Colombia 2026: pelea de tigre y un burro que siga amarrado

A dos semanas de la segunda vuelta presidencial, Colombia parece observar una pelea desigual. La imagen puede resultar incómoda, pero describe con precisión el momento político: un tigre suelto frente a un burro amarrado.

De un lado está Abelardo de la Espriella. Del otro, Iván Cepeda.

Más allá de simpatías o antipatías, la realidad es que ambos llegaron a esta instancia por caminos completamente distintos.

La candidatura de Abelardo no nació de la coyuntura. El propio candidato reveló que desde el 3 de junio de 2025 había tomado la decisión de regresar al país junto a su familia para construir una aspiración presidencial. Eso desmonta la tesis según la cual su proyecto dependía exclusivamente de los acontecimientos posteriores o de la desaparición de otros liderazgos. Su campaña venía siendo diseñada, estructurada y ejecutada con mucha anticipación.

Y allí aparece la primera gran diferencia.

La campaña del llamado Tigre entendió algo que buena parte de la política colombiana sigue sin comprender: las elecciones modernas son una disputa por atención antes que por argumentación.

El Tigre no es solamente un apodo. Es una marca política.

Una marca que ríe, baila, ruge, muerde, entretiene y moviliza. Una marca construida para generar recordación permanente. Su jingle, sus símbolos, su narrativa y su estética fueron diseñados para producir identidad emocional.

La estrategia buscaba construir una manada.

Y lo consiguió.

Mientras los analistas discutían ideologías, miles de ciudadanos replicaban mensajes, videos, canciones y contenidos digitales que terminaron convirtiéndose en un fenómeno viral.

Detrás de ese fenómeno existe una estructura profesional de comunicación política. Una estrategia diseñada para dominar ecosistemas digitales, generar conversación y ocupar espacios permanentes en la opinión pública.

Los resultados hablan por sí solos.

La primera encuesta Atlas Intel después de la primera vuelta le otorga a De la Espriella el 50,3 % de intención de voto frente al 42,6 % de Iván Cepeda, una diferencia de 7,7 puntos porcentuales. En la misma medición, el nivel de rechazo de Cepeda supera ampliamente al de su contendor.

En política, esos números importan.

Pero más importante aún es entender cómo se construyeron.

Del otro lado aparece una campaña que parece atrapada en códigos del siglo pasado.

Iván Cepeda es un dirigente con trayectoria, disciplina y coherencia ideológica. Sin embargo, proyecta una imagen rígida, ortodoxa y poco conectada con las nuevas dinámicas de comunicación política. Su comunicación luce institucional cuando el país está consumiendo emoción. Su discurso parece diseñado para convencer convencidos, no para ampliar fronteras electorales.

El problema para Cepeda es que tampoco ha logrado escapar de la sombra de Gustavo Petro.

El presidente sigue siendo la figura central del proyecto político. Los reflectores continúan apuntando hacia él. Y cuando la atención se concentra en el líder saliente, el candidato pierde protagonismo.

La izquierda, que entre 2021 y 2022 dominó buena parte de las conversaciones digitales, tampoco ha logrado reproducir aquella capacidad de movilización. Las audiencias cambiaron, los códigos cambiaron y el país cambió.

A esto se suma una realidad política difícil de ignorar.

El pasado 31 de mayo millones de colombianos enviaron un mensaje de inconformidad frente al Gobierno Nacional. El resultado electoral mostró desgaste, cansancio y deseo de cambio. Negar esa lectura sería desconocer la realidad política del país.

Tampoco ayuda abrir discusiones desconectadas del sentimiento ciudadano.

La controversia alrededor de la camiseta de la Selección Colombia es un ejemplo. Hay símbolos nacionales que trascienden las ideologías. Pelear contra ellos suele ser una batalla perdida desde el primer minuto.

Es como pelear contra el Chocoramo, contra el sancocho o contra el padre García Herreros.

Simplemente no tiene sentido político.

Sin embargo, la principal enseñanza de esta elección no está en quién va ganando hoy.

La verdadera lección está en cómo se llegó hasta aquí.

Ha sido inteligente por parte de Abelardo de la Espriella recibir apoyos sin entregar el control de su narrativa. Sumar sin convertirse en una coalición de partidos tradicionales. Construir una candidatura unitaria antes que una candidatura burocrática.

También ha sido políticamente acertada la decisión del expresidente Álvaro Uribe de mantenerse a prudente distancia. Uribe continúa siendo el principal referente de la centroderecha colombiana, pero también una figura que genera amores y rechazos intensos. Convertirlo en protagonista habría significado regalarle a Iván Cepeda el adversario perfecto para su discurso político.

No deja de ser paradójico que buena parte del capital político reciente de Cepeda provenga precisamente de su confrontación judicial con el expresidente. Sacar a Uribe del centro del debate le quitó a la izquierda uno de sus principales activos electorales.

El próximo 21 de junio llegará la prueba definitiva.

Ese día quedará claro que una primera vuelta y una segunda vuelta son competencias completamente distintas. Que el voto ideológico sirve para avanzar, pero no necesariamente para ganar. Que las campañas modernas se disputan simultáneamente en aire, tierra y digital. Y que quien no entienda esa realidad corre el riesgo de quedarse hablando solo.

Porque cuando se abren las urnas de una segunda vuelta ya no existen padrinos políticos capaces de cargar una candidatura. Cada aspirante responde por sí mismo, por su liderazgo, por su estrategia y por su capacidad de conectar con el país real.

Ese día ya no hablarán Petro ni Uribe.

Hablarán únicamente los votos.

Miguel Jaramillo Luján

Magíster en Gobierno de la Universidad EAFIT; Máster Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, España y Licenciado en Comunicación y Periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB).

Autor del libro Marca Poder, el Poder como Marca editado por Planeta. Elegido, por segunda vez consecutiva (2019 y 2020), entre las 100 personas más influyentes de la política en América Latina por la Revista Washington Compol. Ganador del Napolitan Victory 2020 y 2021 a campaña regional del año, mejor campaña de gobierno en 2018 y nominado a campaña del año en 2021. Ganador en los Premios Innopolítica 2021 a mejor campaña municipal, mejor campaña a cargo legislativo y mejor campaña a organismo de control. Ganador de 5 premios de la Asociación Colombiana de Consultores Políticos Acopol 2019 y 2020.

En España, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Perú, México y Colombia ha laborado como consultor, estratega, docente y asesor. Entrenador de equipos de gobierno en varios lugares del continente, con líderes y gobernantes que han sido elegidos como los más populares en sus territorios por firmas globales de investigación como Invamer Gallup y Yan Haz.

Docente universitario y conferencista en varios eventos internacionales sobre gobierno, políticas públicas, marketing, imagen y comunicación. Director y Ancor de www.jaramillolujan.com y del portal de formación www.marketingpoliticoygobierno.com premiado por el gremio de la consultoría política en 2020 y como Blog Político del año en los Napolitan Victory Awards 2021.

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