Opinión Política Selección del editor

Continuismo o el abismo

En Colombia, pretenden mandar los “pepobucos”, la casta de periodistas, políticos, burócratas y académicos que siempre les dice a los demás- léase, a los de abajo- qué deben hacer (especialmente en las urnas), cómo deben comportarse y hasta en qué debe consistir su alimentación. La última vez que todo el establecimiento pepobuco marchaba completamente al unísono antes de una elección, nos aseguraban que había que votar por el Sí para “transformar al país”.

Hoy, nos dicen con la misma convicción que para hacer lo propio- el país siempre está necesitado de transformación según los pepobucos- hay que votar por Alejandro Gaviria, a quien podemos llamar Pepobucus Maximus. Gaviria es el summum del pepobuquismo por tener un dedo en cada uno de sus silos: columnista de El Biempensante (también conocido como El Espectador); político del Partido (anti)-Liberal y, como tal, miembro del gabinete de Santos; burócrata del Departamento de Planificación Central y del BID, la más inútil feria de chanfainas de todo Washington, lo cual es decir mucho; académico, y hasta rector, de Los Andes, alma mater de todo pepobuco que se respete. Pero la candidatura de Gaviria va más allá del pepobuquismo, porque también cuenta con el apoyo de los grandes monopolios. Lo impulsa un cartel que podría llamarse Pepobucos + (¿o tal vez “Pepobuecos”? – periodistas, políticos, burócratas, académicos, más los grupos económicos).

“Las autoridades” en el sentido amplio ya tienen candidato. Durante buena parte del fin de semana, El Tiempo colgó en la parte superior de su página web una entrevista de 13 minutos donde el exrector, al responder una serie de preguntas aduladoras, anunciaba su candidatura. Lo cual, por supuesto, no sucedió cuando ningún otro candidato (y los hay mejores) se lanzó. Pero, si hay alguna duda, sólo hay que mirar cómo el establecimiento se deshizo del pobre Sergio Fajardo, el político anti-político de cabecera antes de que surgiera un reemplazo más “anti” aún, por ser menos conocido y tener menos experiencia. Ante semejante fuerza irresistible, ¿no sería mejor coronar a Gaviria de una vez y ahorrarnos largos meses de farsa electoral? Un pequeño problema es que, aunque el establecimiento quiera imponer su voluntad como fait accompli, puede ser también que- como en el 2016- las urnas tengan otras ideas. La pregunta es si, en el 2022, las élites aún pueden implantar a su antojo a un candidato que les conviene, o si los votantes demostrarán de nuevo que ya no es tan fácil tratarlos como autómatas programados con la iniciativa de una manada bovina.

¿Qué se puede inferir de las últimas dos elecciones nacionales? En el 2016, el demos bofeteó a la élite mientras ésta andaba de fiesta (con guayaberas en Cartagena y las “bombas listas” en el Tequendama). Curiosamente, esto condujo a que, en el 2018, la élite- no toda, pero sí buena parte, y en especial la económica- cediera ante la realidad de la calle, que no soportaba más a Santos y sus acólitos, y apoyara a la facción “popular” del 2016. El pacto entre las facciones tuvo su expresión en la candidatura de Iván Duque, el más pepobuco y, por ende, presentable entre los populares: columnista (de Portafolio), político y senador (e hijo de un gobernador del Partido Liberal), burócrata del BID (ver arriba) y profesor universitario (aunque no de Los Andes, sino de la Sergio Arboleda, lo cual enardeció a los uniandinos y los motivó para tomarse la presidencia directamente vía su rector, Pepobucus Maximus).

Aunque el marketing de Gaviria busca presentar la imagen de un candidato fresco que trae nuevos aires, lo que realmente representa es el más rancio continuismo. Si Gaviria rompe la polarización entre Santos y Uribe es porque, como Duque, ocupó cargos burocráticos bajo ambos (en Colombia, la tecnocracia participa en política pero siempre es gobiernista). Gaviria es un candidato seguro para los monopolios porque, como Duque, no tiene un largo bagaje político y, como tal, está libre (hasta ahora) de escándalos de corrupción. En el caso de Gaviria, como en el de Duque, el reto es darlo a conocer de inmediato y llevarlo al pico de una popularidad fabricada justo en el momento de las elecciones. “Las autoridades” consideran a Gaviria, como una vez lo fue Duque, una alternativa segura ante la palpable amenaza chavista de Gustavo “El Latin Stalin” Petro. Gaviria es Duque 2.0, concretamente, un pepobuco que debe popularizarse cuanto antes porque, tras tres años de un mal gobierno, la gente rechaza con virulencia a los populares de antaño.

Ciertamente, no habrá otra opción aparte de votar por Gaviria si, en efecto, resulta ser la única alternativa frente a Petro, cuyo estatismo fanático y odio de clases hacen ver hasta a Jorge Enrique Robledo, punta de lanza del maoísmo en Colombia, como un estadista sensato y la cúspide de la moderación. Pero esto no significa que la manera en que “las autoridades” proclamaron a Gaviria no sea artificial, forzada y hasta tenebrosa.

En Colombia, el establecimiento está acostumbrado a ganar, inclusive cuando sorpresivamente pierde (como en el 2016). Lo terrible es que la única manera de evitar caer en el chavismo sea mantener el consenso socialdemócrata y keynesiano, una vez más disfrazado de liberalismo. La opción que quieren presentar es entre el continuismo y el abismo.

Esto fue escrito por

Daniel Raisbeck

Es un historiador, columnista y profesor colombiano de orientación Libertaria. Ha sido candidato a la Cámara de Representantes por Bogotá y a la Alcaldía Mayor de Bogotá. Es fundador del Movimiento Libertario de Colombia.

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