“Animales ¿políticos?”

“Como si de darle la vuelta a un guante se tratara, los correístas se han limitado a decir que ser sumiso no es algo malo, sino bueno, por la sencilla razón de que han elegido someterse a la voluntad de la persona adecuada”.


En ningún otro momento se palpa tan claramente la colonización del marketing sobre la política como en las campañas electorales. Los marketólogos han hecho del debate público la enésima escenificación de la guerra entre Coca-Cola y Pepsi. Fieles devotos del dogma de que “no hay publicidad mala”, recomiendan a los candidatos a ejerces cargos de representación popular vaciar de política el debate público y convertirse en tik-tokers, cantantes, bailarines y hasta en Rambos criollos.

Estos pensadores modernos de la democracia justifican este bochornoso espectáculo bajo el argumento de que hacer el ridículo en redes sociales “acerca” a los políticos a la ciudadanía y, sobre todo, a los jóvenes. Porque es bien sabido que a los jóvenes nos preocupa más que nuestro futuro presidente sepa sincronizar sus labios con un audio pregrabado que, por ejemplo, conozca la diferencia entre gasto de inversión y gasto corriente.

Y aunque con las creaciones de nuestros marketológos se podría elaborar un bestiario completo, hoy quiero enfocarme en un caso que expresa de manera clara la degradación absoluta del debate político.

Durante esta última semana era imposible navegar en Twitter sin encontrarse con alguna imagen de un tierno borrego creada con inteligencia artificial. Y aunque uno pudiera pensar que se trataba un restaurante promocionando de forma algo macabra sus mejores cortes de carne, o alguna propaganda del Ministerio de Agricultura y Ganadería, dichas imágenes eran el resultado del último gran invento del órgano de propaganda del correísmo.

Para quienes desconocen el hábil ingenio de la sátira política ecuatoriana, el término “borrego” alude a los seguidores del ex presidente Rafael Correa. Una rápida visita al diccionario de la RAE nos permite comprender en toda su profundidad este creativo símil: “Persona que se somete gregaria o dócilmente a la voluntad ajena”. “Persona sencilla o ignorante”.

Ironía aparte, el uso del término se ha convertido en un lugar común en el “debate” político ecuatoriano. “Borrego” es la carta infalible para ganar cualquier discusión con una persona mínimamente sospechosa de ser correísta.

Con este contexto, ¿qué sentido tiene que el correísmo utilice la imagen de un animal que se asocia con la sumisión y la falta de voluntad como emblema de su campaña a la presidencia?

De acuerdo con quienes no dudaron ni un segundo en sumarse a la tendencia, la utilización del borrego como símbolo de campaña es un ejercicio de apropiación del insulto para quitarle su poder estigmatizador, una forma de autoafirmación por parte de quienes se identifican como correístas.

Quienes defienden la utilización del borrego como símbolo de identificación política, aluden a otros casos de apropiación, como el del burro por parte de los demócratas estadounidenses. Sin embargo, la analogía es incorrecta. Cuando Andrew Jackson y los demócratas se apropiaron del término “burro”, este dejó de significar falta de inteligencia para denotar resistencia, trabajo duro y fuerza de voluntad. Existió un real proceso de resignificación positiva del símbolo.

En el caso del borrego correísta, no existe tal resignificación. Como si de darle la vuelta a un guante se tratara, los correístas se han limitado a decir que ser sumiso no es algo malo, sino bueno, por la sencilla razón de que han elegido someterse a la voluntad de la persona adecuada. El significado de “borrego” sigue siendo el mismo para cualquiera que sepa a quiénes alude.

Pero incluso si les concedemos este punto, es imposible saber si la estrategia de desestigmatización realmente funciona en un plazo tan corto de tiempo. Hoy en día nadie usa el término “burro” para descalificar al votante demócrata, entre otras cosas, porque en la contienda electoral que finalmente ganó Jackson, el término se utilizaba para referirse a él, no a su electorado.

Para saber si la estrategia funcionó deberemos esperar, por lo menos, a 2025 y comprobar si los correístas todavía utilizan el borrego como emblema de su movimiento. Sin mencionar que la comparación con Jackson y los demócratas sólo tendrá pleno sentido si, además, logran ganar esta elección, lo que nos lleva a un segundo punto.

Si el objetivo era captar nuevos votos, la estrategia fracasó. La figura del borrego no nos interpela a quienes no somos correístas ni anticorreístas —es decir, a quienes no definimos nuestra postura política basándonos en lo que haga o deje de hacer un señor que vive en Bélgica—, ni nos expropia un insulto que nunca utilizamos. El uso infantil del término “borrego” como descalificación o como cualidad nos repele. El borrego sólo interpela a quienes ya habían decidido votar al candidato de Correa antes de siquiera conocer su nombre.

Si la estrategia, finalmente, buscaba generar ruido y hacer que se hable del correísmo, ese fue, seguramente, su único objetivo cumplido. Qué tanto abona esto a un debate político de altura en un escenario de grave crisis social y política, es algo que no soy capaz de dilucidar. En un momento en el que la inseguridad es una amenaza cotidiana para el ciudadano de a pie, en que la economía de las familias se desmorona y en que las instituciones democráticas enfrentan un ataque permanente, reducir el debate público a lealtades personales es sumamente peligroso. Pero nuestros marketólogos no están para esos burdos menesteres.


Todas las columnas del autor en este enlace: https://alponiente.com/author/juansvera/

Juan Sebastián Vera

Sociólogo por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Estudiante de Política Comparada en FLACSO, Ecuador.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.