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Hoy cumplo años. Y lo hago justo en la semana en que Colombia comenzó a escribir un nuevo capítulo de su historia, con la posesión de Abelardo de la Espriella como Presidente de la República. No es casualidad que estas dos fechas se crucen en mi calendario: cada año que sumo me recuerda que el tiempo no se detiene, que las oportunidades para transformar lo que amamos (nuestra familia, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país) tienen una ventana que se abre y se cierra, y que la única forma de honrarla es actuar.
Crecí creyendo que el servicio público no es un título ni un cargo, sino una vocación que se ejerce todos los días, en las cosas pequeñas y en las grandes. Por eso, cuando veo a un país entero renovando su rumbo, no puedo evitar mirar hacia Itagüí y preguntarme: ¿qué estamos dispuestos a renovar nosotros? El nuevo gobierno nacional de Abelardo de la Espriella, trae consigo la promesa de un aire distinto para el país, pero las verdaderas transformaciones las que se sienten en el bolsillo, en la seguridad de un barrio, en la educación de un hijo, se construyen desde el territorio, desde lo local, desde la cercanía con la gente.
Este cumpleaños lo vivo con una certeza que no tenía hace algunos años: que el liderazgo no se mide por la cantidad de veces que uno ha estado en la contienda, sino por la constancia con la que uno insiste en las causas justas. He recorrido este camino más de una vez, y cada intento me ha enseñado algo que no se aprende en los libros; que Itagüí necesita una alcaldía que gobierne con los pies en la calle y no solo desde un escritorio; que necesita un liderazgo que escuche antes de decidir; que necesita, sobre todo, honestidad para admitir lo que falta por hacer y para decidir una inversión eficiente y eficaz que produzca oportunamente los resultados que los itaguiseños esperan.
El cambio de gobierno que vive el país esta semana debe ser, para quienes creemos en la política como herramienta de servicio, una invitación a la esperanza responsable. No la esperanza ingenua que promete todo y no cumple nada, sino la esperanza que se construye con trabajo, con equipo, con propuestas concretas y con la humildad de saber que gobernar bien es un ejercicio colectivo. Seguimos construyendo las bases de un proyecto para Itagüí que no dependa de coyunturas nacionales, pero que sí se nutre de este momento, un país que decidió darle una oportunidad a un rumbo distinto también nos recuerda que en lo local tenemos la misma capacidad de decidir un futuro diferente.
Hoy, mientras soplo las velas, Pido también que Itagüí en el 2027 tenga el coraje de elegir el liderazgo que la ponga como la primera de las ciudades intermedias de Colombia. Y me comprometo, una vez más, a seguir trabajando para que ese día llegue.














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