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“La cultura democrática renuncia a la administración de los afectos que surgen de las mitologías partidistas.”
“Un país de ignorantes”. Esta es la expresión que desahoga la decepción de quienes no llenan sus expectativas con los resultados electorales. Es irrelevante discutir si la expresión es cierta o no, corresponde preguntarse por las condiciones que le facilitan a una sociedad que vote una opción y no la otra. En definitiva: preguntarse por el uso que le da a su derecho a elegir.
El uso de este derecho depende de un criterio formado para distinguir los argumentos, las consignas y la manipulación. Pero, sobre todo, distinguir entre las promesas y la posibilidad fáctica de lo prometido. Votar deja en evidencia al tipo de ciudadanía que las políticas públicas con decepción, argucias o resentimiento han contribuido a formar y al resto que se resiste, con ideas, a esa formación.
En este sentido, el sufragio no inaugura ni garantiza la democracia. Es una herramienta que exige usarse con tensión. Por un lado, la sensibilidad, por el otro, el pensamiento; ambos en una separación frente a frente con la distancia necesaria para crear un campo de fuerzas donde circule la libertad. Pero, ¿cómo construir esa tensión horizontal para que no domine en vertical ni la rigidez de la razón ni el melodrama de las emociones? Se forma con un dispositivo cultural donde las instituciones y la comunidad se relacionen para exponer los vacíos de la experiencia política.
Este dispositivo es un medio de organización del conocimiento y manifestación del pensamiento en las bibliotecas, los teatros, los museos, las universidades, el debate público, las comunidades. Un dispositivo de este tipo no captura formas de sensiblería colectiva para disfrazarlas de arte, captura el conocimiento para usarlo y transformarlo en pensamiento de manifestaciones artísticas. No trasplanta la información, la relaciona con la experiencia o la memoria para generar ideas entre generaciones, disciplinas, ciencias, saberes.
La cultura que se pretende reducir a folclor o color local (tan necesarios para aproximarse a la memoria que fija el conocimiento popular), es insuficiente para pensar la cualidad móvil y temporal de las identidades. Estas se asumen y se transforman continuamente en el encuentro permanente entre el pasado y su presente. Así lo pensó la tradición intelectual latinoamericana en algunas voces que se mantienen contemporáneas, entre ellas las de Luis Tejada Cano, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, José Carlos Mariátegui. Estos nombres son parte de una tradición del pensamiento democrático cuyos textos asisten al pasado como un reclamo del presente y no como objeto de instrumentalización para controlar “lo cultural”.
La cultura democrática renuncia a la administración de los afectos que surgen de las mitologías partidistas. En lugar de ello, ofrece las herramientas necesarias para que el criterio autónomo de los ciudadanos emerja y se consolide en su capacidad de elegir. Celebrar elecciones con las garantías jurídicas del Estado es un ejercicio esteril para la democracia si los votantes carecen de una formación que les permita cruzar el umbral de la comprensión de las diferencias, del desacuerdo y de la responsabilidad de pensar y votar por cuenta propia. Cruzar este umbral es una posibilidad para que, mucho antes del voto, comiencen las democracias.














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