Carta abierta a José Fernando Escobar

Esto se lo escribo, sobre todo, a José Fernando Escobar, no al alcalde que usted encarna, aunque resulta imposible realizar una división cual si fueran productos de un mercado. Y como sé que también tiene cierto poder, intentaré ser breve porque bien sé que cuando los hombres consiguen poder, pierden tiempo. Y también sé que el hombre que quiere poder solo quiere escuchar cuando está buscándolo… aunque a veces pueda escuchar.

José Fernando, David Sepúlveda era un joven de 21 años, otrora jugador de fútbol y privado de la libertad hace algunos meses. Quizás cometió un error, o quizás solo era un inocente más detrás de las miserables cárceles de Colombia. Y quizás en algún momento, en el pequeño mundo de Itagüí, habremos pasado el uno junto al otro o quizás habríamos estado en el mismo lugar ignorándonos, pero cada uno con proyectos. Seguramente algo teníamos en común, incluso con usted: querer este rincón de tierra, este que tal vez su madre, hoy adolorida, seguirá queriendo porque seguramente no dejará de habitar estas calles; y es que ya decía algún pensador que uno es de donde son sus muertos.

David también era un joven de esa parte de Itagüí que es y no es del municipio, esa a la que miran cada cuatro años y a la que le invierten en uno que otro andén, y en la que el Estado hace presencia muchas veces de la manera en la que ellos no quisieran que estuviera: cansado y con migajas. Quizás esa sea la Itagüí profunda o quizás allí ni siquiera haya Estado, aunque esa pueda ser su manera de estar: no estando.

Observe abajo la fotografía de David, esa que seguramente tomó alguno de sus amigos. Observe al fondo: allá están esos a los que las oportunidades no les faltan, sino que les sobran; esos a quienes las oportunidades no les llegan cansadas ni desgastadas. Estoy seguro de que él, desde acá, en algún momento miró hacia allá y quiso estar en alguno de esos edificios; y los de allá en algún momento habrán mirado hacia acá, si es que tuvieron tiempo, y habrán lamentado las condiciones de estas zonas.

Como quizás usted sabe, ese David del que le habló murió el lunes 22 de agosto… y no en las mejores condiciones.

Por eso, lo invito a que haga la tarea de imaginarse el insoportable dolor que habrá sentido David en su celda antes de morir. Dicen que vomitaba, que se defecó y que su respiración estaba afectada. Quizás usted nunca ha tenido que soportar dolores sin, al menos, intentar aliviarlos con algún medicamento o alguna atención médica…o con el calor y la compañía de Deisy y Mariana. En medio de nuestras diferencias sociales y económicas, quizás usted y yo tenemos ciertos privilegios que otros no tienen, privilegios seguramente muy opuestos a los de David.

Seguramente, en medio de sus dolores, David pidió perdón a su madre ausente, esa que no pudo escucharlo para acariciarle el cabello o tocarle la frente mientras le ofrecía algún tipo de socorro. Esa que no pudo decirle que todo iba a estar bien.

Vuelva a la cara de David, y lea este titular de hace algunos días: “Tres días en la celda y lo sacaron cuando iba a morir”. Y es que a las 3 de la mañana del viernes 26 de agosto le habría comenzado a doler el cuerpo, y en la mañana de ese día los internos les habrían dicho a los guardias que lo sacaran, que no era capaz de pararse y que se estaba vomitando. Supuestamente, lo revisaron los bomberos y habría vuelto a la celda decaído y con una respiración anormal. Imagínese la escena.

Ahora, imagínese esta otra escena: luego de que los otros internos alegaran que lo llevaran a algún hospital, los guardias solo lo habrían sacado y dejado en el pasillo, tirado como algún colchón sucio hasta que él mismo, según los testimonios, pidió que lo regresaran nuevamente a la celda. Quizás sentía que ya ni a la dignidad tenía lugar.

Quiero que se imagine esta otra escena: una vez en la celda, habría seguido vomitando, aparte de defecarse en su ropa, como mencioné arriba. Por esa razón lo habrían amenazado con un traslado, pero él, del susto, habría dicho que no tenía nada, aun cuando los otros internos seguían insistiendo en que lo socorrieran. Escuchando el llamado, lo habrían puesto en una camilla, le habrían dado algún medicamento y, cuando volvió a la celda, según los testimonios, parecía como quemado. Quizás estaba intoxicado.

Imagínese esta última escena: ante la gravedad del caso, habrían llamado a los bomberos, quienes presuntamente llegaron unas 3 horas después. Cuando David salió de la subestación Los Gómez, ya tenía, según quienes lo vieron, manchas negras en todo el cuerpo y los labios morados. Finalmente, David murió a las 4 de la madrugada del lunes, mientras usted y yo dormíamos al calor de nuestras cobijas y nuestras comodidades. Y hoy, mientras usted hace lo suyo y yo lo mío, David se descompone en alguna bóveda del cementerio principal de Itagüí, con su dignidad también muerta.

Muy posiblemente David le rogó a alguna elucubración fantasiosa que no lo dejara morir, o quizás se lo dijo al que tenía al lado, que pudo ser el médico o la enfermera. Ni siquiera esa súplica se la pudo decir a su madre. Lo cierto es que usted quisiera morir al lado de Deisy y Mariana, y yo al lado de los míos; y es que si bien es cierto que la muerte es algo que debemos suscribir infinitamente solos, nadie quiere llegar a ella solo.

José Fernando, nosotros estamos vivos y vamos a tener la oportunidad de equivocarnos y tratar de ser mejores seres humanos, que a la larga debería ser esa nuestra tarea en este trasegar en la Tierra; él no va a poder ni siquiera intentarlo, porque su vida fue borrada de un plumazo por la presunta negligencia del Estado representado en la autoridad de policía y en la administración municipal.

David representa la vida de esos nadies, como diría Galeano; o de esos ninguneados, como diría William Ospina. Ciertamente, para esta sociedad descompuesta, David no vale nada, ni para el Estado ni para nuestras memorias. Hoy David ya no es noticia porque él no pertenece a las familias que chocan sus vasos de whisky, ni a las que celebran los números verdes en la bolsa de valores.

Para terminar, observe la foto de abajo: David está en El Cubo y tiene un uniforme con las marcas de Itagüí. Él no podrá volver ni a ese ni a ningún otro lado. A él las oportunidades no lo siguieron cobijando. ¿Qué hizo mal Itagüí para que David fuera a pernoctar en una cárcel y ahora en una bóveda? ¿Qué dejamos de hacer como sociedad para que David hoy ya no esté?

Mire, José Fernando, pocas veces me he acercado a usted, y percibo que es alguien que quiere hacer las cosas bien. Siento que es un ser sintiente, más allá de ser un alcalde. También creo que es un equivocado de buena fe, en tanto cogobierna con una mafia política liderada por un hombre de cuyo nombre no quiero acordarme. Y también estoy infinitamente convencido de que todos los días, antes de que se acabe su período, va a tener la oportunidad de hacer las cosas mejor y de recuperar, al menos, la dignidad de David.

 Santiago Molina

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About the author

Santiago Molina Roldán

Licenciado en Humanidades, Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia.​

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