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Cuestión de nombre

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Jorge Luis Borges.

 

Nombres hay de todo tipo y estilo: Largos, cortos, extraños e impronunciables. Los hay mal escritos (y notarios muy hideputas), los que parecen apellidos y apellidos con nombre. Los hay comunes, importados, traducidos y reinventados. Para todos los gustos y para todos los padres.

Tal vez sea cierto eso de que el nombre nos nombra, que la escogencia de esos signos lingüísticos nos funge y puede incluso determinarnos. Sé de algunos nombres que auguran riqueza, poder, honor o gloria. La fonética juega un papel fundamental. Cuando uno escucha León de Greiff, siente cierta suspicacia. Ha de ser el nombre; evocación del animal más emblemático de la selva (en verdad oriundo de la sabana), o su apellido, que da esa tranquilidad de no ser un indio cualquiera, de compartir por algún lado linaje europeo (no importa cuál). Y en el fondo, uno hasta se regocija al saber que el tipo escribió en español.

Los hijos del Norte, de familias que encallan en el Sur, guardan cierto aval de condena al éxito. No menosprecio su talento ni sus virtudes, más bien me encauso a la curiosidad por los que lo gozan: Cerati, Onetti y Mundstock son apenas un par de ejemplos. Algo similar sucede con Cortázar, cuyo nombre es el mismo del emperador romano, y su apellido es proveniente del pueblo vasco. Lo de Borges no hace falta ni explicarlo, pero quien sí causa bastante intriga es el de Galeano (aunque también lo es el de lozano,  Tufano, Solano, Quijano… De pronto lo que causa esa intriga sea el ano) cuyo apellido se adapta mejor en el Sur, aunque sea de origen irlandés.

Claro que este país también ha sacado sus frutos, oriundos paisanos que no provienen del extranjero sino de este aborigen platanal. Más hijos del frijol que de Dios. Seres que forjaron su propio éxito y de vez en cuando son mentados en uno que otro garito, en la antesala de un teatro o en el Salón Málaga. Nombres que no tenían nada que perder y por eso triunfaron. Por ejemplo, cuando uno piensa en Gonzalo Arango no se le ocurre un peor nombre para una conmemoración, carece de ese no sé qué que si tiene el Miguel de Cervantes o Rómulo Gallegos, no es Alfred Nobel, cuya melodía está en su apellido, que exige ese movimiento cuasi libidinoso con la lengua, un apellido que exige de la lengua pegarse al paladar y luego descender a la L. No, Gonzalito triunfa por ser el máximo exponente del nadaísmo, caer en cuenta de eso es liberarse de la repulsión fonética (de la N con la G, que mal pronunciada puede hacernos atragantar) y el sentido vuelve a recobrarse, porque no lo tiene. Pero no todos los nadaístas corrieron con tal suerte. Jaime Jaramillo Escobar, más que nombre de poeta da la impresión de ser miembro ejecutivo del GEA, y asumo que el escritor era consciente de esa abominación. De allí que antes que la placa del éxito empresarial usara el seudónimo “X-504: el poeta con placa de carro”.

Algo similar ocurre con Miguel Ángel Osorio Benítez, más conocido como Porfirio Barba Jacob. Nombre por demás extraño, causante de confusiones en mi niñez al hacerme creer que su nombre aludía al de un pirata durante el periodo de la independencia. La desilusión vino luego y no por ser, en palabras de F. Vallejo un “antiguo soldado conservador, el ex maestro de escuela, el poeta, el invertido, el corrompido, el mariguano” sino por la incongruencia de ese segundo nombre pegado a la cara del hombre más imberbe que he visto en mi vida.

Lo cierto es, que existen ciertos nombres y apellidos que han sido ya inmortalizados y que los que nacen después deben cargar con la sombra de esa grandeza sin siquiera acercarse. Claro que hay excepciones, como Cleopatra VII, quien para la sociedad en general es la verdadera y única, por lo general no es así. Como Jesús no ha habido un segundo mesías y como Michael Jordan tampoco hay dos. Dígame usted algún Carrasquilla que no sea Tomás o algún Jattin que sea más mendigo o más poeta.

