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Colombia-Estados Unidos: una alianza que no peligra

En la víspera de la posesión de Joe Biden como Presidente de los Estados Unidos y con ocasión de las simpatías que algunos congresistas colombianos expresaron por su contendor republicano, el entonces Presidente Donald Trump, algunos políticos, periodistas y académicos presagiaron una difícil relación entre los gobiernos de Bogotá y Washington aduciendo que nuestra política exterior se había equivocado al tomar partido en las elecciones gringas. E incluso hasta hoy, a pesar de hechos que refutan ese desastre inventado por malquerientes del Presidente Duque, muchos de ellos se empeñan, en lo que ya parece ser una especie de disonancia cognitiva -la creencia en algo a pesar de que la evidencia dice lo contrario-, en seguir defendiendo su infundada tesis: un dogma.

El dogma fue resultado de una falsedad y un doble estándar que ocultan la animadversión. La falsedad fue hacerle creer a la gente que hubo un error de “política exterior”, cuando en realidad no se pronunció el Gobierno, encargado de la política internacional del Estado, sino un par de legisladores (uno de ellos un ciudadano americano), quienes, como cualquier persona, tienen derecho a expresarse libremente. Y el doble estándar consistió en guardar estratégico silencio cuando parlamentarios de oposición expresaron abiertamente su respaldo al candidato Joe Biden y al Senador Bernie Sanders.

Pero el dogma es, sobre todo, producto de un desconocimiento monumental. Porque los ejes de la relación entre Colombia y los Estados Unidos nunca han sido los partidos políticos. El pilar de nuestra alianza ha sido otro: un consenso sobre la defensa y la promoción de valores e intereses que unen a nuestros pueblos: la democracia como forma de gobierno, la economía de mercado como el mejor sistema generador de riqueza y bienestar, la búsqueda de un hemisferio seguro como garantía de la paz regional, y los derechos humanos herederos del pensamiento liberal que trajo la independencia al Nuevo Mundo como nuestro guión moral. Y esta comunión de convicciones, con vaivenes y redefiniciones, cumple más de doscientos años.

Ya en 1815, Simón Bolívar lamentaba en La Carta de Jamaica, quizás el documento más importante de El Libertador, que los “hermanos del norte” hubiesen sido “inmóviles espectadores” en nuestra lucha por la libertad de la Corona española, y “que nuestros compatriotas” no adquirieran “los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestras hermanos del norte”. Siete años más tarde, el Gobierno de los Estados Unidos, por decisión de su Presidente, James Monroe, y su Secretario de Estado, John Quincy Adams, reconoció a los nuevos Estados americanos y proclamó el principio más importante de su política internacional para el hemisferio occidental: América para los americanos. Y Francisco de Paula Santander nunca ocultó su anglofilia, tanto cuando, contradiciendo una orden de Bolívar, invitó a los Estados Unidos a participar en el Congreso de Panamá de 1826, como después de su estadía en Nueva York, que despertó su admiración por el utilitarismo de Bentham que inspiró las reformas educativas lideradas por el Hombre de las Leyes.

A pesar de las dificultades por las que ha pasado nuestra relación, que incluyen la traumática pérdida de Panamá durante la Guerra de los Mil Días, nuestros vínculos no han hecho más que estrecharse por la fuerza de los acontecimientos. En 1914, ambas naciones suscribieron el tratado Urrutia-Thompson, por el cual los Estados Unidos aceptaron compensar a Colombia por Panamá. Durante el mandato de Marco Fidel Suárez, nuestra política exterior acuñó y acogió la doctrina respice polum (“Mirar hacia el norte”), que forjó la alianza que siguió consolidándose con Washington. Colombia, aunque no participó en hostilidades militares, estuvo con los aliados durante la Segunda Guerra Mundial; pese a que se unió al Movimiento de países No Alineados, se mantuvo cercano al bloque trasatlántico reunido en la OTAN durante la Guerra Fría y tras el colapso soviético; fue el único país de Suramérica que respaldó a los demócratas surcoreanos que, apoyados por Occidente, resistieron la expansión comunista en la península de Corea; acompañó, también en solitario en América del Sur, la segunda intervención en Irak que logró el derrocamiento de Sadam Huseín; participó en otros esfuerzos militares en Medio Oriente liderados por los Estados Unidos, como la intervención humanitaria en Libia, que contó con nuestro voto favorable en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; y, para no extender más la lista, no ha titubeado en calificar al Gobierno de Nicolás Maduro, igual que Washington, como una “dictadura” y denunciar la amenaza que representa para la democracia y las libertades.

