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Aproximación al concepto y alcance de la diferencia

“…sea imponiendo igualdades (socialismo) o eliminando diferencias (nazismo), el resultado de acabar con la diferenciación social es sentenciar a esa sociedad a una manifestación clara y violenta del absurdo por el camino de la pérdida de información, lo que siempre equivale a alguna forma de muerte, ya sea el Holodomor ucraniano o el Holocausto nazi”.


La igualdad

A todos, en algún momento, nos ha pasado: usamos una cinta adhesiva transparente y tras un corte limpio de la misma, el extremo de la cinta se adhiere de nuevo al rollo y lo perdemos de vista. Lo ponemos a una luz más intensa tratando de ver en los reflejos la ligera marca del extremo extraviado. Pero a pesar de las vueltas que le damos, no lo distinguimos. Probamos entonces con la uña del pulgar o del índice intentando sentir el más ligero desnivel. En una de esas vueltas nos pareció sentir que la uña había captado algo. Lo llevamos a la luz de nuevo y nos ponemos a rascar para ver si logramos levantar alguna puntita aunque sea y, a partir de allí, poder levantar el extremo perdido de la cinta… ¿Qué nos faltaba para poder recuperarlo? Una diferencia, en este caso, visual o táctil, que nos informe acerca de dónde había quedado la punta buscada.

Supongamos, ahora, dos rectángulos. Uno, pongamos por caso, verde y el otro rojo. Ambos están en contacto por uno de sus lados. ¿Cómo los distingo entre sí? Aunque la respuesta más obvia podría ser “por los colores”, existe una respuesta más esencial: los distinguimos porque los colores son diferentes. Y diferentes entre sí. Este detalle tiene una importancia muy grande, porque en nuestro hábito de concebir la realidad en términos de “cosas”, queremos creer que una diferencia es una cosa, y esa perspectiva epistemológica -esa manera de crear realidad- puede llevarnos a preguntar: entre la mancha verde y la roja ¿dónde está esa “cosa” a la que llamo “diferencia”? ¿En el rectángulo verde? ¿En el rojo? ¿En algún punto entre el verde y el rojo? La realidad es que esa diferencia no está en ningún lugar y este principio epistemológico pone en jaque nuestra intuición inicial. Sin embargo, algo pasa que nos indica que su accionar es realmente efectivo y existente. En efecto: la diferencia entre el verde y el rojo nos ha permitido distinguir, por principio, que existen los dos rectángulos. Nos ha generado información: éramos unos que no conocíamos ambos rectángulos y ahora somos otros que sí conocemos a ambos cuadrados porque hemos distinguido la diferencia. Aquí nos topamos con una interesante definición de información que nos dejó Gregory Bateson: “…lo que entendemos como información -la unidad elemental de información- es una diferencia que determina una diferencia (a difference which makes a difference) en un proceso posterior”.
Con este término de “información” debemos tener cuidado: lo que suele tomarse como unidad de información es la que es válida en informática, y es el bit de información, que equivale a la selección entre dos alternativas que tienen el mismo grado de probabilidad de existir. El sistema binario utiliza el 1 ó el 0 para tal fin… el problema es que si atendemos a la definición de Bateson, la información no es el bit conteniendo ya sea un uno, ya un cero, sino la diferencia que existe entre el uno y el cero. Si da un uno o un cero, se generará en mí una diferencia relacionada con el uno o con el cero que hayan sido revelados, y eso es la información a partir de la diferencia entre ambos dígitos… pero el bit en sí no modifica nada en mí, por lo tanto no es una unidad de información, sino la diferencia entre los números de la alternativa binaria.

Así como la diferencia produciendo una diferencia ulterior en otro sistema, la llamamos información, resulta inevitable razonar por la contraria que, como vimos con el ejemplo de la cinta adhesiva, sin diferencias no hay generación posible de información. Por un lado es interesante ver que la información no es igual a energía: no es algo que fluye por cañerías, cables, por Wi-Fi o cualquier otro medio físico. La información no fluye: se genera. No es algo “material”. Cuando yo distingo las diferencias entre algo y su contexto (cuando capté una diferencia que generó en mi una diferencia), genero en mí información, lo que me permite reconocer figuras -los rectángulos de colores, por ejemplo- de un fondo, y a lo que llamamos usualmente “cosa”: me cambió, generó cambios en mi: un cambio que genera otro cambio: una diferencia que genera diferencia, es decir: información.

