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Hay momentos en los que crecer deja de ser solo una buena noticia y se convierte en una responsabilidad que debe ser asumida con planeación y visión de largo plazo.
El Oriente antioqueño pasó de ser rural a motor económico, industrial, turístico, agrícola y logístico de Antioquia. Allí convergen un aeropuerto internacional, infraestructura que mueve la economía, empresas que generan miles de empleos, ofertas de turismo para todos los gustos y una población en crecimiento.
Este territorio cambió más rápido que nuestras formas de planificarlo y cuando una región crece así, ya no basta con que cada municipio piense en sus límites. Hay que pensar en conjunto.
La movilidad no termina en una frontera municipal. El agua tampoco. La seguridad no conoce límites. Un ciudadano puede vivir en un municipio, trabajar en otro y recrearse en alguno más, Por lo cual, la discusión sobre la posibilidad de conformar un Área Metropolitana del Valle de San Nicolás no debería reducirse a una pregunta sobre una figura administrativa.
El próximo 29 de noviembre, los ciudadanos de La Ceja, La Unión, El Carmen de Viboral, El Retiro, El Santuario, Guarne, Rionegro y San Vicente Ferrer podrán decidir sobre esta figura y en medio del debate por el sí o por el no, debemos hablar de ella sin consignas y sin miedo.
Esta integración permitiría coordinar movilidad, seguridad, ambiente, servicios públicos y planeación territorial. Estoy convencido de que la asociatividad puede enfrentar desafíos que superan las capacidades municipales.
También existen preocupaciones de quienes temen que una estructura metropolitana profundice las diferencias entre el Valle de San Nicolás y otros municipios del Oriente, especialmente Rionegro. Otros defienden una visión más amplia de los 23 municipios de la subregión, mediante provincias y otros esquemas asociativos. Ese debate hace parte de qué territorio queremos construir.
Si hablamos de movilidad, necesitamos planear corredores regionales y sistemas de transporte que respondan a quienes se desplazan diariamente por el territorio.
Si hablamos de seguridad, debemos entender que las estructuras criminales no respetan fronteras municipales y que la información, la prevención y la reacción institucional requieren coordinación.
Si hablamos de medio ambiente, debemos asumir que una quebrada, un río o un bosque no entienden de límites políticos.
Si hablamos de vivienda, debemos preguntarnos dónde se construye, dónde trabaja la gente y qué servicios tendrá.
Y si hablamos de competitividad, el crecimiento debe generar oportunidades para los territorios vecinos.
Integrar no es concentrar el crecimiento en unos pocos municipios mientras los otros observan. Las figuras institucionales son instrumentos que bien administradas son exitosas y el mejor ejemplo es el Área Metropolitana del Valle de Aburrá.
Antioquia necesita superar la idea de que cada municipio puede resolver por separado problemas que son regionales. Necesitamos entender que el desarrollo del Oriente no debe competir consigo mismo, sino complementarse y necesitamos decisiones sobre el territorio con visión de futuro.
Una carretera se puede construir en cuatro años. Un hospital puede levantarse en dos. Un intercambio vial, en meses, pero una región se construye durante generaciones.
Por eso esta discusión importa mucho más allá de una consulta popular. Está en juego nuestra capacidad para anticiparnos en lugar de reaccionar cuando los problemas nos alcanzaron.
El futuro del Oriente no puede depender de dónde termina un municipio y comienza otro. El futuro del Oriente —y buena parte de Antioquia— depende de entender que, cuando los problemas son regionales, las soluciones también deben serlo.















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