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El pasado 2 de septiembre el actual presidente de Colombia difundió en sus redes un vídeo donde se muestra así mismo caminando orgulloso entre varios cadáveres resultado de la operación militar Azarías. Pavonearse entre cadáveres muestra un rasgo sádico que, deja muchas inquietudes, más aún, en un presidente de la república. Una cosa es dar resultados en una guerra justificada por una política de Estado (nos guste o no todo tipo de guerras) y otra cosa muy distinta es utilizar unos cadáveres para exhibir alegría y caminar entre muertos como un pavo real.
Ni el mismo Álvaro Uribe Vélez que se ufanaba tanto con el recuento de bajas en su “seguridad democrática” se mostraba sádicamente entre los muertos que dejó.
Este hecho nos hace recordar al otro presidente sádico y pérfido que en una ocasión desfiló también como pavo real entre los cadáveres que ordenó ejecutar: Francisco de Paula Santander. Es dable recordar ese deplorable episodio que, de la Espriella, nos hace traer a la memoria, hoy.
Después de la batalla de Boyacá 38 prisioneros que Bolívar iba a entregar en canje, fueron ejecutados por orden Santander sin razón alguna de la manera más siniestra posible. Víctor paz Otero, en su novela histórica Las penumbras del general (2009), nos relata este hecho:
“Aprovechando que el general Bolívar había partido para Venezuela para continuar la guerra, sólo pocos días después del triunfo de Boyacá, y urgido Santander de resaltar el prestigio de su flamante cargo -que no podía solamente quedar reducido a trámites y ordenanzas- resolvió por cuenta propia tomar una medida carnicera, violenta y asesina, que instalaría su nombre en los anales de la crueldad. Estaban en calidad de prisioneros en Santafé de Bogotá el general Barreiro y todos sus oficiales, apresados después del triunfo de Boyacá. Inicialmente habían sido recluidos en un edificio llamado de Las Aulas, pero posteriormente fueron trasladados a un cuartel de caballería. Se alegó para el traslado que en el edificio de Las Aulas recibían visitas de las encopetadas damas bogotanas, lo cual era cierto, pues el coronel Barreiro era hombre en extremo apuesto y galante, que al parecer alborotaba la líbido fría y sabanera de las piadosas señoras del virreinato. Y juzgóse que esta circunstancia ponía en riesgo la seguridad. En el cuartel de los prisioneros se aguardaba con angustiosa impaciencia que el fugitivo virrey Sámano resolviese la solicitud de canje formulada por Bolívar, lo que por supuesto se daba por descontado. Pero Santander estaba urgido de levantar cuanto antes el pedestal de su gloria. Sin ni siquiera citar a un consejo de guerra, mucho menos convocar un tribunal donde al menos se permitiese un simulacro de defensa; sin ni siquiera aceptar –como se lo solicitó encarecidamente Barreiro– una entrevista personal. […] A las siete de la mañana, los prisioneros fueron avisados de lo que se había decidido y de lo que iba a sucederles; y ellos que creían que se le venía a confirmar que el canje había sido aceptado. Su estupor y su terror resultarían inconcebibles. Se autorizó que unos frailes entrasen a la prisión para socorrerlos con los últimos auxilios espirituales. En su sabiduría patibularia, el señor vicepresidente había decidido que la ejecución se hiciera en pequeños grupos. Con esa misma sabiduría, supuso que así podían casi todos los prisioneros tener el privilegio de presenciar el espectáculo. Decidió también que no se colocaran patíbulos, sino que fuesen fusilados de pie y que no les permitiese el uso de la venda en los ojos. Se escogieron como verdugos a soldados bisoños que, al desconocer el cabal uso de las armas, provocaban múltiples y horribles heridas, que por supuesto se transmutaban en gritos lastimeros. A muchos de ellos hubo que ultimarlos a sablazos. Y crecían los ayes y se volvían más penetrantes los moribundos quejidos. […] El público, paralizado, soportaba en un silencio puro la gran función republicana. […] Nadie entendía, nadie tenía por qué comprenderlo, el alucinante y macabro espectáculo que les había correspondido contemplar. Silencio y estupor. Profundo e inexpresado asombro flotaba en ese ambiente de degradación y muerte. […] Concluidas por fin las ejecuciones, el general Santander juzgó llegado el momento propicio para hacer su aparición en público y refrendar con su engalanada presencia las manifestaciones de su poder. Montado en caballo nervioso, y seguido por los grupos de música que continuaban en su aquelarre festivo, pasó sobre los cadáveres. Vio esa sangre coagulándose entre el barro. Vio esos rostros aún agonizantes, mirando el infinito. Y, cosa extraña, sintió, paladeó una maravillosa sensación de triunfo, que le quitó de su boca el repulsivo hedor hepático con el que ahora andaba conviviendo. […] Por la noche, el vicepresidente Santander invitó a un gran baile. […] El baile no estuvo animado, pero sí concurrido. Él se retiró pronto. Le dolía otra vez el hígado. Y Nicolasa no asistió a la fiesta, estaba horrorizada. Pero su conciencia estaba tranquila y satisfecha, también su vanidad. Por fin había un hecho notable en el historial de su poder”.
Básicamente, el sadismo, para el psicoanálisis es la “perversión sexual en la cual la satisfacción va ligada al sufrimiento o a la humillación infligidos a otro”. (Laplanche y Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis). Para la RAE el sadismo es la “perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. [y es la] crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta”.
El temor, ahora, es que apenas inicia el mandato de la Espriella, ya bastante ha exhibido su narcisismo patológico y ahora suma este rasgo sádico. Esperemos que no pretenda superar, en crueldad, al funesto y falso héroe nacional: Francisco de Paula Santander*.














Excelente…