Buena actitud, siempre

Bajaba por la Avenida La Playa y por el mismo andén subía el ilustre maestro Barrera en compañía del celebrado escritor Andrés Felipe de San Martín de Porres y del Santísimo Sacramento.

El maestro, generalmente apacible, traía en el rostro un gesto de notable contrariedad y le dije: -maestro está usted de malas pulgas, qué le aconteció? Más me demoré en terminar qué él en saltar como liebre: -Vengo de una audiencia y me tuve que encender con la juez que se comportó con necedad inaudita, sátira va, satira que viene sobre mí exaltada humanidad.

Me imagino maestro que debió verse usted como un puerco espín con el copete napoleónico erizado como las púas de aquel animal. -Pues algo parecido, no tenía de otra, respondió.

-Cómo se ve, maestro, que usted no ha leído un solo pensamiento de Michelangelo Bounarroti. -De quién me habla usted?. -Maestro, le hablo del célebre Miguel Angel genio el más fecundo del renacimiento. Le cuento que él definió la inteligencia emocional como “el arte de llevarse bien con los demás”, sin zalamería, sin lambonería, sin adulación, porque le cuento que estás son las asesinas de la amistad y de las relaciones sinceras.

-Entonces, ¿qué quería que hiciera? -Pues hombre no estoy para dar consejos le dije, pero vamos a ver qué le dice a usted la siguiente anécdota:

Era frecuente que Napoleón se trabara en discusiones con su obsecuente servidor Joseph Fouché, comúnmente conocido por la posteridad como Fouché. Las obstinadas actitudes de Fouché enfurecían a Napoleón, ante todo porque aquél se limitaba a responderle “no somos de la misma opinión, señor”. Tantas veces se lo dijo que al final Napoléon ya cansado, le gritó con furia: -Creo que debería hacerle cortar la cabeza, a lo que Fouché se limitó a decirle una vez más: -le repito, señor, que no somos de la misma opinión. La actitud salvó la cabeza de Fouché.

-¡Nunca se iguale maestro que sale perdiendo!, le agregué.

Y a usted ilustre acompañante, el del nombre largo y santo le traigo una razón de Émile Herzog que le viene bien como escritor: salió de una comedia que juzgó mediocre y, al parecer a la salida, le comentó a unos amigos: -lo siento por el autor, está perdido. A lo que alguien le repuso: -¿como se le ocurre, si es un éxito!.

Impertérrito Émile redondeó el comentario de la siguiente manera: -Precisamente. Cualquier autor es capaz de superar un fracaso. Pero es muy difícil que un mal autor sea capaz de superar un éxito. Está completamente pérdido.

Asi que ilustre escritor, cuídese de los éxitos de librería. Y para que no quede como perdido en la nebulosa le cuento que el tal Herzog fue nadie menos que André Maurois, famoso biógrafo de literatos y políticos.

Tiro al blanco: y lástima que Maurois haya muerto en 1967 porque de haber vivo más, bien pudo haber escrito las biografía del maestro cuya vida es muy parecida a la de Enrique VIII, la suya admirado escritor y la mía.

Francisco Galvis

Abogado | No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo

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