![]()
No pidas que las cosas sucedan como quieres;
quiere que sucedan como suceden, y te irá bien.
– Epiteto
Albert Camus, en el Mito de Sísifo, rememora el castigo impuesto por los dioses al rey de Corinto, quien debe empujar una gran piedra hasta la cúspide de una montaña para verla rodar una y otra vez. Lo desconcertante del relato no es la roca, sino la obstinación. Camus propone imaginar un Sísifo feliz, frase que, tal vez, puede ser interpretada como elogio a la perseverancia. No obstante, puede encerrar esta cuestión: ¿qué distingue a quien insiste porque ha encontrado un sentido, de quien insiste porque no sabe hacer otra cosa?
Nuestra época tal vez podrá responder, nada. Desde distintas miradas, la sociedad insta a que fracasar no es una opción y que, quien abandona un proyecto, carece de carácter. Byung-Chul Han describe esta lógica como sociedad del rendimiento, en la cual el individuo se vuelve empresario de sí mismo exigiéndose más de lo que cualquier otro pueda exigirle. Si todo depende del esfuerzo propio, cada límite se convierte en un defecto personal. El agotamiento deja de ser señal de un cuerpo debilitado y se convierte en una afrenta moral.
Un estudiante manifestó que lleva varios semestres estudiando una carrera que no deseaba. Sus padres hicieron un enorme sacrificio para pagar sus estudios y él siente que abandonarla equivaldría a traicionarlos. “Yo no puedo rendirme”, expresó. Llama la atención, sobre este asunto, no su cansancio, sino la palabra elegida: para él, cambiar de rumbo no era una opción, sino una derrota. Aquí yace un problema, porque bajo un mismo nombre se han emparejado elementos diferentes.
Algo parecido vivió un exsacerdote, quien después de varios años de ejercer su ministerio, decidió solicitar la dispensa a la autoridad eclesiástica. En la cultura antioqueña, donde tener un hijo cura es motivo de orgullo familiar, su decisión fue vista como traición, y más de uno le recordó que “se es sacerdote por siempre” – lo que es totalmente coherente en la doctrina católica –. Había confundido la fidelidad a un compromiso con la fidelidad a sí mismo, y solo al soltar el primero, pudo recuperar el segundo.
Conviene entonces separar. A veces rendirse es huir, abandonar cuando algo se vuelve difícil, insostenible, indeseable, sin haber comprendido qué se busca, ni qué se pierde. Pero también puede ser reconocer. La escuela estoica hizo de ello una disciplina. Epicteto abre su Enquiridión distinguiendo entre lo que depende de nosotros y lo que no. Nuestros juicios, deseos y acciones nos pertenecen; el cuerpo, la reputación, el pasado y la voluntad ajena, no. Sufrimos, advierte, cuando se confunden ambas realidades y se le exige al mundo lo que sólo podemos exigirnos a nosotros mismos. Desde esa perspectiva, rendirse no es dejar de luchar, sino dejar de pelear contra lo que no puede ser vencido para concentrar la fuerza donde todavía no hay margen.
Aristóteles ofrece una tesis importante. Para él, el valor no consiste en avanzar siempre, sino en hallar el punto medio entre la cobardía y la temeridad. El temerario también se equivoca: confunde el empecinamiento con el coraje. Quien no sabe retirarse a tiempo no es más virtuoso, sino menos prudente. La phronesis, esa sabiduría práctica que se forma con los hábitos y la deliberación incluye saber cuándo una causa merece más esfuerzo y cuándo exige soltarla. Y eso, como todo lo que pertenece al carácter, se aprende, no se improvisa.
Heidegger en la Gelassenheit habla de la serenidad. Comprende la actitud que renuncia al afán de controlarlo todo para abrirse a las cosas que no son. No es pasividad, es una forma de atención.
Volví a pensar en aquel estudiante. Lo que necesitaba no era más fuerza de voluntad, sino una distinción. ¿Cuánto de su perseverancia era fidelidad a un proyecto propio y cuánto el miedo a decepcionar? ¿qué salvaba al permanecer y qué perdía? Dejar la carrera no lo volvía un cobarde y quedarse no lo convertía en héroe. Lo incuestionable era si podía mirar de frente su decisión y hacerse cargo de ella. Rendirse, si la afirmación tiene sentido, exige más lucidez que persistir por inercia.
Si aprender a rendirse es una posibilidad de la existencia, entonces también es una tarea educativa. Solemos enseñar a los jóvenes a perseverar, a no desistir, a ser berracos, y eso tiene valor. Pero en pocas ocasiones se enseña a discernir. La formación debe acompañarse con interpelaciones más complejas: ¿esto que persigo sigue siendo mío?, ¿qué me cuesta sostenerlo?, ¿qué parte depende de mí y cual no?, ¿quién se beneficia de que yo no abandone tal proyección?, ¿qué sería de mi vida si lo soltara?, ¿a qué estoy dispuesto a renunciar para conservar lo que de verdad importa?
Perceptiblemente, existe el riesgo contrario. Una sociedad que celebra el abandono fácil produce vidas sin hondura, incapaces de sostener algo que cueste. Por eso la pregunta no pide escoger entre perseverar y rendirse, sino en distinguir qué merece cada cosa. Es una pregunta de las humanidades, no de retóricas de autoayuda; no ofrece recetas, ofrece criterio. Y el criterio solo se adquiere conversando con quienes ya se plantearon dichas preguntas, desde Epicteto hasta nuestros campesinos, que sabían cuándo sembrar y cuándo dejar la tierra en reposo.
Tal vez Sísifo no era feliz porque empujara la roca, ni lo habría sido por soltarla. Lo era, si acaso, porque sabía lo que hacía y el por qué lo hacía. Esa lucidez es lo que separa la perseverancia de la obstinación, y la renuncia de la derrota. Aprender a rendirse no sería aprender a ser débiles, sino a ser dueños de nuestros límites, de nuestras decisiones, sin que el miedo o la costumbre decidan por cada uno.
Al final, la cuestión no es solo si debemos seguir o soltar, sino qué clase de persona vamos siendo cada vez que lo hacemos, y si somos capaces de responder por ella.
















Comentar