Corrupción y moralidad

Hablar de corrupción no es hablar de desviación social, ni de destrucción del tejido sociojurídico ni, mucho menos, promulgar el nuevo contenido a satanizar por parte de una sociedad determinada. Tales referencias solo harían que extraviáramos nuestra mirada de un asunto alto problemático, y la redirigiéramos a cuestiones insípidas, de rápida y simple solución.

La corrupción es, ante todo, un problema de carácter moral.

Cuando Marco Tulio Cicerón en el siglo I a.C. centraba sus preocupaciones en el contenido y pedagogía de la ley, no lo hacía en función de alguna idílica concepción del sistema romano. Roma, para estas alturas, se caracterizaba por todo lo contrario: por ser una máquina continuamente aceitada por fenómenos de corrupción. La coima o mordida, bien conocida por nosotros bajo la palabra «soborno», era un simple método que agilizaba cualquier protocolo y formalismo que tuviera lugar en el Imperio (o lo que iba quedando de este). Desde el pago de los impuestos necesarios para vender en las plazas, hasta la consecución de cargos públicos, estaban determinados por la capacidad de unos cuantos para pagar las coimas que el sistema requiriera, y conseguir las recomendaciones suficientes para influenciar en las decisiones más trascendentales. La existencia de los proxenetae estaba más que justificada: el sistema requería de una profesión encargada de traficar influencias.

Cicerón, más que describir su realidad en La República, presenta una propuesta de carácter pedagógico político que lograra inscribir la ley en la voluntad de los ciudadanos, de manera que la siguieran por su propio impulso.

No poca cosa haría San Agustín de Hipona cuando en su Ciudad de Dios, recreara una estructura comunitaria al servicio del sistema político -monárquico- mediante la justificación por obediencia. Agustín sabía que el orden político estaba necesariamente mediado por la corrupción, pero su preocupación se centrada explícitamente en los hombres que habitaban la ciudad. Tal preocupación estaba dada por la necesaria incertidumbre con que el hombre habitaba el mundo. No conocían el corazón ni los deseos del otro, y estaban constantemente sometidos a la merced de la voluntad ajena. La corrupción en el hombre es la pauta y, por tanto, ubicarlo en escenarios de obediencia prometía el alivio -limitado, por supuesto- de tal naturaleza.

Con la corrupción habitando tanto el sistema de gobierno, como la estructura comunitaria, el asunto había escalado un escenario político que no conocía precedente en la historia del pensamiento. Se pretendía controlar, pero la situación parecía salirse en todo momento de las manos. En este sentido, Maquiavelo reconocía que el problema no estaba dado en clave de corrección de la situación sino, todo lo contrario, de aprovechamiento de la misma por parte del Príncipe. El soberano se hallaba ahora en una posición alto deseable: podía crear un nuevo escenario moral para su desenvolvimiento.

La trama y la corrupción en el sistema político están sometidas hoy a la misma circunstancialidad histórica que muy escuetamente dibujé. No sin antes salvarme de las críticas históricas -pues reconozco la

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dificultad de utilizar este contenido en una columna de opinión- , reconocer que existe una clase política y económica que tiene a la corrupción por accionar normalizado es percatarse de la paulatina creación de una nueva moralidad en el escenario colombiano.

En este sentido, aceptar los comportamientos corruptos como válidos (cosa bien simple de hacer cuando consentimos pagar un soborno, por ejemplo), es justificar la creación de una nueva moralidad que se simplifica en la expresión del expresidente Turbay: «Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones».

[author] [author_image timthumb=’on’]https://fbcdn-sphotos-d-a.akamaihd.net/hphotos-ak-prn1/t1/1488896_10202086754224487_208028205_n.jpg[/author_image] [author_info]Andrés Felipe Tobón Villada Politólogo de la Universidad EAFIT y actual candidato a la Maestría en Estudios Humanísticos de la misma Universidad. Ha publicado en revistas académicas locales como Cuadernos de Ciencias Políticas del pregrado en Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT, y en revistas indexadas internacionales como Razón Española. Asimismo, participó en la creación del cuarto tomo del Diccionario crítico de Juristas Españoles, Portugueses y Latinoamericanos (Hispánicos, Brasileños, Quebequenses y restantes francófonos) de la Universidad de Málaga. Actualmente se desempeña como docente y consultor analista en la Universidad EAFIT. Leer sus columnas.[/author_info] [/author]

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Al Poniente

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