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Durante años hemos asociado el liderazgo educativo con puestos, nombramientos y estructuras administrativas. Hablamos del director escolar, del supervisor, del coordinador o de quienes tienen formalmente la responsabilidad de dirigir una organización. Sin embargo, esa mirada puede hacernos olvidar a uno de los líderes más importantes de cualquier sistema educativo: el maestro.
El liderazgo docente no comienza cuando alguien recibe un nombramiento administrativo. Comienza mucho antes.
Comienza en el salón de clases.
Lo he observado durante mi trayectoria como maestro de Educación Especial, como educador universitario y en diferentes responsabilidades de apoyo y liderazgo educativo. Existen docentes que, sin ocupar una posición administrativa, transforman la manera en que otros profesionales trabajan, defienden las necesidades de sus estudiantes, generan alternativas cuando aparecen obstáculos y consiguen que otros se sumen a una visión común.
Eso también es liderazgo.
En La co-enseñanza: Estrategia educativa y trabajo en equipo en los Programas de Educación Especial dedico una parte de la discusión precisamente al liderazgo del maestro. Allí parto de una premisa importante: liderar en un escenario educativo implica movilizar e influir en otros para alcanzar metas compartidas. No se trata solamente de organizar tareas. Requiere visión, reflexión, colaboración y capacidad para transformar las intenciones educativas en resultados.
Esta perspectiva adquiere todavía mayor importancia cuando hablamos de Educación Especial.
Un maestro que trabaja con estudiantes con discapacidades no puede limitar su función a impartir contenido o cumplir con una planificación. Constantemente debe tomar decisiones, identificar barreras, colaborar con otros profesionales, comunicarse con las familias, analizar información sobre el progreso de sus estudiantes y, en muchas ocasiones, defender oportunidades que permitan que estos participen plenamente de la experiencia educativa.
En otras palabras, enseñar también implica liderar.
Pero ejercer liderazgo desde el salón de clases requiere algo más que conocimiento técnico.
Requiere creer.
Creer que todos los estudiantes pueden aprender. Creer que la diversidad no constituye un problema que debemos eliminar, sino una realidad que exige que transformemos nuestras prácticas. Creer que un diagnóstico no determina todas las posibilidades de una persona. Y, particularmente, creer que la inclusión merece convertirse en una experiencia cotidiana y no permanecer únicamente escrita en documentos institucionales.
En mi libro planteo precisamente que el liderazgo educativo inclusivo está estrechamente relacionado con la equidad, la participación y el respeto por la diversidad. También señalo que su desarrollo requiere formación continua, acompañamiento, experiencia y oportunidades para fortalecer las capacidades profesionales de quienes tienen la responsabilidad diaria de enseñar.
Aquí encontramos una responsabilidad que no pertenece exclusivamente al maestro.
No podemos exigir docentes líderes mientras construimos sistemas que silencien su iniciativa.
El liderazgo docente también necesita estructuras escolares que permitan proponer, dialogar, experimentar, reflexionar y aprender. Necesita directores que comprendan que compartir liderazgo no disminuye su autoridad; por el contrario, puede multiplicar la capacidad de una comunidad escolar para responder a sus estudiantes.
En Educación Especial esto resulta particularmente evidente.
Ningún profesional puede atender solo toda la complejidad que representa responder a la diversidad. El maestro de Educación Especial necesita del maestro regular. Ambos necesitan de las familias. En determinados momentos necesitan terapeutas, profesionales de apoyo, administradores y otros integrantes de la comunidad educativa.
Por eso el liderazgo que necesitamos no puede fundamentarse en la idea de controlar a otros.
Debe fundamentarse en la capacidad de trabajar con otros.
El liderazgo efectivo favorece precisamente la colaboración, la comunicación y la toma conjunta de decisiones. Cuando esto ocurre, la enseñanza puede convertirse en un proceso más coordinado e inclusivo y aumentar las oportunidades de aprendizaje y participación de los estudiantes. Esa es una de las conclusiones que desarrollo al analizar la relación entre liderazgo y co-enseñanza.
También debemos reconocer que liderar exige valentía profesional.
Hay momentos en los que un maestro debe preguntar por qué hacemos las cosas de determinada manera.
Hay momentos en los que debe reconocer que una estrategia no está funcionando.
Hay momentos en los que debe escuchar a otro profesional que conoce algo que él desconoce.
Y existen momentos en los que tendrá que modificar una práctica que ha utilizado durante años porque la evidencia o las necesidades de sus estudiantes indican que existe una alternativa mejor.
Eso no disminuye al maestro.
Eso demuestra liderazgo.
Un líder educativo reflexiona sobre su propia práctica. Actualiza sus conocimientos. Observa los resultados de sus decisiones. Utiliza información para determinar qué apoyos, adaptaciones o intervenciones necesitan sus estudiantes. Y entiende que la experiencia profesional es valiosa, pero nunca debe convertirse en una excusa para dejar de aprender. Estas competencias forman parte del perfil de liderazgo docente que desarrollo en La co-enseñanza.
Después de años trabajando en educación, he aprendido que algunas de las transformaciones más significativas no comienzan necesariamente en una oficina.
Comienzan cuando un maestro decide hacer una pregunta diferente.
Cuando comparte una estrategia con un compañero.
Cuando invita a otro profesional a planificar.
Cuando escucha verdaderamente a una familia.
Cuando utiliza los datos para modificar su enseñanza.
Cuando observa a un estudiante que otros identifican por sus limitaciones y decide comenzar por sus posibilidades.
Esos actos quizás nunca aparezcan en un organigrama.
Pero construyen cultura.
Y la cultura escolar termina determinando muchas de las experiencias que viven nuestros estudiantes.
Por eso debemos ampliar nuestra concepción del liderazgo educativo.
Necesitamos directores que lideren.
Necesitamos administradores que lideren.
Pero también necesitamos maestros que reconozcan que ya ocupan un espacio desde el cual pueden influir, transformar y movilizar a otros.
No todos los docentes aspirarán a dirigir una escuela, una oficina o un sistema educativo.
Tampoco tienen que hacerlo.
Porque existe un liderazgo igualmente necesario que ocurre frente a una pizarra, alrededor de una mesa de planificación, durante una conversación con una familia o cuando dos profesionales deciden dejar de trabajar de manera aislada para comenzar a asumir juntos la responsabilidad sobre sus estudiantes.
Quizás, entonces, la pregunta no debería ser:
¿Quién ocupa la posición de líder?
La pregunta debería ser:
¿Qué estamos haciendo, desde la posición que ocupamos, para mejorar la experiencia educativa de quienes dependen de nuestras decisiones?
Porque el liderazgo docente no se otorga con un título.
Se ejerce.
Y muchas veces, comienza exactamente donde ocurre la educación: en el salón de clases.
Referencia
Santiago Castillo, J. L. (2026). La co-enseñanza: Estrategia educativa y trabajo en equipo en los Programas de Educación Especial. SoEd LLC.














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