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Claudia y el desplome de su ciudad cuidadora

Al afirmar que no es una acción xenofóbica y que sólo está dejando en evidencia una problemática, ignora su condición de mandataria de la principal ciudad del país.


 En mi columna anterior hice un llamado a humanizar la migración y a reconocer el aporte no sólo material sino cultural que brindaba cada migrante al país anfitrión. Apostarle a la unidad es un reto que tenemos como humanidad y en el cual debemos trabajar día a día. Las fronteras nos han alejado bajo el discurso de la soberanía nacional, pero es hora de reconocer que vamos hacia la misma dirección en este viaje llamado vida; algunos con mayores privilegios que otros, con claras diferencias políticas, ideológicas, religiosas, pero a fin de cuentas caminantes, muchas veces sin rumbo, pero con motivaciones y esperanzas.

Esta columna nace a partir de los últimos hechos protagonizados por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López. Su discurso, aunque muchos afirmen lo contrario, fue xenófobo y discriminatorio. Otorgarle nacionalidad a un delito sólo perjudica a quienes comparten la nacionalidad con el atacante; personas que en su mayoría son buenas y están pasando por momentos difíciles como para sumarles el peso del matoneo y la discriminación. Es evidente que su política de seguridad no está funcionando, lo exponen los medios de comunicación y los usuarios de las redes sociales: la inseguridad en la capital está desbordada. Cual fracasada, la alcaldesa intenta ocultar la ineficacia de su política en la nacionalidad de los criminales, lo cual no es extraño ya, pues se le ha vuelto costumbre responsabilizar a otros por sus falencias administrativas y gerenciales.

Otorgarle nacionalidad a un delito sólo perjudica a quienes comparten la nacionalidad con el atacante; personas que en su mayoría son buenas y están pasando por momentos difíciles como para sumarles el peso del matoneo y la discriminación.

En un acto completamente reprochable, la alcaldesa dice que “así como se les ofrece de todo a los venezolanos, que se les dé garantías a los colombianos”, creando una atmósfera de insatisfacción por parte de personas que de igual forma responsabilizan a los migrantes por los problemas de seguridad y convivencia que se presentan en la ciudad. Estas palabras serían inofensivas si no infundieran miedo a lo extranjero, si no exacerbaran un nacionalismo radical y sin sentido. Extremistas se sentirán representados bajo las palabras de la mandataria y arrojaran su odio contra los foráneos.

Lo que puede resultar más grave aún es la ratificación y no rectificación de sus palabras. López insiste en señalar a “algunos” venezolanos como los culpables de ciertos crímenes en la ciudad, instaurando un ambiente claramente perjudicial para los migrantes de ese país. Al afirmar que no es una acción xenofóbica y que sólo está dejando en evidencia una problemática, ignora su condición de mandataria de la principal ciudad del país. No es un ciudadano cualquiera quien está expresando su opinión frente a determinado problema que fatiga a una comunidad; su cargo y la disposición de cámaras y micrófonos permiten que su voz sea ampliada por todo el país, justificando a quienes se aprovechan del discurso para llevar a cabo prácticas discriminatorias y profundamente xenofóbicas.

Para ser sincero, duele escuchar pronunciamientos de una persona a la cual admiraste en gran parte de su vida pública, pero que, cumpliendo con la tradición de los políticos colombianos, se ha convertido en todo lo que prometió combatir. Sus planteamientos de consolidar a Bogotá como una ciudad cuidadora se desvanecen con este tipo de prácticas. La ciudad cuidadora no debe ser sólo para los bogotanos de nacimiento sino para todo aquel que la habite; es la ciudad que más acoge nacionales y extranjeros, y su función es desplegar acciones y discursos que velen por todos ellos.

Esto fue escrito por

Andrés Trujillo Ossa

Mi nombre es Jorge Andrés Trujillo Ossa, estudiante de noveno semestre de Pedagogía de la Universidad de Antioquia. Soy un ciudadano inconforme al cual le gusta escribir y expresar sus ideas en el papel, pero que se siente en la obligación de compartir su opinión con el resto de la ciudadanía y de esta forma ser la voz de muchos que hemos permanecido relegados y casi silenciados.

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