La paranoia del superviviente: Soberanía, necropolítica y cuerpos descartables en el neofascismo contemporáneo

«El núcleo del mando autocrático contemporáneo no reside en la administración del bienestar social, sino en una estructura biológica elemental: el acto de sobrevivir acumulando la caída ajena».

Para desentrañar la naturaleza profunda de los movimientos autocráticos que definen nuestro presente, es preciso distanciarse temporalmente de las explicaciones puramente jurídicas o de la coyuntura electoral. Necesitamos descender, como proponía Elías Canetti en su obra seminal Masa y poder, a las entrañas mismas del poder. El núcleo del mando no es una sofisticada teoría del Estado, sino una estructura biológica y psicológica elemental: el acto puro y desnudo de sobrevivir. En el pensamiento canettiano, la soberanía no se edifica sobre el consenso deliberativo o el pacto social, sino sobre la acumulación del decaimiento ajeno. Quien ostenta el poder absoluto se nutre de la caída de los otros; su invulnerabilidad e inmunidad psicológica crecen de manera proporcional a la cantidad de adversarios, reales o imaginarios, que yacen en el camino.

Esta dinámica de supervivencia engendra una sensación que Canetti describe como una «sensación de sublimidad». No se trata de una satisfacción moral o de un alivio ético ante el peligro superado, sino de una voluptuosidad biológica: el placer de verse de pie mientras los demás están caídos e indefensos. En el escenario político contemporáneo, esta pasión se convierte en una manía irremediable para el líder autocrático. El autócrata actual necesita renovar permanentemente el espectáculo de la caída ajena para reafirmar su propia existencia y legitimidad ante sus seguidores. En una era marcada por la pérdida generalizada de certezas económicas y vitales, el líder se erige ante un individuo despojado de seguridades como la única encarnación de una fuerza de resistencia absoluta: el héroe que sobrevive al peligro y que promete inmunidad a quienes se sometan a su sombra.

La moneda de la muerte y el descarte de cuerpos

El prestigio del poderoso es, en esencia, la transferencia de la muerte. Para el superviviente, la máxima autoridad radica en la capacidad de desviar la amenaza del fin físico o social desde sí mismo hacia los demás. La sentencia de muerte —que en la modernidad tardía adopta la forma de la exclusión radical, la persecución estatal o la aniquilación digital— es la verdadera moneda de cambio de su mando. Esta tesis dialoga con extraordinaria precisión con el concepto de necropolítica desarrollado por Achille Mbembe, que postula que la soberanía moderna se define, en último término, por el poder de decidir quién es descartable y quién tiene derecho a vivir. El neofascismo contemporáneo no se conforma con gobernar conciencias o regular economías; su legitimidad se sostiene mediante la gestión de montones de cadáveres, ya sean simbólicos o literales.

En esta lógica, las poblaciones más vulnerables —como los migrantes atrapados en fronteras militarizadas, las minorías perseguidas o los disidentes políticos— son convertidas en materiales de descarte político. El líder gestiona y exhibe estos cuerpos caídos para dotar de densidad y cohesión a su propia masa de seguidores. El mensaje implícito para su base electoral es tan simple como perverso: la vitalidad y la seguridad del grupo se pagan con la exclusión y el sufrimiento del otro. La masa de acoso resucita entonces como la herramienta operativa predilecta del fascismo contemporáneo: una colectividad que se agrupa rápidamente con la única finalidad de acorralar, linchar y destruir a una víctima señalada. El seguidor se entrega con júbilo a este proceso porque le ofrece la experiencia de un «asesinato permitido» libre de peligro personal, donde la abrumadora superioridad numérica disuelve cualquier asomo de culpa individual.

La fortaleza sitiada y el pánico al sótano

Este andamiaje político e ideológico no podría sostenerse sin una atmósfera afectiva muy particular: la paranoia institucionalizada. La paranoia no opera aquí como un desvarío clínico o un delirio privado del líder, sino como la principal tecnología de gobierno y cohesión social del fascismo actual. La masa neofascista se caracteriza por una furiosa sensibilidad e irritabilidad ante enemigos señalados de una vez y para siempre. Para justificar su agresión intrínseca, la masa necesita autopercibirse constantemente como una víctima potencial, en un estado de vulnerabilidad extrema y bajo amenaza inminente. De este modo, la agresión es presentada de manera sistemática como un acto legítimo de defensa propia.

Es aquí donde cobra vigencia la metáfora arquitectónica de Canetti sobre la masa como una «fortaleza sitiada de manera doble». Por un lado, la fortaleza se blinda ante el enemigo extramuros (el inmigrante, la conspiración extranjera, la minoría ruidosa), cuya hostilidad declarada sirve únicamente para cohesionar y robustecer los muros exteriores del grupo. Sin embargo, el peligro que más aterra al líder paranoico es el enemigo interno: el «pequeño traidor» que habita en el sótano de cada individuo. Este traidor invisible no es otra cosa que la singularidad de la persona humana, manifestada a través de la duda metódica, el pensamiento crítico o la compasión individual ante el dolor ajeno. Estas facultades amenazan la ilusión de igualdad monolítica y absoluta de la masa, por lo que cualquier asomo de cultura crítica o de resistencia intelectual es etiquetado inmediatamente como un «soborno moral» o una traición abierta que debe ser erradicada.

Hacia una ética de la vulnerabilidad compartida

Para perpetuarse en la cima, el superviviente supremo impone un mecanismo implacable que Canetti denomina «desconversión». Consiste en la prohibición tajante de la metamorfosis, es decir, de la capacidad humana de transformarse, ponerse en el lugar del otro y sentir empatía por el diferente. Al rigidizar el mundo en una dicotomía estática de lealtad absoluta y traición imaginaria, el poder cancela el crecimiento humano para priorizar la mera perduración biológica de la masa. En un contexto de crisis global e incertidumbre respecto al futuro, la promesa neofascista de refugiarse en la rigidez de una masa cerrada ofrece un alivio ilusorio ante la precariedad de la vida contemporánea.

Frente a la ilusión de una inmunidad paranoica garantizada por el mando, es urgente oponer una cultura crítica que defienda lo que pensadoras como Judith Butler denominan la «vulnerabilidad compartida» como la base ética de una vida precaria y socialmente interdependiente. Desmantelar la estructura del neofascismo contemporáneo exige, ante todo, desactivar los «aguijones-órdenes» acumulados que nos impone el mando autocrático. Recuperar la distancia reflexiva del juicio crítico, la compasión individual y la capacidad de transformación empática es el único camino viable para derribar los muros de la fortaleza sitiada y apagar el fuego del linchamiento digital, abriendo paso a una comunidad fundada en el reconocimiento mutuo de nuestra común fragilidad.

Jonathan Alexánder Jaramillo Zapata

Licenciado en Filoso4a de la Universidad de An8oquia y docente de educación secundaria, con experiencia en la enseñanza de Filoso4a, É8ca, Ciencias Sociales y Literatura. Mi trayectoria profesional se ha desarrollado principalmente en el ámbito educa8vo, donde he encontrado en la lectura, la escritura y el pensamiento crí8co no solo herramientas pedagógicas, sino también formas de comprender y cues8onar el mundo que habitamos

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