En biología

Ramón Margaleff -patriarca español de la Ecología tradicional- se pregunta: ¿por qué la vida no “optó” por la continuidad de su materia -como si de un gran protoplasma sin discontinuidades se tratara-, en lugar de fragmentarse en organismos diferentes? Y también se pregunta: ¿por qué la vida optó por la división en dos sexos, pudiendo reproducirse por simple brotación asexual, sin necesidad del “trámite” de la sexualidad? Aunque en su principal libro sobre Ecología no ofrece respuesta a estos dos interrogantes, entrevemos fácilmente, a la luz de lo antedicho, que a partir de, por ejemplo, las diferencias existentes entre una bacteria, un dinosaurio, una ballena y una palmera, se generan en el ecosistema las diferencias que le permiten al entorno generar información: la diferencias entre los organismos genera las diferencias en el entorno y esta diferencia tras una diferencia es lo que hemos llamado información.
Las diferencias en el entorno desencadenan nuevas diferencias en su relación con los organismos, los que se deben ajustar a los recientes cambios del entorno. Y al cambiar los organismos, el entorno debe reajustarse a su vez a los organismos… y así sucesivamente, en una escalada de cambios y reajustes que mantiene al ecosistema y al organismo en un balance dinámico y estable. El entorno -biótico y abiótico- se informa acerca de su propia naturaleza apelando simultáneamente a la perspectiva, por ejemplo, de un pez abisal, a la de un águila, a la de un gusano o a la de un Hombre. Y así como para Ortega y Gasset todas las miradas de la Humanidad constituían la mirada de Dios, toda la sensibilidad de todos los animales y sus propios procesos (sean de animales o no) le generan al planeta la información que necesita para seguir estabilizado y seguir funcionando como sistema vivo. Y con él, al Universo entero, ya que, en primera instancia, debemos considerar a la Tierra como un planeta que vive, y que al pertenecerle al Universo, con la Tierra, el Universo todo vive.

La falta de diferencias, por el contrario, entre los organismos agostaría más temprano que tarde, la riqueza informacional de la materia viva y de la no viva y ambas decaerían informacionalmente hasta extinguirse: el organismo dejaría de serlo para el entorno y el entorno ya no puede ser entorno de ningún organismo. El planeta moriría… y el Universo moriría con él (en el improbable caso de que sea el nuestro, el único mundo vivo del cosmos).

Algo parecido pasaría con el problema planteado por Margaleff con el material genético y la sexualidad. Al respecto, comenzamos aclarando que el ADN no “contiene” la información genética del organismo. La información, lo decimos una vez más, no es una cosa sino que es una especie de “algo” que se genera a partir de la recombinación del ADN durante la fecundación, para lo cual hacen falta la diferencia que aportan los sexos: las diferencias entre dotaciones genéticas de ambos sexos, obliga al ADN a confrontarse consigo mismo y a reconocerse, pero no en su “igualdad” (lo dijimos: la igualdad no genera información) sino a partir de sus diferencias. El material genético resultante en el hijo, resume la información generada a partir de la diferencia entre un sexo y el otro. Porque lo masculino es diferente a lo femenino, aun siendo ambos de la misma especie, es que la especie se reajusta a sí misma generando información a partir de las diferencias existentes entre los organismos parentales tras la fecundación. Este reajuste lleva a diferencias en las crías que llevan a su vez a generar información en el ecosistema, manteniendo activo al conjunto como un todo integral. De esta mutua generación de diferencias nace, también y desde ya, la posibilidad de la evolución biológica y con ella la autoconciencia y el pensamiento.

Las diferencias que se generan en nosotros, lo hacen porque nuestros sistemas nerviosos seleccionan diferentes variables según condicionamientos psicológicos y psicosociales… pero no nos separamos de lo visto: a la vez que generamos información en nosotros respecto del entorno por las diferencias seleccionadas, conformamos una unidad. Obviamente, resulta difícil -para no decir absurdo-, hablar de unidades indivisas mientras sigamos creyendo y creando separaciones del tipo “organismo y entorno” o “sujeto y objeto” u “observador” y “observado”. Decimos, al mismo tiempo que las dividimos, que las diferentes unidades divididas constituyen “una unidad”, pero es algo que se nos presenta de modo antiintuitivo. El problema es que rebajamos nuestro pensamiento de múltiples niveles de abstracción al nivel del lenguaje hablado… un lenguaje con una capacidad de “vuelo” relativamente muy bajo. De hecho, el lenguaje funciona por la vía de la digitalización, de las unidades que llamamos “palabras”: la vía de la división en elementos a su vez disociados y vinculados mecánicamente por una gramática… aunque siempre habrá un poeta que tratará de evadir esta limitación, afortunadamente.