Hace un par de años, bien recuerdo, me invitaron a una conferencia de Pablo Montoya en la biblioteca de la universidad, y yo, el fanático que en sus años de niñez puso alarmas para verlo correr en la F1, lo esperó. La sorpresa llegó cuando a la tarima subió un tipo sin duda mucho más alto y menos corpulento. La confusión me causo gracia, la pregunta que tenía guardada en el bolsillo de “¿cómo fue competir contra Michael Schumacher?” ya no venía al caso. Sin embargo, tal desencuentro me permitió acceder a uno de los autores más reveladores de mi existencia, ese será siempre un agradecimiento que le debo al azar y a la vida, que en ultimas es lo mismo. Pero no deja uno de preguntarse, sobre todo en aquellas tardes donde las grandes preguntas no tienen cabida, si, al igual que yo otros tantos no se habrán confundido. Más aún, si el mismo escritor, ganador de distinguidos premios de literatura, no habrá sentido congoja alguna vez al poner su nombre en el buscador de Google y ver que otro ya le ganó esa carrera.

Es por eso que uno debe tener cuidado a la hora de escoger nombres, saber que no todos están disponibles, que unos cuantos han quedado sellados. Este es un consejo que las personas deberían tener en cuenta. Claro que hay ingenuos que creen que poniéndole a su hijo el nombre de algún famoso éste podrá correr con la misma suerte. No se percatan del desastre cometido, ni siquiera se dan cuenta de la desgracia que ponen sobre los hombros de estas inocentes e indefensas criaturas. Si las posibilidades de realizar un Ph. D en Colombia de por sí son bajas, ahora imaginar a alguien cuyo nombre hace parte de ese listado que asimilamos a delincuentes o barristas, como un Brayan David, o Yeferson Pitt, sin duda lo es más. Supongo que el nombre suele jugar un papel fundamental en nuestra sociedad por las razones equivocadas, y que muchos estragos sociales son causantes por la división que hacemos sobre la estratificación en el país. Así, el nombre se presenta como una barrera para alcanzar ciertos sueños. Aunque, para ser honestos dicha barrera lo es también para quien es mujer, anciano, niña, joven, estudiante, campesino, gay, trabajador, mariguanero, prostituta, músico, intelectual, líder social y otro sin fin de oficios e identidades… como si ser colombiano fuese una barrera en sí misma frente a la realización de cualquier proyecto de vida.

Por otro lado, hay quienes corren con ciertas ventajas al entrar al juego de la vida, personas que no requieren ni del mérito para vivir con “honor”. Recuerdo la aplastante derrota que sufrí en aquella contienda electoral. Por aquel entonces no estaba muy al tanto de las dinámicas del poder, no sabía que Mejía podía ganarle a Pérez de forma tan desprolija. Tanto tiempo me pregunté como obtuve un único voto (el mío) habiendo preparado con tanto esmero las propuestas al salón, mientras que aquel otro se había comprometido a seguir siendo el mismo bacán y a interceder en lo que fuera saliendo al paso porque “la vida era impredecible y no valía la pena preparar”. Sí, es verdad, perdí contra un sofista, pero ya no viene al caso retomar ese dolor.

Lo que si no deja de sorprenderme es la fortuna que gozan algunos no virtuosos al nacer en cuna de oro. Basta verlos con la naturalidad con la que hacen y dicen estupideces y quedan impunes o hasta premiados. De tantos políticos que se dan la oportunidad de no pensar y aun así hablar con total tranquilidad por la radio, en vivo y en directo.

Nombres y nombres. De los que pican en la lengua, de los que dejan escozor al ser pronunciados, de los que es mejor no nombrar. De los que no deja uno de sentir cierta extrañeza al pronunciarlos, como si se tratara de algo que no encaja, con los que uno simplemente no se familiariza… de esos nombres que por más que uno busque y rebusque no comprende como lograron o pudieron estar donde están, como el de Iván Duque.

Y hay nombres que uno no puede dejar de nombrar porque si lo hace se olvidan, los esconde la tierra y se los lleva el polvo. Nombres que de repente dejaron de tener cuerpo y nadie los ha encontrado, de los que nadie responde, nombres que debemos representar porque su existencia merece más que ser simple archivo en esa base de datos cargada de fantasmas. Y nombres que se imponen a la paradoja de sus nombres, como el de Luis Eduardo Guerra, quien cansado de tantas muertes, fuegos cruzados, jóvenes borrados por la noche y mujeres violadas a merced de mercenarios decidió fundar junto con los suyos la comunidad de paz de San José de Apartadó, y desde allí defendió la vida, hasta el día que lo mataron.

Esto fue escrito por

Andrés Felipe Pérez Tamayo

Estudiante de Ciencias Políticas (UPB). Ya no hay grandes descripciones de mi persona. A veces escribo. Ex cuerpo de paz. Aún queda algo por hacer

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