Compremos colombiano

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A pesar de que hasta ahora hayamos privilegiado al bien barato y popular exterior, es hora de repensar esos consumos y saber que, en estos momentos, una decisión de compra tiene muchas más aristas y consecuencias de las que creemos. No solo hay que ser económicamente racionales sino, en lo posible, socialmente conscientes”.

El brote de Covid-19 ha generado un remezón mundial como pocos que la humanidad haya vivido en la historia reciente. Muchas de las ideas que antes de la pandemia eran impensables, hoy se debaten con seriedad; y la aplicación de varias de ellas es imprescindible para garantizar la recomposición de los indicadores de bienestar social.

Una idea poco popular antes de la pandemia era la compra de productos colombianos por pura convicción. Por años desde la apertura económica de Gaviria, el mandato fue adquirir los bienes más baratos sin importar de dónde vinieran. Esto casi siempre significó importar mercancías que tenían un precio de venta menor que la competencia local. La práctica fue respaldada tanto por los gobiernos de las últimas décadas como por los gremios y la academia. Hoy la mayoría de productos que usamos y consumimos los colombianos, alimentos y bienes manufacturados con algún grado de especialización, son importados o cuentan con una buena parte de importaciones entre sus materias primas y componentes.

A pesar de esto, hace poco la Andi, el gremio de los grandes industriales, lanzó una campaña para promover la compra de bienes producidos en el país. Aunque a primera vista pudiera parecer un discurso trillado, perteneciente a otras épocas del desarrollo económico, nunca antes tuvo tanta relevancia y urgencia. A continuación, explicaré por qué usted y yo debemos comprar colombiano tanto en lo que resta de la pandemia como después de ella.

Primero que todo, hay que aclarar que este no es un simple reclamo patriotero. Esto lo diferencia de propuestas semejantes de líderes nacionalistas como Donald Trump, para quien la política económica es apenas un brazo de la política exterior. Al contrario, en el caso colombiano la iniciativa no provino del Ejecutivo sino de los propios empresarios, muchos de los cuales se han mostrado reacios a ideas similares en el pasado. Esto es prueba de que la idea no responde a dogmatismos o intereses especiales sino a la excepcionalidad del momento.

En segundo lugar: una apuesta consciente por el producto local es en el fondo una inversión en la recomposición del tejido empresarial y, de manera paralela, en el empleo formal. No hay empleados sin empleadores, y no hay empleadores sin demanda vigorosa de sus productos. Al consumir un bien local se promueve el sustento de una familia colombiana y se garantiza el flujo circular e interno del dinero. Esto es especialmente válido para el caso de las pequeñas y medianas empresas, que han sido las más afectadas por la crisis y que constituyen más del 90 % del total nacional. Sin ellas en el barco, la reactivación económica naufragaría y derivaría, invariablemente, en mayor desigualdad social.

Tercero, la economía colombiana necesita encontrar nuevos productos para exportar. Es probable que la crisis de coronavirus le aseste un golpe mortal a la era del petróleo y el carbón. Si bien los precios bajos de estos bienes no se deben a la pandemia, con ella han caído a mínimos históricos. Además, varios de los grandes demandantes de crudo, entre ellos Alemania, han anunciado que promoverán una reactivación económica verde y sostenible, lejos de las fuentes energéticas tradicionales. En este contexto, Colombia debe buscar nuevos ingresos externos más allá de los combustibles fósiles. Se puede argumentar que es un deber del gobierno central diversificar la canasta exportadora, pero también nosotros como consumidores podemos promover emprendimientos locales que podrían cubrir ese hueco exportador. Al final del día, son las preferencias de los consumidores las que determinan la oferta de bienes y el patrón de especialización de un país. Si en lugar de adquirir una importación se adquiere su bien sustituto local, aumenta la probabilidad de que en el futuro ese bien se convierta en una exportación.

Finalmente, hay que mencionar que las grandes crisis sociales casi siempre han significado un regreso al consumo local, a la autogestión y a nuevos modelos de negocios que se desligan de lo tradicional y erigen bienes y servicios alternativos. Tras las dos guerras mundiales, surgieron en Europa los movimientos de las huertas caseras y urbanas como un medio para las familias de garantizarse una provisión básica de alimentos. Tras la crisis financiera de 2008, aparecieron en Norteamérica economías divergentes, como la economía colaborativa o la digital; y se estableció un nuevo tipo de consumidor: el consumidor consciente. En todos estos casos las personas han respondido a los cambios en su entorno de una manera proactiva y no reactiva. Los colombianos también podemos hacer eso: anticiparnos y participar de una solución común en lugar de esperar a que alguien más lo haga por nosotros. Por supuesto, la gracia de todo esto radica en que la decisión de compra se deba a la voluntad del individuo y no a una imposición gubernamental.

A pesar de que hasta ahora hayamos privilegiado al bien barato y popular exterior, es hora de repensar esos consumos y saber que, en estos momentos, una decisión de compra tiene muchas más aristas y consecuencias de las que creemos. No solo hay que ser económicamente racionales sino, en lo posible, socialmente conscientes.

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Felipe Gaviria Gil

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