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Antioquia a pinceladas fenomenológicas

“No entiendo todavía por qué hay espacios e instantes

en donde mi cuerpo y mi espíritu se colman de sensaciones,

desbordándome como un río cordillerano de mi patria…”


A la “llámica y sensorial” Antioquia no necesito pensarla, tan sólo me basta recorrerla con todos los sentidos, arrojarme sobre ella y beberla con todo el cuerpo para redactarla con sus olores, sonidos, colores, formas y caricias… En mi subjetividad no necesito racionalizarla ni exponerla a la conciencia porque es pura fenomenología para el camino de mi vida.

La descubrí varios años atrás, cuando Luz y yo transitábamos cuesta abajo por la autopista de Río Negro a Medellín. Desde la sinuosa altura aparece abajo la luminosa ciudad, abajo en el valle de Aburrá, como tratando de escapar entre los cerros, o escalando por sus faldeos, diseminada en miles de lucecitas que se unen a las titilantes estrellas del firmamento. Sí, era de noche cuando arribé por primera vez. El carro se desplazó por el centro de la ciudad. No lo puedo negar que sentía una mezcla de emoción y nerviosismo, ya que recién conocía a Luz, aquella antioqueña que amo; y, por otro lado, la vorágine de una ciudad veloz, colérica, desenfrenada, que me dominaba con su tensión, decididamente opuesta a la pasividad silente, meditabunda, de mi ciudad, allá en el austro.

Raudos nos sumergimos en un tráfago de motocicletas zigzagueantes, carros de vidrios polarizados, busetas enteramente engalanadas e iluminadas que, entre bocinazos, cambios de marchas, virajes inquietantes, nos dejaban atrás.

Mi espíritu logró su centro. Nuestra conversación fluyó, ya distendidos…, cuando nos adentramos por la vereda “Corrientes”, ahora subiendo, cortando la serranía tropical, de follaje y verdores particulares, cuyos frutos e inflorescencias expelían sus olores, aquellos que se colaban por las ventanillas del carro para saciar mis sentidos.

“Me interno en la sierra liviano y feliz

Bajo su cielo arbolado

Como sumergiéndome en el paseo arbolado de los amantes

De van Gogh…”

Esa primera noche bajo el cielo ecuatorial, descorchamos un buen vino de mi patria, y al vaivén de las hamacas charlamos muchas horas, mientras hacia el sur electrificado el horizonte dibujaba luminosas nervaduras. Nuestra conversación fue variada, de lo trivial a lo fundamental, cuestiones de familia, del trabajo, de nuestros proyectos, de política contingente, de nuestros aciertos y errores, de los proyectos que nos depararía el futuro… En fin… Sin embargo, nos cuestionábamos, por qué, casi siempre, intentamos simplificarlo todo, traducirlo a normas o conceptos, si vamos por la vida arrojados hacia las circunstancias, desplegándonos hacia un futuro. Sólo cuenta, y hasta hoy cuenta para nosotros ¡lo que se vive y lo por vivir!

Al día siguiente, al alba, toda la naturaleza despertó al clamor de un gallo reverente. Me incorporé ansioso, principalmente, para apreciar en toda su majestad la serranía, yo que anduve toda mi vida por escabrosas cordilleras, entre la borrasca, rodeando ventisqueros, en la gélida Patagonia; deseaba también, observar los montes verdes, sus luces y sombras al amanecer, sentir la tibieza de los primeros rayos del sol, el concierto de centenares de pájaros anunciando, nada menos, que la vida, el fenómeno absoluto.

Y se enciende el día, florecen las orquídeas que duran un suspiro de la vida, visten de blanco y violeta como el binomio de la vida y de la muerte; los pajarillos piden a la madrugada su alimento cotidiano, en un sinfín de trinos, píos y gorjeos, aprendido en lo ancestral; aparece el platanal con sus gigantes hojas, cuales hélices de molinos desafiantes, pero que en la realidad son pura benevolencia; en cambio, me sorprenden los matices de verdes, lo eternamente vegetal, lo que nos sirve para entender que ineludiblemente pertenecemos a este gratificante mundo, en medio, y que somos también hierba, extendiéndonos en el horizonte de la historia; el racimo de café domina la eternidad de los sentidos, cuando nos viene su aroma profundo desde la “vesperal” tasa del desayuno ; abajo, en el cañaveral dos asnos ensimismados esperan su carga de “sudor y lodo”; las mandarinas abruman los hombros de los árboles… Y me pregunto. – ¿Y qué somos?  Somos sólo pasajeros finitos en la infinitud sensorial de este paisaje…

“Hierba mía!, yo también soy hierba

Suprimo de los dos todo lo indefinido

El infinitivo querer y el nombre propio

Al que estamos reducidos.

Amándonos caminamos sobre la hierba de la vida.

Somos hierba en este mundo.”

Esto fue escrito por

Víctor Henríquez

Profesor de Estado en Castellano y Filosofía

1 Comentario

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  • Hola señores Al Poniente, un grato saludo a ustedes y a los lectores del diario. Para aclarar algunos asuntos, por lo pronto nada importantes, no obstante, significativos, especialmente para ustedes, soy chileno, amante de esta tierra antioqueña, pronto a recibir la nacionalidad colombiana, poeta por antonomasia, articulista de diarios chilenos y publicador de algunos libros, poéticos, históricos y patrimoniales. Además, me desempeño como redactor de la revista colegiada “Revelarte”, publicación regional del colegio de profesores de Chile.