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Hay noticias que uno lee y simplemente pasa la página. Y hay otras que obligan a detenerse, respirar profundamente y preguntarse qué está pasando con nuestro pueblo. La noticia publicada por El Colombiano sobre las consecuencias del terremoto del pasado 10 de agosto es una de ellas.
Más de 200 familias de Andes aparecen afectadas, según un censo comunitario que todavía podría aumentar cuando se logre llegar a las veredas más apartadas. Hay viviendas con paredes agrietadas, techos destruidos, baños inutilizados y familias que hoy no pueden habitar tranquilamente el lugar que durante años llamaron hogar.
Pero detrás de esa cifra hay algo mucho más doloroso: Hay nombres. Hay familias. Hay niños. Hay adultos mayores. Hay mujeres embarazadas. Hay personas con discapacidad. Hay campesinos que, después de tantos años de esfuerzo, hoy miran su vivienda y no saben cómo reconstruirla. La historia de Hugo, de Sorany, de Ángela, de Luz Elena y de María no es solamente la historia de cinco familias. Es el reflejo de lo que están viviendo muchas otras familias de nuestro municipio. Y mientras todo esto ocurre, una pregunta comienza a rondar mi cabeza:
¿BAJO QUÉ CONDICIONES ESTAMOS CONSTRUYENDO NUESTRAS VIVIENDAS?
No formulo esta pregunta para buscar culpables. La formulo porque Andes es un territorio donde conocemos nuestra vulnerabilidad frente a los fenómenos naturales. En junio sufrimos una avenida torrencial en Santa Inés. En agosto vivimos un terremoto que afectó numerosas viviendas.
Y ahora tenemos que preguntarnos si, además de atender las emergencias cuando ocurren, estamos haciendo lo suficiente para prevenirlas y reducir sus consecuencias.
Porque entregar tejas, cemento, mercados o ayudas económicas es indispensable. Pero no es suficiente. También debemos revisar ¿cómo se construye? ¿Dónde se construye? ¿Con qué materiales? ¿Con qué diseños? ¿Con qué controles? ¿Con qué asistencia técnica? Y, especialmente, si las viviendas de nuestras comunidades rurales y urbanas están siendo construidas y reparadas teniendo en cuenta las condiciones de amenaza y vulnerabilidad de nuestro territorio.
HOY SON 200 FAMILIAS. MAÑANA PUEDEN SER MUCHAS MÁS.
Esta tragedia debería convertirse en una oportunidad para que Andes revise seriamente su política de gestión del riesgo y vivienda segura. Necesitamos preguntarnos si nuestros mecanismos de prevención están funcionando. Si las comunidades conocen los riesgos de sus territorios. Si existe suficiente acompañamiento técnico para quienes construyen o reparan sus viviendas. Si estamos haciendo seguimiento adecuado a las edificaciones.
Y si después de una emergencia estamos reconstruyendo simplemente para recuperar lo perdido o estamos reconstruyendo mejor y de manera más segura. Porque reconstruir una casa vulnerable para que vuelva a ser afectada por el próximo fenómeno natural no es solucionar el problema. Es aplazarlo.
PERO HAY ALGO QUE ME DEVUELVE LA ESPERANZA
En medio de esta tragedia apareció nuevamente lo mejor de los andinos: LA SOLIDARIDAD. Ciudadanos organizados comenzaron a recorrer las comunidades. Llegaron mercados. Llegaron materiales. Llegó mano de obra. Llegaron ayudas desde otros municipios. Y, lo más importante, aparecieron personas dispuestas a servir sin esperar nada a cambio. Esa solidaridad merece nuestro reconocimiento. Pero también merece algo más: QUE LAS INSTITUCIONES LA ACOMPAÑEN Y LA FORTALEZCAN.
Hoy quiero hacer un llamado respetuoso a la Administración Municipal, al Concejo Municipal, a las autoridades de gestión del riesgo, a los organismos de socorro, a las instituciones educativas, a los profesionales de la construcción y, especialmente, a las comunidades: HAGAMOS DE ESTA TRAGEDIA UN PUNTO DE PARTIDA.
Que no nos limitemos a reparar los daños. Que estudiemos lo ocurrido. Que identifiquemos las viviendas más vulnerables. Que revisemos nuestras condiciones de construcción. Que fortalezcamos la prevención. Que eduquemos a nuestras comunidades. Y que construyamos un Andes mucho más preparado para enfrentar los fenómenos naturales.
Porque una comunidad verdaderamente desarrollada no es aquella que nunca enfrenta una tragedia. Es aquella que aprende de cada tragedia y se prepara para que la próxima no tenga las mismas consecuencias. A las más de 200 familias afectadas quiero decirles algo muy sencillo: No están solas.
Andes es una comunidad que sabe levantarse. Pero esta vez tenemos que levantarnos no solamente para reconstruir nuestras casas. Tenemos que levantarnos para construir un municipio más seguro, más solidario y mejor preparado para el futuro.
ANDES SOMOS TODOS. Y CUANDO UNA FAMILIA PIERDE SU TRANQUILIDAD, TODO ANDES TIENE LA RESPONSABILIDAD DE ACOMPAÑARLA.














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