Crónica de una muerte anunciada

A diario vemos en los medios de comunicación noticias que nos informan sobre algún desastre ecológico, bosques enteros en llamas, glaciares derritiéndose, niveles nunca vistos de contaminación tanto en el aire como en el agua, miles de hectáreas de tierra devastadas por la ganadería extensiva, islas de plástico en los océanos, cientos especies animales al borde de la extinción. Ante este panorama devastador que va dejando a su paso el cambio climático, en el cual los seres humanos hemos tenido un papel trágicamente protagónico, vale la pena que pensamos cómo ha sido nuestra relación con el resto de las especies vivas y ecosistemas del planeta.

Sin lugar a duda, las preocupaciones cotidianas nos impiden pensar en estas problemáticas, en contextos tan convulsos como el colombiano, donde la violencia, la pobreza, el desempleo, el hambre y la muerte no dan tregua, hablar sobre ecología es casi un lujo, un privilegio que solo pueden darse académicos y filántropos. Además, son realidades que nos resultan distantes, la imagen de un oso polar desnutrido sobre un casco de hielo o las estadísticas recientes sobre la deforestación del Amazonas no nos dicen mucho, pues no tenemos los elementos de juicio necesarios para comprender cómo esto afecta nuestra vida cotidiana y dimensionar la gravedad de la crisis.

No obstante, no hay que ir a los polos o adentrarse en la selva para presenciar estos desastres ecológicos, basta con salir a nuestras ventanas, especialmente durante los meses de marzo y octubre, para ver con nuestros propios ojos la a contaminación del aire en el Valle de Aburrá, producida por una combinación fatal de factores geográficos y una actividad industrial insostenible. El río Medellín, que a inicios del Siglo XX era cristalino y navegable, se convirtió en nuestra cloaca, donde van a parar todos nuestros desechos, orgánicos e inorgánicos. Hace apenas semanas el huracán Iota, de categoría 5, golpeó el archipiélago de San Andrés y Providencia dejando gravemente afectada a su población, un ciclón de este tipo es algo extrañísimo, ya que nuestras islas están fuera del cinturón de huracanes del Caribe, lo que nos muestra la gravedad del cambio climático y lo poco preparados que estamos para afrontarlo en nuestro país.

Según la National Oceanic & Atmospheric Administration (NOAA) este año, a pesar de las cuarentenas que se tradujeron en cierres parciales de muchas fábricas y poco uso del automóvil, tuvimos una concentración récord de dióxido de carbono en la atmósfera. Estos cambios abruptos en la Naturaleza no hacen parte de sus ciclos, fueron producidos por nosotros, los seres humanos, que con con nuestro modelo económico basado en la explotación de recursos naturales y en la producción y consumo en masa, hemos destruido ecosistemas enteros, afectando la estabilidad del ambiente. Además, esta crisis ecológica a la que asistimos es también una crisis de humanidad, la religión y el Estado de bienestar nos ha hecho creer que somos los “administradores” del mundo y que todo lo que en el habite está ahí para saciar nuestros caprichos, nos hemos encerrado en nuestro egoísmo y nos cuesta ver el daño que ocasionamos a otras personas y a los demás seres vivos.

Nos encontramos en un momento crucial de nuestra historia, es necesario que como humanidad hagamos una revisión del funcionamiento de nuestras sociedades, comenzando por nuestra forma de entender la política y la economía, que han legitimado y se sostienen por actividades sumamente contaminantes, las cuales antes que corregir las desigualdades entre nosotros las ha ampliado. Es inviable mantener intacto el sistema de producción y a su vez la vida tal y como la conocemos en la tierra, las circunstancias exigen nuevas formas de relacionarnos con la Naturaleza que estén a la altura de brindar una solución eficaz a la crisis climática, ecológica y social que presenciamos. Lo anterior comienza también por la transformación de nuestros hábitos diarios, es vital cambiar nuestras lógicas de consumo, cómo producir nuestros alimentos y nuestra ropa, cómo nos transportamos, qué tipo de energía utilizar, dónde depositar nuestros desechos, por cuáles ideas políticas votar, son asuntos que pueden hacer la diferencia. En últimas, debemos reaprender a vivir.

Al leer noticias sobre la crisis ecología pareciera que estuviésemos leyendo la crónica de una muerte anunciada, la comunidad científica ha sobrediagnosticado el Cambio Climático, sabemos con argumentos suficientes que somos los responsables de la supervivencia y de la conservación de la vida en el Planeta. Es necesario, pues, que asumamos con seriedad nuestro papel de seres racionales y trabajemos decididamente por   el cuidado de esta casa común que es el planeta tierra.

About the author

Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

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