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Mientras Colombia atraviesa una de las emergencias nacionales más grandes de los últimos años, en Buenaventura parece haber llegado la salvación de parte de nuestra querida Patria Milagro.
El pasado 10 de agosto de 2026 marcó un antes y un después en la historia reciente de Colombia. Mientras muchos dormían, otros salían hacia sus trabajos, estudiaban o simplemente comenzaban un día cualquiera, a las 7:34 de la mañana un terremoto de magnitud 7,4 sacudió al país. En cuestión de segundos, la rutina se convirtió en miedo. Las comunicaciones fallaron en varias zonas y millones de colombianos permanecieron durante horas intentando saber qué había ocurrido con sus familiares, amigos y seres queridos en las ciudades, pueblos y veredas afectadas. Mientras algunas personas permanecían atrapadas bajo los escombros esperando que alguien las encontrara, otras contemplaban lo que quedaba de sus hogares. Y, tristemente, otras ya no podían contar lo sucedido. Era un momento para actuar. Un momento para rescatar. Un momento para salvar vidas. Y, por supuesto, también era un momento para que el Gobierno estuviera a la altura de la emergencia. Pero llegó el gran momento de la Patria Milagro…
Seis días después de la tragedia, el presidente Abelardo de la Espriella llegó a Buenaventura, una de las zonas afectadas. Allí anunció y prometió múltiples medidas. Y es precisamente aquí donde surge la pregunta que deberíamos hacernos todos: ¿Cuánto de lo anunciado se ha convertido realmente en ayuda efectiva para las personas damnificadas? Porque mientras las familias necesitan comida, agua, atención médica, un techo donde dormir y garantías para que sus hijos puedan continuar estudiando, la imagen que terminó recorriendo las redes sociales fue la del “Presidente” entregando balones identificados con el movimiento político que representa. Y entonces una pregunta todavía más sencilla: ¿Era eso lo que necesitaban en ese momento? Una madre lo resumió en un video que circuló en redes sociales: “Así que yo creo que son para que los niños se entretengan jugando mientras pasan el hambresita, ¿no?” No hace falta ser experto en política para entender el mensaje. Un balón puede alegrar a un niño. Por supuesto que sí. Pero en medio de una emergencia humanitaria, las prioridades deberían ser otras: comida, agua, medicamentos, vivienda, atención psicológica, seguridad, educación y, sobre todo, rescatar a quienes todavía puedan estar con vida y recuperar dignamente a quienes no lograron sobrevivir. Y aquí quiero hacer una precisión: esta no es una discusión política. No debería importar si el Presidente pertenece a la derecha, a la izquierda o a cualquier otra corriente política. Esto es una discusión humanitaria.
Cuando un país atraviesa una tragedia de semejante magnitud, el color político debería quedar en segundo plano. Las víctimas no deberían ser de izquierda ni de derecha. Son colombianos. Y las decisiones del Gobierno, precisamente por eso, tienen que ser cuestionadas cuando sea necesario. No se trata de afirmar que el Gobierno no ha hecho absolutamente nada. Se han anunciado medidas de atención, salud, vivienda y reconstrucción. La verdadera pregunta es otra: ¿han sido suficientes, oportunas y adecuadas frente a la magnitud de la tragedia? Porque anunciar ayudas no es lo mismo que entregarlas. Prometer viviendas no es lo mismo que reconstruirlas. Anunciar equipos de rescate no es lo mismo que encontrar a quienes siguen desaparecidos. Y visitar una zona afectada no es lo mismo que responder a las necesidades reales de quienes viven allí. Buenaventura, además, no es cualquier lugar. Es una ciudad que durante décadas ha cargado con una de las contradicciones más dolorosas de Colombia: por su puerto entra y sale una enorme parte de la riqueza del país, mientras miles de sus habitantes continúan enfrentando pobreza, desigualdad y dificultades para acceder a servicios básicos. Por eso, cuando el Presidente llega allí en medio de una tragedia, la vara para medir su gestión debería ser altísima. Mientras tanto, los colombianos seguimos demostrando algo que parece que nuestros gobernantes olvidan con demasiada frecuencia: que cuando uno tiene poco, pero el otro tiene menos, se comparte.
Donde comen dos, comen tres. Donde hay una cobija, se comparte. Donde hay una mano para ayudar, se extiende. Ciudadanos, voluntarios, bomberos, organismos de socorro, empresarios y comunidades enteras se han movilizado para ayudar a quienes hoy lo necesitan. Entonces, como colombianos, nos corresponde hacer una pregunta que no debería tener color político: ¿La respuesta del Gobierno ha sido realmente proporcional a la magnitud y urgencia de esta tragedia? Porque en una emergencia de esta dimensión, Colombia no necesita milagros. Necesita gestión.














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