En defensa de la libertad educativa

Imaginemos que existiera un «Ministerio Nacional de los Zapatos». Habría una única manera de producir zapatos. Por supuesto, se toleraría que los privados lo lleven a cabo, siempre que estén “adscriptos al sistema oficial” con sus consiguientes controles e inspecciones. La libertad de los particulares para fabricarlos, de otra manera, sería mínima.

¿Cuál sería el resultado? Obviamente, una total ineficacia, característica de los monopolios estatales. La imposibilidad del cálculo económico en el socialismo se aplicaría límpidamente al caso, pese a que los estatistas de todos los partidos se pusieran a reclamar “el derecho a los zapatos”, “la igualdad de oportunidades para usar zapatos” y demás eslóganes que no han podido refutar nunca la ineficiencia intrínseca de la planificación central que nos deja a todos descalzos.

Lo mismo ocurre con la educación. Cualquier sistema educativo nacional se enfrenta con la misma dificultad. En la educación, se trata de expandir el conocimiento. Pero, del mismo modo que un «ministro de los zapatos» no es el medio para hacer mejores zapatos, un sistema central de educación no es la vía para lograrlo. Antes bien, en una época en la que se vive hablando de la “pluralidad” y de la “decisión propia”, es cuestión de tomar conciencia de que la libre competencia entre diferentes propuestas educativas permite ampliar continuamente el conocimiento, las habilidades y la oferta educativa en un mundo cambiante. La coexistencia de distintos modelos educativos no es caos; por el contrario, supone una apertura a la diversidad cultural.

Los planificadores centrales de la educación nunca reconocerán que su plan es uno más entre tantos, falible como todo lo humano. Un sistema educativo abierto y descentralizado no elimina la falibilidad, mas sí minimiza sus efectos. ¿Qué carreras tendrán éxito, las tradicionales o las que favorezcan una mente crítica e interdisciplinar? La burocracia estatal inevitablemente llegará tarde. ¿Por qué impedir que nuevos métodos pedagógicos compitan libremente en el mercado si pueden lograr iguales o superiores resultados que el sistema oficial? Las empresas ya están contratando a las mentes más brillantes aunque no tengan un título universitario “oficial”. ¿Por qué no admitimos que la libertad educativa es precisamente ese mercado libre que las empresas y universidades innovadoras están utilizando? Volviendo al ejemplo inicial, ¿por qué impedir que la gente use zapatos provistos fuera del sistema nacional, cuando sus resultados aventajan con holgura al cuero malgastado y las medidas mal tomadas?

Alguien me dirá: no es un asunto de zapatos, sino de personas. ¡Peor aún! Porque un zapato no tiene derecho a la libertad de enseñanza; un ser humano sí. La libertad no se basa en impedir el error: se basa en que la verdad no puede ser impuesta por la fuerza. En una sociedad abierta, los contenidos culturales deben ser decididos por el libre intercambio de ideas, y no bajo la coacción de quienes se crean libres de la falibilidad, reitero. Incluso las religiones que sostienen que la revelación de Dios es infalible aceptan el derecho a la libertad religiosa. Esto último es importante porque la educación también forma en valores, jamás inculcados coercitivamente.

Parece casi imposible poner todo esto en práctica en una Argentina acostumbrada a más de 100 años de planificación central en la educación. Sin embargo, al menos ahora se está discutiendo: el debate está instalado. Eso es mucho por decir en mi bella patria albiceleste de elefantes blancos intocables.


La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en Filosofía para mí: Un blog altruista a pesar de todo y, posteriormente, en El Insubordinado.

Gabriel Zanotti

Académico especializado en la relación entre liberalismo y catolicismo. Difunde el pensamiento de la Escuela Austriaca de Economía y es autor de numerosas publicaciones. Doctor en Filosofía por la Universidad Católica Argentina, también se desempeña como conferencista y profesor en universidades de su natal Argentina y de otros países.

Entre otras responsabilidades, es asesor académico del Instituto Acton Argentina, organización dedicada a promover las ideas liberales dentro de la tradición católica, y profesor invitado de la Universidad Francisco Marroquín, donde ha impartido diversos cursos, seminarios y disertaciones.

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