Opinión

Camino del 14 de abril

El fracaso de la dictadura había llevado al rey Alfonso XIII en los primeros días del año 1930 a nombrar al frente del Gobierno de la monarquía a otro general, a Dámaso Berenguer, para sustituir a Miguel Primo de Rivera, que falto de apoyos había dimitido.

El nuevo jefe del ejecutivo enseguida asume que ha de devolver al país a la (no para él) anómala normalidad de 1923 y hace de la convocatoria de elecciones el estandarte de su actuación. Muchos de los prohombres del régimen de la Restauración, de lo que queda de ella, los más osados, exigen que se convoquen Cortes Constituyentes. La oposición a la monarquía, republicanos y socialistas vale decir, no quiere participar en el tinglado. La crisis económica internacional empieza a sentirse en el país, y la conflictividad social no tarda en palpitar.

En febrero del año siguiente, de 1931, el día 14, Berenguer dimite, poco después de que, a la oposición moderada que pide Cortes Constituyentes, auténticos políticos monárquicos (el conde de Romanones, por ejemplo) sugieran que se vaya por ese camino pero tras unos comicios locales que a ellos les urge convocar para rehacerse con las riendas que les dejen en inmejorable situación para las elecciones legislativas.

El día 18, el rey ha fracasado en su intento de que encabece el Gobierno alguno de los líderes de la oposición moderada, constitucionalista, y nombra al anciano almirante Juan Bautista Aznar presidente del Consejo de Ministros con el objetivo de preparar elecciones. En realidad, nada ha cambiado, el nuevo Gobierno, donde el conde de Romanones es en realidad su figura prominente, es más de lo mismo: la oligarquía que había sido incapaz de democratizar el país y le había llevado a una dictadura militar intentaba ahora apuntalar al régimen monárquico en medio de una Europa dislocada por la presencia de los autoritarismos nazi, fascista y comunista.

Por si la agonía del reinado de Alfonso XIII no fuera cada vez más explícita, llega en marzo el consejo de guerra contra los miembros del Comité Revolucionario detenidos que habían promovido en diciembre del año 30 la fracasada sublevación que tuvo en los sucesos de Jaca su más conocido acontecimiento y sus más preclaros mártires. En aquel juicio resulta evidente el apoyo que en la calle, y en la sala judicial, reciben los sediciosos, los dirigentes socialistas Francisco Largo Caballero y Fernando de los Ríos, y el ex ministro monárquico Niceto Alcalá-Zamora, condenados al final únicamente a seis meses y un día de prisión, en lo que se tiene como una sentencia más al régimen monárquico que a los conspiradores.

Mientras tanto, el almirante Aznar anuncia el calendario comicial el día 6 de ese mes de marzo: elecciones municipales para el 12 de abril, provinciales para el 3 de mayo, y legislativas para junio: al Congreso de los Diputados el día 7 y al Senado el 15. La oposición al régimen dice ahora que sí, que competirá en las urnas. De hecho, republicanos y socialistas afirmarán en su manifiesto del 4 de abril:

«De las urnas, sobre todo en las grandes poblaciones, ha de salir la respuesta a ese gran interrogante que tan hondamente preocupa a todos los españoles: ¿República o Monarquía?».

Ocho días después, el 12 de abril de aquel 1931, de los 81.099 concejales que se dirimían en aquellos comicios que, pensados como los primeros, iban a ser los únicos de la agenda de Aznar y los últimos del reinado de Alfonso XIII, los claramente monárquicos obtienen 34.233, muchos más que republicanos o socialistas, pero es en las ciudades donde estos dos últimos grupos, dispuestos a acabar con el régimen de la Restauración, barren de una forma meridiana logrando si sumamos los votos obtenidos por unos y por otros nada más y nada menos que más del 61% de los sufragios, y triunfando en la mayoría de las ciudades relevantes del país, concretamente en 41 de las 50 capitales provinciales.

Hasta el almirante y presidente Aznar reconoce que el país se acostó monárquico pero se levantó republicano. La suerte del régimen monárquico borbónico está echada. [continúa en Instauración de la República de abril]

 

Esto fue escrito por

José Luis Ibáñez Salas

Comencé a ser algo parecido a un editor cuando en 1990 trabajé a las órdenes de Ricardo Artola en la indispensable Enciclopedia de Historia de España que dirigía su padre, Miguel Artola. Desde 2008 hasta 2012 dirigí la colección Breve Historia de Ediciones Nowtilus y a partir de ese año la colección Biografías de Sílex Ediciones. Un año más tarde publiqué para esa misma editorial El franquismo. Soy asimismo editor de libros de texto en Santillana y fui el editor responsable del área de Historia de la Enciclopedia Multimedia Encarta de Microsoft. En la actualidad dirijo la revista digital de divulgación histórica Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com), escribo para la revista digital española Fernando Martínez y soy el director editorial de Punto de Vista Editores.

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