![]()
¿Será posible que las redes sociales en la actualidad generen las condiciones a nuestro personaje entrado en años -y no ficticio- de hacer más del 2 que del 1 en términos pitagóricos? ¿o acaso estamos condenados a que nuestro ilustre sexagenario siga usando las redes como el depósito de lo que alegóricamente, más de 20 siglos después de Pitágoras, entendemos cómo hacer del 2?
Había sido un largo y agotador día, tanto por la espera en la sofocante sala improvisada del aeropuerto de Pereira como por el trayecto de 35 minutos hasta Bogotá. Al aterrizar, acudiendo a mi afán innato, procedí a levantarme de la silla esperando lo que no iba a pasar; que el desembarque fluyera más rápido. En uno de mis constantes movimientos en busca de fluidez, tratando con mi ansiedad que las cosas pasen más rápido, me encuentro con un escenario que llama mi atención. Mientras una azafata con voz impostada daba las indicaciones finales para poder salir de aquel aparato volador que con la impaciencia se torna infernal, al estar de pie, pude divisar a un pasajero que, al ser más pausado que yo, esperaban pacientemente sentado en sus sillas mientras miraba su celular. Este pasajero se ubicaba en una silla adelante de mí, y como en la actualidad el espacio que separa una fila de la otra en clase económica es tan mínimo, podría decirse que estaba casi encima de él.
Observo a un hombre en su edad madura, pensaría yo que transitando por sus sesentas dada la cascada gris que fluía de manera tranquila por la parte posterior de su cabeza. Cuando divisé su rostro, se notaban marcas que pueden ser atribuidas a años de buena vida y al normal devenir de alguien que ha gozado de privilegios materiales. Su forma de vestir relajada, desprovista de cualquier interés por sobresalir, pero adecuadamente escogida para propiciar comodidad al momento del viaje, se constituían como una declaración al mundo.
Como podía divisar su celu-mundo desde mi distancia (in)pertinente, tuve la oportunidad de presenciar una escena que desplazó el papel protagónico que tenía mi afán por desembarcar. Nuestro adulto curtido por los años y la experiencia veía en su red social de preferencia un reel sobre una congresista colombiana diciendo algo -no sé qué pues no podía escuchar-; asumo que diametralmente opuesto a sus principios morales y filosóficos, porque inmediatamente terminó de ver dicho video, procedió a comentarlo.
Revestido con la superioridad que le otorgan las férreas opiniones sustentadas por sus canas, y vigorizado por la destreza que desempeñaron sus agiles dedos al comentar dicho reel, construyó un texto el cual, al hacerse visible ante mis palpitantes ojos, estremeció los cimientos de mi razón. Palabras más, palabras menos, la pieza comunicativa rezaba:
Jajaja… que vieja tan bruta, [….] Que vieja tan mensa, tenía que ser del [espacio para el partido político]… jajaja…
Aunque es claro que este enfático mensaje no es ajeno a lo que en la cotidianidad se puede encontrar en diversas redes sociales, lo que me golpeó de tal forma fue el hecho de ponerle rostro humano a un comentario como este. No voy a negar que antes de la fecha del suceso que narro, tenía un estereotipo de personaje asociado a dicha clase de expresiones; no voy a describir la tipología de ser que me imaginaba (dejando de lado los bots), precisamente porque ha quedado en ruinas.
No niego que esperaba un manantial de sabiduría desbordante de aquellos dedos, los cuales humectaran la aridez cotidiana que genera una red social promedio. Dentro de mi ingenuidad -o sesgo-, hubiera pensado que el personaje que reposaba sentado tranquilamente en frente de mí sería del tipo de usuarios que, acudiendo a su larga historia de vida, presentara una disertación detallada del por qué el comentario que la congresista hizo carecía de validez científica, lógica, moral o política. Pero no fue así; por el contrario, lo que observé fue la simple eyección de un caudal de opinión desobligante.
Reflexionando sobre esta escena, llego a la conclusión de que las redes sociales se constituyeron como el escenario ultimo para abrazar la libertad de expresión, pero lastimosamente se ha difundido la más abyecta de sus formas: la vulgar opinorrea (del verbo latín opinari, que significa “dar una opinión” y -rrea del sufijo griego rrhoia que significa “fluir”). Allí, es posible proyectar opiniones más allá del entorno especifico de desenvolvimiento social como la familia o el círculo de amistades, y esto, bajo la creencia egocéntrica de que la “opinión personal” tiene preeminencia en la generación de debate público y la construcción de sociedad. A través de esto, se degrada la conversación pública, en la medida que se posibilita “el opinar” sobre cualquier tema, como el mecanismo de participación en la infocracia -en los términos de Byung Chul Han-.
Así pues, la opinorrea se ha constituido como el eje rector de la conversación púbica y su catalizador ha sido las redes sociales. Creo que yo que dos razones explican esto, la primera, que las personas necesitan expresarse y participar de alguna forma en las cosas que pasan en el mundo, la segunda, que las redes sociales han degradado esta necesidad al permitir esconder el “quien lo dice” del “que es lo que dice”, o peor, permitiendo que se diga lo que sea sin retaliación y premiando dicho comportamiento con Likes.
Es de notar también que la difusión de opiniones u otros contenidos se entienden bajo el concepto de ser viral, el cual, por definición alude a virus, infecciones, contagio y enfermedad, y no a conceptos más benéficos en términos evolutivos como propagación, dispersión o difusión; pero bueno, seguro esto haría parte de otra discusión.
Para ir cerrando este texto -que de hecho es una pieza de opinión y debería ser juzgada con el mismo racero por el cual yo he juzgado-, quisiera retomar algunos aspectos que fueron mencionados ya hace mucho tiempo y traerlos a nuestra actualidad. Filósofos presocráticos como Pitágoras y los pitagóricos, al buscar las razones que explicaban el origen del universo cinco siglos antes de nuestra era plantearon que los números, las proporciones y relaciones numéricas exactas se constituían como el arjé (la sustancia primordial). Proponían, entre otras cosas y es esto sobre lo cual quiero llamar la atención, la Monada y la Diada. La Monada, correspondía al número 1, y representaba unidad y conocimiento; es decir lo que es indivisible. Por su parte, la Diada, que se representaba con el número 2, manifestaba la dualidad y la opinión, pero también la capacidad de las cosas de crecer, dividirse o transformarse.
Entiendo que las redes sociales en su generalidad no están diseñadas para hacer del 1; sin embargo, al parecer, tampoco están diseñadas para hacer del 2, bajo el estándar pitagórico. Sería muy poderoso que estos mecanismos de virulencia se constituyeran como espacios de dispersión en los que crecer y transformar fueran sus propósitos ulteriores. Es decir, espacios donde la opinión sume y no reste.
¿Será posible que las redes sociales en la actualidad generen las condiciones a nuestro personaje entrado en años -y no ficticio- de hacer más del 2 que del 1 en términos pitagóricos? ¿o acaso estamos condenados a que nuestro ilustre sexagenario siga usando las redes como el depósito de lo que alegóricamente, más de 20 siglos después de Pitágoras, entendemos cómo hacer del 2?
Pta: por favor no viralizar.














Comentar