Sin embargo, ahí no se agota el nexo.

Los Estados Unidos son el principal socio comercial de Colombia. Aunque la balanza comercial es deficitaria para nuestro país (991.4 millones de dólares en 2020), el Tratado de Libre Comercio ha permitido, según la Cámara de Comercio Colombo-Americana, que aumenten en 16% el número de empresas exportadoras, que haya 294 nuevos productos exportados a Estados Unidos e ingresen, con cero arancel, 10.500 partidas arancelarias; y, sin incluir el período 2012-2015, que corresponde a la caída del precio del petróleo, las exportaciones colombianas han crecido 14.6% llegando a más de once mil millones de dólares. A estas cifras económicas hay que sumar las humanas -más de dos millones de colombianos viven en los Estados Unidos y la mayoría de los turistas extranjeros en Colombia viene de ese país- y la creciente afinidad cultural, porque no solo Gabriel García Márquez se inspiró en William Faulkner y admiró a su maestro Ernest Hemingway: todos hemos visto series y películas de Hollywood, escuchado rock y pop americano, y el reggaetón también llega hasta allá, como llegaron Shakira, Juanes y Betty la Fea.

Y desde el 20 de enero, cuando el demócrata nacido hace 78 años en Scranton, Pensilvania, llegó a la Casa Blanca, nada ha indicado que su administración sea hostil al Gobierno colombiano. Primero, es una vil mentira decir que el Presidente Duque no fue invitado a la posesión de Biden pero sí lo fue Juan Manuel Santos como un mensaje político encubierto en un acto de protocolo: a la posesión de los Presidentes de Estados Unidos ningún Jefe de Estado o de Gobierno de otro país es invitado y resultó falso, como lo tuvo que admitir El Espectador, que Santos haya sido convidado. Segundo, Washington y Bogotá, unidas en la guerra contra las drogas hace casi medio siglo y conscientes que, al abandonar la presidencia, Juan Manuel Santos dejó a Colombia con alrededor de 200 mil hectáreas sembradas con coca, coinciden en que el motor de los asesinatos en Colombia es el narcotráfico, como lo reconoció el 11 de febrero el portavoz del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Ned Price, a pesar de la distorsión que un par de medios hicieron de su declaración, en la que dijo que para su gobierno es un orgullo trabajar con el colombiano. Tercero, el Gobierno americano no dudó en destacar los esfuerzos de Carlos Holmes Trujillo “por sus infatigables esfuerzos para fortalecer la alianza de Colombia con Estados Unidos al servicio de un hemisferio estable y democrático”. Cuarto, el Enviado Especial del Presidente Biden para el Clima, John Kerry, calificó a Colombia como un “líder en acción climática”. Quinto, el Gobierno Biden certificó el desempeño y compromiso del Gobierno Duque en la lucha contra las drogas. Y, por último, el Presidente de los Estados Unidos, tras recordar “las importantes y largas relaciones con nuestros socios como Colombia”, felicitó al Presidente Duque por otorgar protección legal a los más de 1.7 millones de migrantes venezolanos; “sello del verdadero liderazgo”, según las palabras del que también fue Vicepresidente de Obama.

A pesar de todos estos hechos, algunos remotos, otros recientes, pero, en todo caso, hechos, algunos, entre ellos autodenominados expertos, se empeñan en teorizar sobre la hostilidad de la administración Biden contra el Gobierno Duque. Como le dijo a El País de Madrid Marty Baron, director del Washington Post: “La gente se fía más de sus sentimientos que de sus hechos”. Me tranquiliza saber que mis sentimientos, al menos en este asunto, coinciden con los hechos.

Esto fue escrito por

Miguel Ángel González Ocampo

Abogado del Servicio Exterior de Colombia - diplomático de carrera.

Mis opiniones no comprometen a entidades públicas o privadas.

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