Carta de un amor desesperado

No hay otro sitio en el que pueda nombrarte, solo estás en mis pensamientos, de donde nunca saliste para existir conmigo. Hechos arrolladores se posan en mi quebranto, desvelo de antaño, sentí la vida que está viniendo, la gracia mágica de continuar, que hoy hallo entre mi llanto. He venido a devolvernos lo que corresponde, en el lugar abstracto en el que el amor habita, sollozo íntimo de libertad.


Desmedro cruel tratar superfluas las ilusiones, palabras sobrantes, la profunda insensatez que compensa la emoción, cárcel de creencias. Un salvaje sentimiento ha destrozado la máscara objetiva de un niño herido en el abandono. Sonreír desde la fuerza, es la felicidad un enigma; improbable en el juicio frívolo y pusilánime. Ser posible en la especie, la ternura avante encriptada del mamífero.

Conflicto propio en el que se humaniza la bestia, el engendro de Dios en el afecto cuando decide. Callar lo incorrecto, envenenar con el letargo. Sangrar sobre otro la esclavitud del espíritu en el sufrimiento, voces sin aire retumban en el pecho. Acaecida ya la maldición del poeta, forja su hábitat con la cruz que se hace hacha, expulsado de la aldea, entiende el deber ser como persona en la pantomima utilitarista donde su esencia ahora es nada.

El romanticismo es profundo como la época oscurantista en la que nace. El dragón de la memoria, sopla fuego, detrás la torre. Vi la princesa en el espejo, brillan unos ojos tristes que ven en lo invisible otros ojos que la niegan, que ella comprende y que su aliento roza, desgarra la sensatez arrancando su vestido – metafóricas ruinas de olvido –. Teje con los retazos su propia huida, en esta sociedad posmodernista ningún ego se permitiría rescatarla. Debe salir, su castillo poco a poco se incinera.

Te acaricié mil noches en mi cuerpo, te besé con los detalles, te sujeté en mis sueños evitando despertar esta pesadilla. Nunca más quise morir, viviendo para encontrarte. Construí mi estima en el esfuerzo, querer tanto hasta observar la racionalidad del miedo, gallardía heroica la de atreverse a pensar con los sentidos, aborté mi realidad en un desprecio irrelevante. Perdóname por intentar y con eso incomodarte, por favor, y házmelo saber, merezco perdonarme.

La suavidad de tu cabello negro, fue fugaz entre mis manos. Me tatúe tu olor e hice bitácora de tus movimientos en un hotel de paso. Tus labios en mi piel me contaron bella. Quise quererme en una palabra tuya, la que se extravío en una súplica por absolverme. En el color de tu voz brota paz como la lavanda, al escucharte me seduce, fui prohibida en el silencio. Vi entonces hacia dentro, añorando una imagen hecha pedazos, un rompecabezas de mil piezas en la mesa del comedor, que armamos después de la cena con mamá y papá. Me sentí tan niña, un corazón brillaba nuevamente en la penumbra.

El carácter que de ti me gusta es el mismo que tristemente me fractura, muros inmensos definen corredores maltrechos de moralidades apabullantes construidas entre el mercado y los algoritmos. No hay fotografía que enseñe el calor acogedor de un día en primavera. Salvé mi tropiezo en el abismo con diálogos huérfanos como mi adolescencia, escribo esta carta porque una vez más no elijo lanzarme. De mi dignidad agonizante aprendo que respirar ya es una hazaña, motivo de alegría, es un regalo invaluable el oxígeno que nutre y cicatriza.

Vine a dar lo que no tuve y dimensioné el valor que al ignorarme anulo, era yo el bloqueo, lo que no se acepta, pero atraviesa. Sentí culpa y la grandeza de la soledad cuando se elige sin rencores. La generosidad del universo se condensó en un abrazo verdadero, aquel en el que otra alma se abre a recibirte por un instante. No podría odiar a quien besó mi frente, fui testigo de contenida dulzura. Me enamoré de una mirada y no se objeta lo bonito de ese absurdo.

El asedio del purgatorio tras una sentencia que me castiga y en este grito mudo he venido a apelar, caminar el infierno de la esperanza nostálgica en aquello que no ha sido, sobre los hombros una mente lastimada que no quiere ser más. Temí patológico mi anhelo reprimido, yo que con vergüenza adoré mi útero y nuestra capacidad, más en el regocijo de quienes me quieren observé la primitiva trascendencia y la inmarcesible luz que da, familia y familiaridad.

Quise en ti lo divino, lo que estuvo en mí guardado, ciegamente fui torpe con los límites al buscar aquello que por su rechazo no he necesitado. Quizá mañana me florezca un jardín con las lágrimas que van a la tierra donde labro estos vocablos, tendré entonces rosas para adornar mi hogar y compartir a mi compañero, si ocurre ese raro milagro de la oportunidad; conocernos y encontrarnos.

Agradecí estar, y estar siendo sin tiempo ni espacio, en el verso que recita mi nombre real. En un murmullo abrupto alguien lo supo; supo que amo, aunque todavía nos cueste aprender a amar.

Un abrazo siempre…

María Camila Chala Mena

Poeta. Abogada con énfasis en Administración Pública y Educadora para la Convivencia Ciudadana, Especialista en Gerencia de Proyectos y Estudiante de Maestría en Ciudades Inteligentes y Sostenibles. Fundadora de Ágora: Laboratorio Político. "Lo personal es político".

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