Cultura

A quien se ha extraviado

Siendo un estudiante de bachillerato conocí a Jorge Luis Borges. En aquel tiempo, sin haber leído una de sus líneas, sentí que ese anciano nacido en la lejana ciudad de Buenos Aires, estaba ligado a ese muchacho que fui y que no volveré a ser (paradoja del tiempo), por un hilo que atraviesa los años y resulta ser más fuerte que la barrera de las generaciones, la palabra. Me dijo pues Borges que la vida humana es una especie de laberinto infinito, un laberinto que no está fabricado de ladrillos ni se encuentra en el alto de una montaña o al interior de un castillo, no está defendido por tigres ni guarda en su interior moradores mitológicos como lo hacía el de Tebas, un laberinto infinito fabricado de tiempo, que es a su vez, infinito.

La entrada al laberinto corresponde entonces, con la entrada al tiempo, y viene con la carga pesada e inexorable, que consiste en la posibilidad de escoger, a cada instante, el camino a seguir. Claro que, al ser el tiempo infinito, no debería asombrarnos el hecho de tener posibilidades que se extienden ad infinitum frente a nosotros en cada encrucijada. Hemos llegado aquí al punto más surrealista y por lo tanto, más interesante de la exposición. Y es que si bien, vivir es decidir cómo lo dijo Ortega y Gasset y, cada decisión nos lleva de manera lineal y necesaria hacia adelante en el tiempo; para el gran bibliotecario de Babel, la vida representada como el jardín de senderos que se bifurcan guarda un enigma que resulta mágico y a la vez, absolutamente tenebroso, a saber: en el instante en el cual elegimos el rumbo a seguir en una situación en concreto, se crean tiempos alternativos para cada una de las posibilidades rechazadas, en los cuales yo, las he elegido.

Así, cuando en alguna bifurcación del año 2016, por ejemplo, elegí comenzar mis estudios de leyes también en otros tiempos paralelos elegí comenzar a estudiar medicina o alguna ingeniería. Así, cuando en alguna bifurcación del año 1998 mis padres optaron por concebirme, en alguna otra realidad podría perfectamente no estar en la realidad del mundo. Los ejemplos también, lógicamente, son infinitos y basta para reafirmar la grandeza de la idea pensar que, si seguimos adentrándonos en los recovecos de las posibilidades llegaríamos a tiempos en los cuales, Aníbal si conquistó Roma y el occidente que conocemos, no existiría o Churchill rindió Inglaterra en el punto más álgido de la segunda guerra mundial. En fin, no es el objeto de este pequeño ensayo adentrarnos en lo que, a juicio de muchos, resulta inverosímil.

Tenemos hasta ahora un sujeto que decide a cada instante y se adentra, al ritmo del avance de las agujas del reloj, a las profundidades de su propio laberinto. Pero ¿propio?, si dejamos a un lado la concepción del espacio-tiempo de Einstein y entendemos al tiempo como una realidad separada al espacio, tendríamos un tiempo que, contrario al espacio, nos pertenece a todos y para todos es el mismo. Así, en ese laberinto nos veríamos irremediablemente obligados a encontrarnos a otros que, al igual que nosotros, también han entrado a él y que intentan del mismo modo, solucionarlo. Empero, la compañía de cada uno de esos compañeros de viaje, como nuestro paso por el laberinto, es finita; factores ambos que elegimos olvidar para aceptar el camino, hacerlo más vadeable y en últimas, seguir caminando.

Y es que no podría ser de otra forma. He llegado a la conclusión, después de mis años en el labýrinthos y el tiempo de reflexión que he dedicado a la comprensión del mismo, que existe en cada uno de los viajeros del tiempo, una fuerza intrínseca diseñada para que este, a través de un coraje que no todos se atreven a utilizar y los designios favorables de la diosa Fortuna, pueda descifrar el laberinto. Dicha fuerza no suele ser la misma en dos viajeros, tampoco su comprensión los lleva a la misma salida, ya que las formas de solucionarlo también son infinitas, he ahí la separación de dos de ellos. Muchos han sido, en el correr de la historia, quienes han intentado hallar la clave por medio de códigos y escrituras, libros y enciclopedias y solo unos cuantos gigantes, quizá sus creadores, han trazado el camino que otros han recorrido exitosamente.

Existen contadas ocasiones en las cuales un viajero, llega a un altozano en la noche del jardín y descubre mirando hacia atrás, a la llegada del alba, los caminos que trazaron sus pasos y logra entrever, en esa maraña de decisiones, como van subiendo los recuerdos a su mente de cada uno de sus triunfos y pérdidas, tristezas y felicidades. Descubre que solo allí lo han podido llevar sus pasos, que no existía otra forma de haber labrado su camino. Logra ver el viajero conmocionado, con enternecimiento, como ese que fue algún día, como ese niño que un día entró al laberinto, ha logrado recorrerlo y descifrarlo a su manera, que ese era su camino.

Se girará entonces el viajero con lágrimas en los ojos y después de ver su pasado se dispondrá a otear su futuro en lontananza, pero con sorpresa, se dará cuenta que este está tan oscuro, que sus deseos no lograrán cumplirse. No se preocupará, se dará cuenta que llegará el momento en el cual observará ese futuro, como ahora está observando su pasado. Seguirá entonces su camino adentrándose en la noche que ha retornado ahora en su horizonte. Pero ahora camina con una diferencia, sabe que algún día llegará a su centro, a su álgebra y su clave, a su espejo, pronto sabrá quién es.