Colombia ad-portas de La Rebelión de Atlas

Hace alrededor de siete u ocho años, leí la obra cumbre de la que se volvería una de mis principales madres y referentes ideológicos: Ayn Rand, quien fuese una importante filósofa y literata nacionalizada norteamericana oriunda de Rusia; además, concibió a la filosofía objetivista y defendía a ultranza el capitalismo de libre mercado. Rand fue también, una implacable enemiga de las premisas colectivistas tanto de izquierdas como de derechas que se anteponen a las virtudes propias del capitalismo y de la libertad en los crecimientos particular y comercial de los empresarios y del resto de individuos que conforman una nación. Es un mérito indiscutible la limpieza de los ideales de Ayn Rand dado el momento histórico en el cual le correspondió vivir y desarrollarse personal y profesionalmente.

La obra de la que hablo, cuando la conocí, estaba contenida en un libro que yacía en un muy mal estado y formaba parte de los elementos más olvidados de la Biblioteca Pública de un municipio de la periferia del Valle de Aburrá (Antioquia Colombia). Honestamente, estuve muchas veces tentado a robarlo debido a la situación en la que se encontraba; pero al final, opté por ser fiel a mis principios y valores personales y no lo hice. Preferí entonces renovar continuamente su préstamo para prorrogar y, finalmente, concluir por lo alto el deleite que me producían tan exquisitas letras.

Dicha obra tiene por título La Rebelión de Atlas; cada nueva lectura de ésta abría mi mente hacia la verdad y la reflexión, siendo más que inevitable para mí, efectuar la comparación entre la situación de la Colombia de esos días con la trama descrita en esta obra de ficción. Desde aquel entonces, y para nuestra desgracia, esta situación cada vez es más y más semejante. Para poner un poco en contexto a mis lectores, La Rebelión de Atlas (Atlas Shrugged en su título original en inglés) es una novela de mediados del siglo pasado que relata el levantamiento de los grandes empresarios contra el gobierno de los Estados Unidos (hasta paralizarlo) por sus decadentes postulados, el excesivo intervencionismo estatal y una ética mayoritaria que estrangulaban a más no poder la iniciativa privada y colapsaban el sistema social.

La novela de Rand traza una Norteamérica totalmente distópica y a una sociedad dividida entre “saqueadores”: quienes no son más que la clase política y los que están en cama con ellos y que tienen la atrofiada idea que toda actividad económica debe estar hiper-regulada y subyugada a obesas obligaciones fiscales, y en “no saqueadores”: que son los empresarios, creadores, intelectuales y ciudadanos del común, cuya posición es diametralmente opuesta. Estos últimos, escapan a un lugar secreto, haciendo que la sociedad en general eche de menos sus significativas contribuciones. A la postre, el gobierno comprueba cuán necesarios son para asegurar su supervivencia.

El título de la obra está inspirado en Atlas: el titán de la mitología griega que sostiene al orbe; representación que va en armonía con la producción y el comercio que permiten que todo sea posible, y cuya importante labor parece a veces ser olvidada por los políticos –algo aplicable para cualquier parte del mundo–. Por ello, resulta muy preocupante que ocurran fugas de capitales, inversiones que no se llevan a cabo y la violación sistemática de los derechos inalienables del hombre provocando un sempiterno antagonismo entre la ciudadanía y el aparato público, tal cual ocurre ahora en Colombia, los Estados Unidos o en el escenario que plantea la novela de Rand.

En nuestra nación viene, desde mucho tiempo atrás, consolidándose la tesis de que la riqueza es consecuencia de la degradación de la moral humana y que debe ser vapuleada por las autoridades y todo el colectivo social, mientras cualquier capricho de una minoría se convierte en la raíz de nuestros “derechos”. Por ello, son justificables las infracciones a la ley cuando los transgresores se amparan en la “defensa de las causas sociales”, al tiempo que son atacados sin reparos aquellos que crean empresa, imponiendo para éstos un régimen de “gabelas” y exigencias imposibles de cumplir, que son además desproporcionadamente altas y discordantes entre sí. Es más que claro que las hiper-regulaciones estatales desincentivan la iniciativa privada, especialmente, por la continua alza en los costos generales de los empresarios y la persecución que se les hace por no vender a precios que se acomoden a las necesidades de la gente. Gran contradicción.

Tanto es el nivel de desprecio que se ha aprendido a provocar sobre los empresarios, que anda por ahí merodeando la falaz y estúpida creencia de que las empresas tienen la capacidad de sostenerse a toda costa –las crisis y los estados de resultados en rojo, básicamente, no importan– y que, por eso, el Estado debe cobrar todos los impuestos posibles ya que ellos se encuentran en “deuda con la sociedad”. Asimismo, es tal la desviación de todo, que los programas de subvención social son medidos por la cantidad de colombianos que ingresan a ellos y no por los que salen, promoviendo de esa manera una absurda competencia para ver quién es más inútil, débil y/o miserable para hacerse acreedor a más asistencialismo oficial.

Claramente, libramos una guerra sin lugar a tregua en Colombia, pues los que mueven los hilos del poder han decidido condenar a los que crean riqueza y ofrecen empleo; aunque, indirectamente, estos son los que les permiten forrarse en millones con nuestras regalías –prácticamente son “la Nueva Monarquía”–. Se avecina en Colombia –y probablemente en toda Latinoamérica– un contexto semejante al descrito en La Rebelión de Atlas; tanto así, que Ayn Rand dedujo magistralmente, con esto que prosigue, nuestra lamentable realidad:

“Cuando advierta que para producir requiere de la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal; entonces, podrá afirmar sin temor a equivocarse que su sociedad está condenada.”

Esto que nos pasa, devela que nuestros problemas más que estructurales (del sistema, es decir, de la forma cómo se encuentra concebido nuestro modelo de nación) son filosóficos (de la forma en la cual pensamos, pues, no en vano, seguimos dándole poder a quienes son indignos de tenerlo y sólo esperan seguir alimentándose con nuestros despojos mortales), pese a que no necesariamente describe lo que contiene de soez la naturaleza humana… No obstante, aún no es tan tarde para que trabajemos por un mejor porvenir ¡Todavía estamos a tiempo!


Este artículo apareció por primera vez en el Blog Visiones de Libertad de PROLibertad.

Cristian Toro

Cafetero. Ingeniero Electrónico de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales y Especialista en Gerencia de Proyectos de la Escuela de Ingeniería de Antioquia (EIA). Docente de matemáticas, física y estadística.

Editor Ejecutivo (EIC) de El Bastión y Revista Vottma, miembro fundador de la Corporación PrimaEvo y del movimiento Antioquia Libre & Soberana, y columnista permanente de Al Poniente y el portal mexicano Conexiones. Afiliado al Ayn Rand Center Latin America y colaborador de organizaciones como The Bastiat Society of Argentina y México Libertario.

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