Por su parte, la sociología, la psicología social, la teoría de la comunicación, la ecología, etc. son los recursos a los que apela la ciencia para tratar de “compensar” con sus conceptos de integración la ceguera frente a la relación, que como dijimos, es siempre previa a la generación de la información.

En lo social

Un organismo vivo que recién inicia su desarrollo ontogénico -cuando es un embrión recién formado- tiene todas sus células idénticas porque todas tienen la misma dotación genética. Pero rápidamente, las exigencias de especialización durante su crecimiento y desarrollo, las va diferenciando. Las diferencias irán potenciándose entre sí para que la generación de información que deriva de ellas, refuerce el proceso de amplificación que lleva a las diferencias extremas del organismo desarrollado… como la diferencia que existe, por ejemplo, entre una humilde célula de la piel y el universo físico y químico de una neurona.

Socialmente, solemos tener una omnipresente tesis utópica que considera viable la existencia de una sociedad perfecta, sosteniendo, como sostén ideológico, que toda diferencia es injusta. Rindiendo cuentas de todas las diferencias existentes, a pesar de la igualdad presupuesta como fundamento ideológico y político, se explica la preocupación por el control del medio a partir del cual se generarán los individuos diferentes de una sociedad igualitaria, aunque proveniente de una misma matriz, anclada ahora en el imaginario de una justicia ad hoc. Se trata de cancelar las diferencias bajo el presupuesto de una igualdad natural… como pasa con las hormigas, que son todas iguales, pero donde las exigencias de la supervivencia del ambiente del hormiguero, las va conduciendo, desde un mismo molde, a desarrollar diferentes funciones: hormiga reina, hormigas obreras, hormigas soldados, etc. Y así concibe el igualitarista a la sociedad: con la simplificación de un hormiguero. No ve las recursividades que tienen todas las decisiones que se toman y de qué manera la sociedad misma busca, para su lograr su propia información respecto de sí misma y del entorno, generar tantas diferencias como sean posibles.
Trabajar sobre el ambiente humano consiste, esencialmente y en este contexto, en la intervención en el ambiente formativo del Hombre: su educación. Este trabajo consiste en el esfuerzo ideológico y propagandístico para conseguir sociedades utópica y pretendidamente perfectas surgidas del principio quimérico de justicia, conformando un triángulo cuyos vértices serán ambientalismo, utopismo e igualitarismo. Sobre este triángulo de hierro es sobre el que se construirá una nueva e inevitable diferenciación bajo un control no del todo confesable y que lleva a que ciertas personas que se integran a esta estructuración jerárquica, aceptan el principio de que ciertos hombres deberán mandar y decidir sobre todos los demás. Esta es una paradoja de la cual surgirán las inevitables opresiones sociales que aparecen en todos los igualitarismos: todo lo que afecte a la igualdad será acometido como enemigo. Y es, obviamente, la misma opresión, sólo que intensificada por la vía de la especialización (léase: “simplificación”): con los “comisarios políticos” y todas sus variantes ahora perfeccionadas por sentirse avalada por un marco ideológico de Igualdad, Justicia y Verdad.

