La razón también tiene clase

el llamado a la crítica se convierte en condición para participar públicamente disfrazada de sugerencia amistosa, es estructurada por la individualización de la acción, quitándole la responsabilidad a las instituciones que hacen omisión de problemáticas latentes en las comunidades


Con las pasadas elecciones a la presidencia de la república, leyendo los numerosos diagnósticos, las críticas al gobierno entrante, como también las pugnas por la renovación del cargo, me surgió una inquietud particular alrededor de la invitación a ser más críticos. Claro, esta sugerencia es particular para cada una de las personas, que emiten un juicio según su experiencia frente a una situación determinada. Mi inconformidad surge frente a la posición desde la que se exige “pensar” y lo que implica tener una opinión “sensata” sobre todo en contextos de elecciones. De entrada no coincido con esa tradición moderna que nos ubica como seres racionales por defecto, con la capacidad de construir casi metódicamente una opinión racional por mera condición humana. Para Kant, el salir de “la minoría de edad” implica atreverse a pensar por sí mismos. Adentrarse en nuestra propia capacidad para emitir un juicio fuera del tutelaje de otros individuos. El atrevimiento es una actitud que debe de tomar el sujeto, para ejercer su raciocinio de manera adecuada. Con esto no busco argumentar en contra del trabajo de un pensador de este calibre, pero me sirve para ejemplificar esa responsabilidad particular que se le da a cada persona, que para un panorama repleto de perspectivas como el electoral, se suele exigir sin tener en cuenta los contextos específicos.

Esto no significa que cultivar un pensamiento con criterio deba ser desechado sin más, se debe abordar la cuestión en perspectiva a cómo se distribuye la responsabilidad a los sujetos afectados por problemáticas estructurales, que atraviesan sus vidas de manera profunda, y por ende su percepción. La apuesta por un juicio soportado por la crítica y su importancia para el ejercicio democrático es necesaria, pero desarticulada de una realidad compleja. Su contingencia recae en que es una posibilidad, pero no una regla. Exigir juicios “sensatos” sin poner en discusión qué tan posible es construir una opinión informada, ignora los entornos ampliamente diversos que se traducen en cómo comprendemos la política. Una mirada situada para este tipo de exigencias es precisa, y estimula la capacidad reflexiva del ciudadano sin dejarlo como único responsable del devenir político que lo permea.

Lo principal ahonda en las realidades presentadas en la vida de cada persona, donde las problemáticas abundan y por ende la búsqueda por gestionarlas es una necesidad de primera mano. Esto no constituye “no querer” pensar, más bien es un querer respuestas, por ello, el exigirlas a un Estado con una presencia intermitente hace parte de la esperanza por mejorar las condiciones de existencia. Las capacidades institucionales se ensamblan para mejorar la vida de los ciudadanos, por ende las instituciones deben ser el blanco de responsabilidad principal, de cuestionamiento profundo y sobre todo donde se depositan esas exigencias puntuales: porque los problemas que nos atraviesan están lejos de ser los mismos, nuestro modo de procesarlos tampoco.

Apoyándome en esto vale la pena poner en discusión el cómo se administran en campaña los deseos por una mejor vida por medio de aparatos técnicos. Respecto a los liderazgos, los modos en que se programan para persuadir a una población atravesada por múltiples problemas, ajustando su discurso para estimular intencionalmente los deseos de bienestar de comunidades a las que no se les suministra, por ejemplo, información completa, refleja la perversidad del que aspira al cargo. Como las frustraciones se mapean en un modelo de observación conductual que busca aglutinar votos. De manera superficial se le exige al ciudadano estar informado porque esto hace parte de ser críticos; esto implica contrastar información con fuentes diversas que relatan los hechos de modo objetivo. Pero debemos ponerlo en perspectiva, por ejemplo, la verticalidad en el flujo informativo, donde los hechos son organizados por los medios masivos, que en épocas electorales se alinean con candidatos afines a sus intereses. Culpar al receptor – a pesar de que este repite y sigue emitiendo – es desconocer la maquinaria informativa que se encuentra detrás de los sujetos. Relegar la responsabilidad a estos en situaciones donde son necesarias las respuestas, es apelar a un argumento moralista que elude de lleno la desigualdad que acota profundamente la vida de millones de personas, y por ende de su percepción ante la política, las comunidades, la vida.

Estas circunstancias revelan el carácter multidimensional que conlleva tener una valoración informada. A pesar de esto el llamado a la crítica se convierte en condición para participar públicamente disfrazada de sugerencia amistosa, es estructurada por la individualización de la acción, quitándole la responsabilidad a las instituciones que hacen omisión de problemáticas latentes en las comunidades, pasando por alto el modo en que se interpelan los afectos generados por las mismas para la aceptación de proyectos ambiguos en sus rutas de acción. Ignorar el modo en que se produce la información que consumimos, al mismo tiempo que se nos exige estar “bien informados” es tautológico, porque se asume que el aparato informativo es neutral y existe únicamente para ilustrar al ciudadano. La exigencia se puede enunciar como homogeneizante, porque soslaya el medio material que moldea la percepción particular, la falta de voluntad política y la administración de los deseos para el marketing político. En últimas, repetimos una creencia moderna a modo de mantra que pone el foco en el lugar equivocado, responsabilizando exclusivamente al ciudadano por confiar en instituciones débiles y medios de comunicación que se lucran más de lo que informan.

Samuel Arboleda Tabares

Soy estudiante de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Me interesa el análisis político desde una perspectiva crítica, la intersección entre cultura, subjetividad y poder, y las dinámicas urbanas como escenario donde se producen y tensionan los imaginarios colectivos. Hago parte del equipo editorial de AINKAA, revista de estudiantes de Ciencia Política, y he publicado columnas de opinión en medios universitarios nacionales.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.