Caminando en círculos

“El sufrimiento reverdece los pastizales; el miedo, en erótica unión con la luna, ilumina las plateadas hojas de los yarumos; la muerte grácil vuela y florece en una lluvia de colores bajo los guayacanes. La naturaleza, un espectáculo retorcido bajo el gobierno de hierro de los señores de la guerra.”

“América es ingobernable para nosotros”, dura afirmación de un gobernante americano que pretendía gobernar su pedacito de América para él solo hasta el último estertor. Dictador de múltiples retratos y una sola obra. En algunos de ellos es el hombre que con sus manos quiebra las cadenas españolas, en otros, es quien, montado a caballo, mirada altiva casi oracular, desfila triunfante sobre los cadáveres de sus hermanos opositores a su ambición; para unos, libertador sempiterno, para otros, traidor de la unidad del hispanismo. En todo caso, es la figura fuerte que se desmorona para que todas sus repúblicas caigan bajo el desorden absoluto y la colonización económica y política de otras potencias. Bolívar, el hombre fuerte y soberbio que todos quieren emular y no padecer; Bolívar, la pintura que cuelga sobre las falsas chimeneas de sus imitadores libertadores, señores de la guerra, señores del orden.

Estos señores de la guerra, forzados herederos de su presencia, naturales hijos de su crueldad se levantan temprano, ponen el café al fogón mientras leen la prensa nacional. Los titulares son los mismos, las imágenes, siempre conocidas. Puede ser la edición de ayer, del ’68 o del 2036. Los encabezados se repiten, las tragedias proporcionales en horror e intensidad, y la culpa siempre de Fidel y los soviéticos. “Qué mal va el país” es la única frase que retumba entre sus delgadas canas, pero el negocio va bien, y el dinero corre. Corre como los ríos corren. Corren como la sangre que lo desliza corre. Y recuerda aquella impúdica canción que reza “Matar es mi negocio… ¡y el negocio es bueno!”. Total, la cosa nunca ha sido con ellos. La cosa es de los mamertos comunistas, de los cerdos capitalistas, de las ratas anarquistas. Él sólo trabaja y sale a trabajar como cualquier buen ciudadano sale a buscar el pan.

Los señores de la guerra apagan el café que burbujeando es vertido en una tacita de blanca porcelana. Prueba un sorbo, toma sus botas, el machete para deshierbar y sale a cumplir con sus tareas domésticas. Ha llovido, igual que cada noche desde hace más de doscientos años y entre el lodo brota la maleza que se resiste a la extinción. Enredados entre cardos y ramas, de la tierra removida por las aguas florecen dedos y piernas cercenadas de los antiguos moradores de estas tierras y que siguen esperando el justo pago por lo que fuese suyo alguna vez. Fue uno de esos negocios incómodos donde el vendedor no quiere ceder a la oferta y hubo que pagar de más. No importa. Un machetazo por aquí, otro por allá. La maleza sucumbe al filo y los huesos vuelven a sus fosas. Algunos logran escapar. Se dice que se escabulleron entre árboles y quebradas para refugiarse en oscuras y húmedas cavernas a las márgenes de la gran ciudad. La tierra, la buena tierra de Dios, ahora abonada por los buenos, los buenos hijos del Señor, y sus nuevos cuidadores, sus honestos, honestos señores de la guerra están aquí para seguirla regando. El sufrimiento reverdece los pastizales; el miedo, en erótica unión con la luna, ilumina las plateadas hojas de los yarumos; la muerte grácil vuela y florece en una lluvia de colores bajo los guayacanes. La naturaleza, un espectáculo retorcido bajo el gobierno de hierro de los señores de la guerra.

Después del duro laborar, salen cada tarde a asustar. Para ellos todos los días son de Halloween y hoy abren el armario sin saber qué disfraz vestir. Puede ser con la banda de los revolucionarios, tal vez la paramilitar, o así sin más. Cualquiera servirá. Reúne a sus peones, los dota del uniforme del día y, con sus cestitas de mimbre salen a tocar de casa en casa. En unas arrancan del bolsillo un par de monedas oxidadas de la época colonial, en otras se desenroscan la cabeza y los brazos, rodando huecos y resonantes por las laderas de las montañas. Algunos desenchufan un par de venas y sirven en deformes pocillos de plástico el barro amargo que calme la sed de sus comensales; otros sacan desde el ombligo alguna víscera para completar la faena y decorar este Guernica goteando bajo las raíces de la tierra.

Los señores de la guerra, satisfechos con el deber bien cumplido, apagan silenciosamente las luces de la casa. Agachado, protegido por la complicidad de la noche, destiende su cama y, luego de un padrenuestro, tres avesmaría y un gloria, dan gracias a Dios por un día más. Las luces entre el bosque, desorientadas en la oscuridad, entre caminos cruzados y sin salida, siguen el rastro putrefacto que cada vez más se apodera del frugal hogar de los señores de la guerra. Y se acercan a pesar de chocar entre los árboles, a pesar de los depredadores entre los arbustos, a pesar de las olvidadas trampas de cazadores que algún día entre las selvas intentaran domar estos ultrajados surcos de las cordilleras. Y la noche se calla. Sólo entre la lluvia se oye el cantar de búhos y lechuzas, fantasmas y desaparecidos. Todos los escuchan a kilómetros de distancia y con un solo susurro se aquietan las bocas y los corazones anestesiados por tanto dolor. La respuesta es callar, y ante el balbuceo, el cantar de los gladiolos.

No es lo que Bolívar soñó, puede que sí sea lo que vislumbrase. Esta es su obra, somos sus desgraciados hijos huérfanos, el reflejo de su ambición. No sabemos aún cuántas generaciones malditas quedan para el chasquido de dedos que acabe con esta hipnosis autodestructiva de quien se arranca parte por parte para devorarse, creyendo que se alimenta y crece. Los consagrados al Sagrado Corazón sólo miran las espinas y nunca la sangre.


Todas las columnas del autor en este enlace: Juan Fernando Gallego Barbier

Juan Fernando Gallego Barbier

Estudiante de filosofía de la Universidad de Antioquia y técnico auxiliar en tanatopraxia. Buscador de mundos más allá para entender este más acá, particularmente desde la literatura, la poesía y la religión.

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