Ayer

     

Prólogo para el vacío

La luz al final del túnel es una promesa del esfuerzo, la recompensa de un no rendirse, de no rendirse en una. Adormecer el dolor abrazando una suave ausencia, mis tripas aprietan la rabia para correrme una lágrima de remembranzas que me invitan a continuar, ya casi amanece.

Me precede el olvido, quizá, o tal vez el abandono de mis propios restos. He pretendido revestir un fantasma, en otrora mi verdugo, tantas noches habitando un profundo miedo. Perdí la noción del abismo y despierto en un lugar distante, un rayo de realidad sonríe en mi ventana anunciando en la adversidad que cuento conmigo, mis palidecidas carnes no desvanecen.

En combate con la sensatez para hacerme texto antes que un pensamiento atente contra mis latidos, sujeté un perdón de la inmensa culpa mientras rompí en llanto porque pasados el amor y mi amar me habían destruido. Me escondí del espejo cómplice que jamás fue amigo. Huir hacia mí donde estar sola es mi alivio, me forcé a dormir porque de la inocencia de un verso aprendí que no se debería matar a los niños.

El juicio me retracta como la escena del crimen y el castigo. En esta isla hecha prisión no caben dos, por eso valoro que no se haya quedado a estar lúgubre y sombrío, más me indicó un faro en tierra firme donde no cabe el sufrimiento porque el agradecimiento a llenado el espacio inspirando un querer bonito. Navegar océanos de sed entre tormentas de silencio, arrojarme a tal deriva para no pasar un minuto más en aquella cárcel flotante hecha de las cenizas de un lejano ayer en el que se me reveló el infierno.

Despertar en el cuerpo de una mujer adulta, mis ocupaciones son el consuelo de la angustia, la angustia mengua la ansiedad porque sugiere la incertidumbre como esperanzadora abrupta. Mi vida se condensa en un parpadeo y tengo la oportunidad de continuar. Nostalgia mi ilusión como la piedra de Sísifo, peso muerto el de los años que omití marcar en el calendario de mi aflicción.

El frío de la ciudad, una selva de cemento, me depara para cazar y es sagaz el argumento que me concede la verdad sobre el dolor y mi habilidad forjada en sollozos desgarradores y tímidos lamentos. La contaminación del entorno me reta a inmunidades que privan los sentimientos y vierto mi fe en un vaso de agua para regar el jardín que yace en mi pecho, hoy me crecen flores en el fango y árboles frutales en el oasis del desierto.

 

 

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María Mercedes Frank

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