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Cuando nos matan los sueños ¿Por qué en Colombia no se escribe literatura de fantasía?

Responder a la pregunta de por qué en Colombia no se escribe literatura de fantasía o ciencia ficción nos lleva a conclusiones preocupantes de lo que somos como país, por eso escribí esta columna que no es más que una patada de rabia dirigida contra Colombia con la esperanza de tal vez, con la punta del pie, llegar a darle en las güevas.


En mis escasos encuentros con gente culta, que ha leído y que, por consiguiente, sabe de literatura, he escuchado, en no pocas oportunidades, la misma opinión en forma de queja, reclamo o simple apreciación: En Colombia no escribimos ni ficción, ni fantasía, sino puro realismo. No puedo quitarles la razón puesto que no soy tan culto, no he leído tanto y, por consiguiente, no sé tanto de literatura. Sin embargo, nada puede impedirme alimentar mi curiosidad y comenzar a explorar la veracidad y las causas de esta afirmación tan determinante.

Si bien sí existen textos de fantasía y ciencia ficción como obra de autores colombianos, especialmente en el campo del cuento, uno no puede pretender hacer oasis con una sola gota de agua, porque aquello que verdaderamente representa la literatura colombiana son los relatos de su realidad, de su confusa historia que se escribe y se reescribe cada tanto y nunca se concreta porque siempre está en un vertiginoso movimiento que no da espacio a la calma, que es la que permite detenerse a soñar con lo que hay más allá de las estrellas o en universos paralelos y mágicos.

¿Entonces qué queda? Mirar al frente porque uno no puede levantar la cabeza al cielo si por ahí es por donde pasan silbando las balas rasantes. Por eso y teniendo de presente que solo se puede escribir sobre lo que se conoce y que para escribir fantasía hay que fantasear, ergo, hay que soñar, uno llega al punto de la llaga desde dónde se entiende por qué en Colombia casi no escribimos fantasía y es que cómo va uno a soñar en este país de carencias y decadencias, que de tanto vivir al día no tiene mañana y que de tanta sangre y tanta bala se llenó de asesinos que nos matan hasta los sueños.

Entonces le toca a uno escribir sobre eso, lo que hay, lo que se ve y se siente. Toca escribir sobre lo absurdo de la gente que habita este sitio, de las montañas, los paisajes, de lo incomprensible que hay en ser colombiano y que hasta parece ficción, aunque no lo sea. Afuera no nos creen lo que aquí pasa, para ellos es fantasía, pura imaginación indígena, y por eso, a nuestro realismo lo llaman mágico, pues es mágico ver al narco en televisión y no en la esquina de mi cuadra. Todo parece inventado, como hecho en un set de entretenimiento para enfermos, así es como se ve mágico el frío asesinato que aparece en las series, los libros y las películas, pero que para nosotros es la realidad que nos permea todo lo que somos ¿cómo va uno entonces a escribir sobre otra cosa que no sea este realismo que parece ficción?

No es de extrañar entonces que tengamos en esta esquina del mundo una literatura propia y que no pueda llamarse de otro modo que “literatura de la violencia”; aquella que habla del bipartidismo, el desalojo de pueblos, el corte corbata, los cuerpos por los ríos, los sicarios pájaros chulavitas y los cachiporros asesinos. En medio de este desfile de los horrores, de dónde saca uno fuerzas y ganas para soñar, abstraerse e inflar la mente con hechizos para volar hasta lo alto de las nubes, pero qué va a inflarse un pobre pueblo que no tiene para comer, y, de cualquier manera, que miedo salir volando inflado hacia los cielos, aquí se lo bajan, lo desinflan a tiros de envidia o de plomo, lo que se encuentren primero. Aquí, solo se puede salir volando de una explosión o en un avión rumbo al exilio, donde, de todos modos, a uno no le van a creer las cosas que aquí pasan.

Por eso antes de irme, yo escribo columnas para quejarme y sacar la ponzoña de la indignación que me arde en las entrañas antes de que me envenene el corazón y procedo a escribir mis verdades tal y como las veo en lo que queda del campo de mis montañas y en las esquinas de mi ciudad. No me atrevo a soñar en voz alta, pues yo no quiero aportar una sola gota a este absurdo reguero de sangre, por eso escondo mis sueños y no los escribo, ni en ficción, ni en fantasías, no vaya a ser que me los maten.