Las formas de pensar y de sentir como individuos deberán desaparecer y ser reemplazadas por otras formas que rápidamente se vuelven religiosas (por ejemplo, la estrella pentalfa soviética era propuesta como la “nueva estrella de David” para la comunidad judía antes de ser diezmada por el stalinismo); amén de nuevos códigos morales, nuevas formas del derecho que siempre se ajustan a los principios teóricos y prácticos, etc. La cuestión es que el nuevo régimen igualitario terminará restableciendo de un modo más nocivo que antes, las mismas injusticias que se denunciaban. En efecto: amparados a la sombra de una siempre incierta nebulosa ideológica (siempre modificable y cínicamente ajustable a cualquier cuestionamiento), las autoridades igualitarias buscarán justificar el estado desigual de la sociedad que crean, por un camino explicativo entre metafísico y científico que suele resumirse en el historicismo: la realidad surge del devenir de la Historia: el igualitarismo -tome la forma que se quiera- es históricamente inevitable, cuyo futuro ya está escrito en cualquier mito: la superioridad de una etnia o el devenir dialéctico de la realidad… y bajo esta premisa pseudocientífica, aquellos que sepan cuál es el devenir de la Historia, serán los que definan cuál será el camino a seguir para que la Historia llegue a su utópico clímax igualitario. De esta manera, los líderes surgidos de la nebulosa ideológica adquieren una dimensión revelada que resulta indiscutible, como por ejemplo “el padrecito Lenin” en matrimonio místico con la “madrecita Rusia”. Los líderes que se destacan como tales, administrarán la igualdad bajo el nombre de “La Verdad”. Tal verdad debe ser creída por la tautológica razón de que es verdadera y por lo tanto debe ser defendida a ultranza por la misma razón (hasta la muerte, propia o ajena). Por su lado, aquellos devotos de la verdad (porque, partiendo usualmente de argumentos científicos, derivan el discurso hacia un perfil religioso) deberán acceder a la igualdad a través de la colectivización que será siempre el corolario social de tal igualdad, y siempre por debajo del nivel de las minorías que conocen y se adueñaron -por revelación historicista- de La Verdad. En este marco, la sociedad deja de producir información en el sistema, y el conjunto se empobrece por vía de la igualación. La tiranía será el resultado sociopolítico indefectible del cese de generación de información en la sociedad a partir del igualitarismo. Un ejemplo de nación ávida de igualdad como lo fue Francia, tuvo, sin embargo, a un Montesquieu que sentenció en El espíritu de las leyes: “el espíritu de igualdad extremo lleva al despotismo de uno solo”. Otro ejemplo lo tenemos en Rwanda -África Central- en 1962, cuando estalló la guerra entre los hutus de baja estatura, sometidos, y los tutsis, más altos y sometedores. La rebelión de los hutus (en gran mayoría) terminó en un movimiento violento de igualación por el cual los hutus desplazaron del poder a los tutsis, y la primera medida que se tomó contra estos últimos fue cortarles las piernas a la altura de las rodillas para igualarlos en altura. Por semanas, los ríos de Rwanda estuvieron teñidos de rojo por los miles y miles de piernas cortadas que flotaban corriente abajo. También se puede buscar la igualdad por la vía de homogeneizar a la sociedad, como lo quiso el nazismo… Pero ya sea imponiendo igualdades (socialismo) o eliminando diferencias (nazismo), los resultados de acabar con la diferenciación social es sentenciar a esa sociedad a una manifestación clara y violenta del absurdo por el camino de la pérdida de información, lo que siempre equivale a alguna forma de muerte, ya sea el Holodomor (*) ucraniano o el Holocausto nazi. Un cierre filosófico a este sinsentido lo dio el existencialismo de Sartre, cuando éste afirmó que la existencia precede a la esencia, enarbolando la fórmula que establece que el Hombre sólo es lo que él mismo se hace con lo que hicieron con él, y consiguiendo la fórmula igualitaria por la cual, directamente, desaparece la aventura cósmica de vivir lo humano… aventura que incluirá también lo absurdo -qué duda cabe-, pero que contiene en sí misma los anticuerpos necesarios para su progresivo reajuste a las realidades diferentes que vayan surgiendo.

Los igualitarismos sociales, y sus respectivos absurdos, nacen en definitiva de no poder soportar ser quien se es. De no estar debidamente aleccionados (a esta altura de la historia humana) acerca de aquello en lo que derivaron todos los igualitarismos: paisajes sombríos, muros mentales, culturales, políticos y de hormigón, e inútiles crímenes e inmolaciones. Nacen, en definitiva, de no haber podido desarrollar un sentido de responsabilidad sobre nosotros y nuestro desarrollo social con un sentido fundamental de responsabilidad sobre nuestro legado humano hacia nuestro futuro.

(*) En ucraniano: “matar de hambre” (la hambruna de Stalin).

 

Esto fue escrito por

Horacio Ramírez

Poeta, artista plástico, ensayista, crítico de cine, dedicado al estudio de la Simbología Universal, mitología y religiones comparadas. Formado en el ámbito científico de la Ecología fue derivando hacia el arte, la investigación en teoría poética, literatura japonesa, filosofías religiosas occidentales y orientales.

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