someterse.

En estos momentos el liderazgo del presidente es fundamental, no para conjurar una revolución que no se dará sino para restaurar prontamente el orden público y evitar así más sufrimiento a población y el mayor deterioro de la economía. Es necesario levantar prontamente todos los bloqueos y conjurar el terrorismo urbano, mediante el empleo de una fuerza abrumadora.

El presidente debe asumir con determinación su rol de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas y hacerse responsable de sus actuaciones, explicarlas claramente a la sociedad y defenderlas ante la comunidad internacional, sin temor a las críticas de organismos infiltrados o influenciados por la izquierda o, en el mejor de los casos, mal informados.