Cuando decidimos guardar silencio

El comentario en algún punto se volvió excesivamente recurrente y se reducía a lo siguiente: “Fredy, no se caliente”, “Chaverra, hay gente en el gobierno, en verdad, muy incómoda con sus críticas”, “Hombre, no patee la lonchera”. Esa última expresión, en particular, siempre me ha resultado repugnante. Me asquea porque simplifica al ser humano a una condición alimenticia y de absoluta sumisión al venerable “proveedor” alimentario, le tengo aversión desde que la escuché por primera vez siendo niño. Esos fueron los comentarios que me hacían con frecuencia en la Universidad de Antioquia en los últimos años; a veces, como simples “llamados” de atención; otras veces, como advertencia.

Y sí, la advertencia se cumplió. Cuando un sector del Pacto Histórico se tomó la UdeA degradando el sentido de la autonomía universitaria mi cabeza rodó. Por instrucción directa de algún sectario de extrema izquierda, cuyo mérito académico se consuma en su lealtad de perros, el mismo que dispuso que a Chaverra había que ponerlo a “aguantar hambre”; tal vez así, o solo así, ese “facho” se disciplina. Algo que no me deja de resultar curioso porque hasta el momento nunca en mi vida profesional me sentí perseguido por la derecha, sí eso me ha pasado –con su grado de intensidad porque tampoco pienso exagerar– fue por disposición de emisarios de extrema izquierda que en plaza pública se llenan la boca hablando de justicia social.

Ahora bien, aunque las consecuencias se han sentido, sin pasar por la condena de “hambre” que el sectario me quiso imponer, no me retracto, de ninguna forma, de lo dicho: el gobierno Petro se tomó la UdeA diseñando un manual para la toma hostil de una universidad pública (ahora a disposición, si así lo requiere, de la ultraderecha), y con la puesta en escena de un proceso exprés de designación rectoral –una auténtica comedia– solo legitimó su toma.

Como contraprestación, a la universidad se le inyectaron recursos financieros. Petro, quien no vio problema en hacer un mitin de “socialización” de su reforma a la salud en la plazoleta central de la ciudad universitaria, eso sí, previo a la primera vuelta presidencial (porque la lánguida campaña de Cepeda necesitaba reforzar en Antioquia), está convencido de que por su obra y gracia se alcanzó el anhelado rescate financiero, y sí, la plata llegó, dicen que la crisis se “superó”, y la carta marcada del gobierno en su designación exprés ganó de forma arrasadora en las consultas. Nada les salió mal.

Pero, ¿a qué costo?

No tengo claro cual será el futuro de la universidad pública en la “patria milagro”, creo, por las orejas de lobo que apenas se alcanzan a advertir, que no será fácil. Pero no voy a caer en la mezquindad de quien espera, resentido y molesto en un delirante juego de poder, que el gobierno intervenga la UdeA y defenestré a quienes ya tienen experiencia en defenestración. No, absoluto. No quiero, ni deseo eso para mi Alma Máter. De lo que si estoy convencido es que la comunidad universitaria será más reactiva y contestataria ante las decisiones del gobierno, especialmente, si se presenta alguno de los siguientes escenarios:

Primero. De la Espriella delega en el Consejo Superior de la UdeA a un agente adscrito a la Dirección Nacional de Inteligencia. ¡En la UdeA! Una universidad profundamente afectada por el conflicto armado y la violencia política.

Segundo. De la Espriella saca a la brava a un rector legítimamente designado –al menos que ganó en las consultas– y puso a un rector encargado mientras se surte otro proceso de designación rectoral para poner en propiedad a su ficha.

Tercero. De la Espriella organiza un acto de “socialización” de su reforma a la salud con tarima a abordo en la plazoleta central de la UdeA.

Cada uno de esos escenarios, con sus énfasis y particularidades, porque no revisten el mismo nivel de complejidad, seguramente generarían crítica, movilización, en fin, activarían el repertorio de protesta de la comunidad universitaria. Pero si De la Espriella lo hace es solo porque Petro ya le mostró el camino. Un camino que labró sin mayor resistencia, porque la izquierda fue hábil en anticiparse y apaciguar cualquier atisbo de resistencia; lo hizo con la entrega de recursos financieros; cediendo poder a sus aliados políticos; apelando a la aceptación que históricamente ha tenido la izquierda en buena parte de la comunidad universitaria.

Y aunque tengo claro que en la UdeA la izquierda siempre ha gozado de mayor aceptación que otros proyectos políticos, la universidad pública, por su propia esencia y condición de existencia, no se puede convertir, en su totalidad, en un instrumento al servicio de un sector político. Si en la universidad la pluralidad crítica que enriquece las perspectivas es sacrificada; si en la universidad la crítica y la autocrítica son despreciadas para no entorpecer objetivos políticos que se terminan imponiendo al objetivo transversal y universal de la universidad pública; si eso pasa, la universidad se convierte en un centro de adoctrinamiento y de disciplina para perros. Una infraestructura colorida donde el sectarismo entrena a los “humanistas” que le imponen el “hambre” a quienes los cuestionan. Eso tan cercano al infierno no puede ser una universidad pública.

Reitero que no me estoy frotando las manos a la espera de que el gobierno de De la Espriella se tome la UdeA, como tal vez si esperan muchos espíritus resentidos, no, confío en que la actual administración consolide una gobernabilidad en perspectiva de sacar adelante la universidad. Entre políticos se entienden y sus tajadas de poder se reparten. Sin embargo, si alguno de los tres escenarios propuestos se repite, dado que ya no resultan inéditos, si espero que quienes alcen con fuerza la voz, rasgándose las vestiduras, recuerden, solo como un ejercicio de conciencia, como reaccionaron cuando Petro mostró ese camino. Cuando decidimos guardar silencio.

Fredy Chaverra Colorado

Politólogo, UdeA. Magister en Ciencia Política. Asesor, investigador y editor.

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