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Castración literaria

“Siempre he estado de acuerdo que elegir una obra literaria para ajustar los sentimientos a la realidad, debe de ser, ante todo, una decisión libre y autónoma”.


Estanislao Zuleta, notable pedagogo, escritor y filósofo colombiano, en su texto titulado, Sobre la lectura, argumenta, entre otras cosas, sobre la prohibición a la lectura que obtenemos en bachillerato cuando los maestros de literatura nos recomiendan u obligan a leer grandes obras universales, en este caso, El Quijote de la Mancha, y para hacer la lista más extensa, nos prohíben a nuestro Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, con Cien años de Soledad; Dante Alighieri, con la Divina Comedia; Homero, con la Odisea y la Ilíada; Jorge Manrique, con la Celestina; Shakespeare, con Romeo y Julieta; entre otras obras cuyos análisis literarios se encuentran en la internet esperando a hacer consultada por algún estudiante que quiera ahorrar tiempo. Mi actual maestro de literatura no habla de prohibir, sino de castrar, de negarnos a sentir una verdadera catarsis, que en griego significa purificación.

¿Por qué sucede?  es una pregunta que mi alma siente, más no que quiera responder, hay preguntas que cada uno se cuestiona, no te deja dormir, pero no necesariamente halla la respuesta, a veces se actúa como si se supiese, pero de hecho no nos percatamos de nuestra actuación, sin embargo, procedo y así intento poner en orden mi cuestión.

En el amor, por ejemplo, se vive de la curiosidad, experimentación, de la búsqueda implacable de… no sé, lo cierto es que esa sensación es la que te hace seguir caminando por la vida buscando razones que te llenen el alma, que te alimenten el espíritu. No sé si en realidad alcanzamos a conocer a alguien o simplemente por no conocer, creemos conocerlo todo y en muchas ocasiones poner un punto final.

En la literatura pasa igual y en lo posible trato de no cohesionarla con el cine. Ambas artes me gustan, disfruto de ellas, a pesar de que siempre pienso que primero es el libro y luego la película; si leo el libro, no veo película; si veo la película, no leeré el libro. Por lo tanto, o es el libro, o es la película.

Cuando alguien me habla de una obra literaria, en muchos casos, me tapo los oídos, huyo de ellos, sin embargo, he cometido mis errores y lo pagué muy caro con el primer libro que llegó a mí siendo muy niño: El Mundo de Sofía, novela de Jostein Gaarder, cuando finalicé la lectura, me percaté de inmediato que la obra estaba adaptada al cine y me prohibí el libro para siempre al ver la película, se fue al limbo mi deseo de leer por segunda vez la obra que me invitó a viajar, conocer e imaginar. Cada vez que intento leer El Mundo de Sofía, no logro retirar de mi mente los actores y actrices de la cinta, mientras leo, ya no existe la armonía, la música y el ritmo con la filosofía: ciencia de los hombres libres, pues una adaptación al cine brinda una noción que quedará In sécula sæculorum en la mente de los hombres.

Siempre he estado de acuerdo que elegir una obra literaria para ajustar los sentimientos a la realidad, debe de ser, ante todo, una decisión libre y autónoma, sin embargo, en muchos momentos de la vida, especialmente cuando estás en la academia, es importante encontrar un rumbo, una vocación y si hay acercamiento con los libros, es inevitable que no haya un docente preparado a castrarte y prohibirte el maravilloso mundo de la literatura.

Son pocos los maestros que te hacen enamorar de la literatura, recuerdo a María Eugenia Morales, mi maestra de español en bachillerato, que fue lo contrario, para ella, lo crucial era interpretar, hacer de los párrafos una interpretación profunda para conocer lo que el autor nos quiere decir; algunos maestros exigen lectura rápida, que sean hombres modernos “el hombre que está de afán, que quiere rápidamente asimilar”, pero yo seguiré esperando a que por casualidad una buena historia me atrape y me invite a detenerme en algún párrafo para ojear el sentido profundo de la existencia, de la vida.